Va hasta el
refrigerador, saca una cerveza de lata y vuelve frente al espejo de baño. Se ve la barba incipiente, los labios que tocan trémulos el aluminio congelado. Piensa en el vino, esta vez con la imagen de la española en el balcón; su copa
vacía, ella tan sobria. Trata de verse sobre la silla plástica que
lo aguantaba frente a ella; recrear sus ojos torcidos de vino, las manos
buscando unos muslos, una boca, dos tetas pequeñas. De pronto recordar con precisión el
cigarro aquel que no pudo encender antes de oírla decir “estás muy borracho”.
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