domingo, 27 de abril de 2025

Filipinas: MI AMOR NO TIENE FIN (5) -Manila-


Manila me dio miedo -me dijo Isabelita en su Visita a Filipinas el año pasado. -Tienen los buses de guate sin ventana-.

Me hizo pensar en Las caras de las pardas asomadas en las ventanas sin cristal de los jeepneys. Cuando afuera llueve un vergo y miran con su pelito mojado, caliente.

In Pictures: Philippines' iconic jeepneys pushed off the road | Coronavirus  pandemic | Al Jazeera


Puedo reconocer una parda a 100 metros. 300 metros. Ni siquiera una tiktoker, ni siquiera una cara aplastada-pelo orangután, ni siquiera una parda con lunar en la ceja, ni siquiera una parda acarreando bultos de nylon a la salida de un centro comercial, eso sería demasiado fácil. Puedo reconocer una parda bajando las gradas o bebiendo un café solo viéndole las piernas flacas en un jeans con las rodillas hacia adentro, las chaquetas de cuellos peludos, las caras de esqueleto primitivo y los pies descalzos en unas fliplops blancas de espuma. 


Parte 5. el diablo vive en Manila.


Llevo más pardas en la cama que días en Filipinas, escribo en mis notas del celular mientras espero mi vuelo en el aeropuerto internacional de Mactán, en Cebú, ya cuando mi viaje de 2 semanas está por terminar. 

 

Mactán, digo entre los dientes, mirando por la ventana gigante del aeropuerto, queriendo oler el aire espeso de la isla donde hace más de quinientos años mataron a Magallanes. 

 

Sé que fue aquí donde le quebraron el culo, aquí mismo, me digo casi abriendo la boca para decirlo, cuando intentaba derrotar a 1500 aborígenes con 49 hombres armados, portugueses y españoles al servicio de la corona española. Sonrío. Maldito imperio. Maldito Magallanes. Dios te tenga para siempre en su gloria, campeón, maldita leyenda del tiempo, jodido navegante del infierno.

 

 Una parda me mira sonreír en el aeroperto mientras pienso todo eso y también sonríe cuando la miro. Estoy seguro que no sabe quién fue Fernando de Magallanes. También estoy seguro que entre el grupo de mujeres que asesinaron y violaron los españoles hace quinientos años, había mujeres igualitas a ella.






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Mi vuelo entra a las 12: 30 am en Manila y todavía ceno despacio en el Wendys del aeropuerto Ninoy Aquino mirando mi celular. Menú agrandado con soda, papas gigantes y frostie de vainilla para congelarme el cerebro. No tengo ninguna prisa de llegar al hotel ni de bañarme para salir a beber algo en Poblacion.  La noche de Manila apenas calienta y estará hirviendo después de las 3. Eso es algo que sé.


La primera vez que llegué a Manila en enero de 2023 sentí que el tiempo no me alcanzaba para entrar en todos los antros y sentarme a platicar con todas las pardas. Ahora sé que una madrugada en Filipinas alcanza para hacer cualquier cosa y dura hasta que vienen las 12 del medio día con su olor nauseabundo a cerveza derramada y bolsas recalentadas de basura, espantando a los grupos de pardos y expats que salen atontados de los sótanos de Makati con las orejas zumbando la música tan alta y la saliva pegajosa de una parda brillando en el cuello.  


Llego a mi hotel, de nuevo el Nest Nano Suites de Makati, 6to nivel, 1:30 de la mañana. El recepcionista ya me conoce y sonríe como diciendo “maldito cabrón, vaya plaga, vaya porquería de tipo,  otra vez dando la lata, otra vez jodiendo en mi puta ciudad, metiendo pardas al hotel de madrugada, asaltando mi pueblo”. También le sonrío. Hola otra vez, le digo y el cabrón vuelve a sonreír. Welcome Sirrrrr, me dice enseñando los dientes.

 

Saco plata del ATM para pagar por adelantado el alojamiento, subo al cuarto y enciendo la tele, pongo un canal de noticias con la voz de una mujer reportando y me baño despacio bajo el chorro de agua caliente. Oigo a la presentadora hablar en Tagalo, su voz se desliza dentro del baño e imagino su cara parda en la pantalla de la TV. Es la voz de una mujer delgada, pienso, como las que estarán bebiendo ahora mismo en el Buchaneers y  en el H and J, felices de entablar conversaciones con desconocidos.

 

Silbo y me tardo todo lo que puedo bajo el agua, a las pardas les gusta que huela bien, así que vacío el dispensador de jabón del hotel y me lo aplico en todas partes. Tengo la noche entera por delante. 


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Por la ventana del baño puedo oír el murmullo de los bares estallando afuera, en el comienzo de la calle Profesor Burgos, los más cercanos: Octopus, Alibi, Sanctuary, Fotoautomatica. Los sitios donde a esta hora ya debe andar metido el diablo tomándose un highball, medio a verga, buscándose la billetera en el jeans, haciendo pis en un baño apestoso mientras se balancea frente al mingitorio y luego se saca una basura entre los dientes mirándose al espejo, sintiéndose dichoso.


