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viernes, 19 de octubre de 2018

Aborto en un hotel de Atitlán


Estoy atiborrándome de pizza, postres, vino y algo de cerveza de lata en una habitación  amarilla del hotel Floriani mientras ella se mete dos pastillas en la vagina y pone otras dos bajo la lengua. Hace apenas diez minutos que se fue la moto de Cruz Verde. Yo mismo bajé en calzoncillos a recepción para pagarle al motorista, 200 quetzales cash, un señor oscuro y triste de ojos amarillos que me dijo que él también tomaba esas pastillas para la gastritis. Ahora está metida en un trance. Matando a su propio hijo, mi hijo, (el nuestro), mientras yo como pizza en la cama de al lado y miro la tele por encima de los calcetines.
Hará 15 o 20 minutos que empezó todo y decido echarle un vistazo rápido para que no se dé cuenta que la miro. Un vistazo como un disparo, suficiente apenas para poder quedarme con el momento exacto en que perdí a mi hijo. La instantánea de una mujer que nunca quise, acostada sobre la cama de un hotel sencillo de Atitlán en el que nunca estuve, tapándose el sexo con una mano para que no se escapen las pastillas.
Hace 15 años, cuando solo era un niño gordo de pelo rojizo y brazos cortos, me vi planeando la muerte de un pájaro en la casa de mi abuela. Un sanate grasoso y herido que capturé en el patio minúsculo que tenía en zona 14, después de verlo saltar cien veces sobre sus patitas negras hasta fatigarse y dejarse atrapar en una esquina. Lo metí en una caja de zapatos a la que abrí unos cuantos hoyos para que pudiera respirar y puse dentro una tapita de gaseosa con agua para que tuviera de beber. Lo escondí en la parte alta de un armario cuando me llamaron a comer a la mesa. Después del postre salí a jugar fútbol con los vecinos del condominio, olvidándome por completo del pájaro. Mis padres salieron una hora más tarde para decir que ya nos íbamos y volvimos juntos a casa. Solo me acordé del pájaro cuatro días después, cuando volví del colegio con una mancha blanca en la parte de atrás del sudadero y mi madre se enojó porque, (dijo:) “esas cacas de pájaro, José!... -llevándose la mano a la frente "… Tenes que saber que hay manchas que nunca se quitan.”

20 minutos después la escucho, a la mujer que no quise nunca,  temblar un poco en la cama del hotel Floriani mientras las patas del somier chirrían como dientes sobre el piso cerámico. Espasmos, pienso. Sus muslos desnudos tiritando, pienso. Las pastillas finalmente disueltas, pienso. Su pelo negro empapado de sudor.
La oigo balbucear algo incomprensible:  tal vez mi nombre.
Subo el volumen de la tele cuando empieza a llorar.






(*pequeñas historias de amigos).

lunes, 15 de octubre de 2018

El camino como el mar




Mis padres nos fueron a traer a la fiesta. El Porni se sentó al lado, junto a la puerta, y mi hermano en la otra ventana, dejándome a mí en el medio. Estaba puesta la calefacción y solo quería que nadie hablara en ese momento. Todo me daba asco. Vueltas y mucho asco.

Avanzamos hasta el semáforo de La Parma en la veinte calle de la zona 10, donde esperamos el verde.
Mi mamá se perfiló en el asiento para preguntar qué tal había estado la fiesta, algo que siempre hacía en esos casos, cuando aún venían por mí los dos juntos. El Porni me echó un vistazo rápido, confirmando el estado penoso en el que estaba, y se encargó de responder por ambos con frases cortas y amables (voy a decir correctas), hasta quedar otra vez en silencio. Mi padre, serio y callado por la hora, como si me echara en cara el desvelo, la carga de tener que llegar a traerme a la fiesta -algo que también, siempre hacía-, puso música con poco volumen, una canción que me mataba del asco, aunque en otra circunstancia tal vez  me habría gustado. Una balada de los 80s que no reconocía de ninguna parte. Tenía puesto el brazo relajado sobre la cajilla del medio, su mano en el selector de  velocidades y subía el volumen  de rato en rato, intentando dejarlo en el medio, una manía terrible que tiene al conducir: encontrar el punto  exacto del volumen que quiere.

Pensé que estaba aguantando bien después de todo. Como un campeón. Tragaba toda la saliva que podía, miraba solo hacia el frente, la calle que se abría oscura a través del windshield y las luces cortas del auto. Respiraba hondo. Intentaba estar tranquilo, no pensar en nada de la fiesta, como si no hubiese tomado ni un solo trago de vodka ni hubiese besado a  Katia en el jardín lleno de basura.
 
Avanzamos hasta Pradera y entonces mi hermano, que hasta ese momento había estado callado, viendo taciturno por la ventana, se giró un momento para decirme algo.  Y me susurró: -apestas a guaro- porque eso fue lo único que dijo: "olés a mierda" y fue la gota que colmó el vaso: su aliento asqueroso susurrado cerca de mi nariz. 

Sentí un torrente subir deprisa, tan rápido que no pude cerrar la boca y solo vi cómo salía un pequeño chorro blanco hacia delante, como leche espesa que caía en el brazo de mi  padre, que miró con rapidez hacia su propio antebrazo para ver de qué se trataba.  Pero no había forma de engañar a nadie esa vez, todos habían escuchado el sonido de rana que hice, que venía directamente del estómago.

Volteó a verme aterrada mi madre desde el asiento, luego el Porni, mi hermano, mi padre. De pronto todos me miraban con extrañeza. Y justo cuando creí que no podía ser peor, cuando mi padre empezaba a decir, acercándose el antebrazo a la nariz:
-QUÉ PUERCAS ES ESTO
Entonces sentí una segunda arcada que venía detrás, esta vez mayor, y el chorro salió disparado hacia la radio,  la palanca de velocidades, la cajilla del medio y el freno de mano. Todo inundado de vómito.

Cuando llegamos a la casa mi madre seguía llorando. Lloraba con la boca abierta. Algo que detesto de ella, la hace ver como un mono lastimado. Mi padre me dijo que me fuera a mi habitación inmediatamente, que era un desconsiderado y un egoísta y todas esas cosas que suelta cuando está enfurecido, que mirara nada más cómo había hecho sentir a mi madre (aunque yo sabía que solo estaba pensando en el auto y la tapicería de cuero). Fui directo a mi habitación. Cerré con llave y apagué las luces desde la cama.

 El pobre Porni se quedó limpiando mi vómito. Los oía en el garaje. Mi padre maldiciendo y dando voces de mal modo, el Porni respondiendo asustado. Cerré los ojos. Sentía la boca pastosa, con excesos de saliva y un resabio amargo en los labios. Iba a ser una  noche larga. Larguísima. Iba a decirme mil veces lo imbécil que era antes de quedarme dormido.