No tengo dudas que el diablo es filipino y vive en Manila . Se lo digo a todo el mundo. El diablo se crió en la parte baja de Manila y bebe en Poblacion todos los días, siempre de madrugada, al fondo de la escalerilla del secret door o en los segundos niveles de Kalayaan y  Mercedes St, donde exhiben a los putas como peluches de Piolín. Tendrá casas de vacaciones en Phuket, Pattaya, Bangkok y Saigon, por supuesto que las tiene,  pero tiene su residencia fija en Manila, su sitio favorito.


Ahora estará lavándose las manos, mojándose la cara en el espejo quebrado y opaco de un tugurio, luego empezando una conversación pegajosa con una parda, una joven delgada con brackets y vestido corto, medio envenenada de mal whisky importado que apoya los codos en la barra para pedir algo pero el bartender no puede oirla y es el mismísimo diablo que se levanta del taburete a putear al mesero. “Lo que sea que esté tomando la dama, pedacito de mierda”, dice con su voz eléctrica de fumador, “póngale otro igual. Soy el putísimo diablo”.


Se pone una parda en las piernas y un cigarrilloo ardiendo entre los dientes que le irrita un poco los ojos.  Habla tagalo, tiene las piernas flacas y un tatuaje de coronas en el cuello. Su cara es filipina y no mide más de 1.65, ni pesa más de 70 kilos. Es delgado y vicioso, de barba rala, nariz chata, barbilla afilada, camotes flacos, piel morena y usa chanclas y camisas de basquetbol que huelen a chilaca. 

Es el rey de las tinieblas y a pesar de su alta jerarquía no vive en el distrito exclusivo de BGC. Más bien vive entre la mugre de Makati, entre los adictos pelones, australianos y brits que a los 50 todavía “salen de fiesta”, como dicen ellos mismos al contarte sus historias en el hotel. Porque Manila no le da la espalda a nadie que quiera apuntarse al pecado: un último tirito, mi hermaaaaaaano.

El diablo se divierte entre los pobres, se regodea entre los niñitos que duermen bajo los puentes de concreto, sobre cartones. Mira sus cabezas grandes de fetos y sus espaldas delgadas de espinas dorsales salidas y se deleita en medio de todo aquello. Diciéndoles que no cuando piden una limosna. “Nuc nuc nuc”, chasqueándoles la lengua, diciéndoles que no con el dedo. “A joderse, peloncitos hediondos. A joderse”.



Sigo en la regadera mientras pienso en todo eso y me río como un loco bajo el agua. Cierro la llave y escucho el agua deslizarse por el tragante hasta que mis pies ya no sienten nada, Apenas el suelo caliente.




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 El aire recalentado huele siempre igual  que el día anterior: verduras podridas, tiner, aceite chamuscado, pescado frito, carbón. Las nubes parecen arbustos de diesel quemado y una parda entra al 7 eleven con un cigarro encendido entre los dedos. Se acerca a los enfriadores de cerveza y saca el humo por la nariz frente a la luz congelada que le colma los ojos. Ha tomado 2 cervezas por el cuello, San Miguel Light, antes de que el policía le diga qué carajos hace fumando adentro: sálgase a la verga, puta.



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Filipinas es un buen lugar para aprender a escribir, pienso. Humo de barbacoas pobres en la luz celeste, lechosa, coagulada, medio hervida. Pantanos underground. Basura de plásticos y porquerías.



Quiero grabarlo con mi celular pero ni siquiera lo intento. Tengo un iPhone 12 y no va a salir en la cámara.  No puede conservar el aura, la decadencia. Se miraría alegre, tal vez  pobre, pero es una alegría ahorcada. No es la tristeza que quiero contar.

Manila es un buen lugar para aprender a escribir, pienso de nuevo. Lo pensé también antes, cuando estuve aquí en 2023. Salir a echar una vuelta después de la lluvia y oler la basura mojada, las banquetas de charcos calientes, las paredes de block orinadas, hirviendo, las cabezas de pelo negro que despiden olor a Champú. Te dan ganas de escribir un poema.


Los barrios bajos y oscuros y las torres de apartamentos caros al fondo. Los pobres espiando la vida de los ricos desde sus casas de tablayeso en la parte baja de Makati. Mirando los apartamentos de BGC, imaginando los interiores de las unidades como si se tratase de naves espaciales.


Estoy en el centro de Metro Manila y canta un gallo en la vecindad. ¿En qué capital del mundo se oyen los gallos cantar y los autos de lujo roncar a la vez ¿Quién jodidos tiene un gallo en la ciudad? ¿quién se siente bien conduciendo autos de 200 mil dólares frente a los niños pobres de Manila? quién jodidos necesita un auto de lujo para acostarse con una parda? En verdad: ¿Se necesita algo para tocar por el culo a las mujeres más fáciles del mundo?

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He encontrado casi todos los trucos en el mundo, y cientos de ellos comienzan aquí, en Manila.
Puertas secretas que conducen a after partys lentos, demasiado lentos para sentir que afuera ocurre algo. Gente que ha desquiciado sus vidas y necesitan de la música estallándoles la cara para silenciar el coco. Una parda caliente para penetrar entre las piernas en un cuarto lleno de aire acondicionado. Hacerla chillar hasta verla apretar los dientes en el colchón, después echarla a la calle al terminar.  Manila es el mejor lugar del mundo.



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