Recuerdo esa noche porque no fui tan malo con ella. Porque a decir verdad, me enternecieron sus piernas plegadas, como en cuclillas; sus muslos con la piel de gallina sobre la fría taza del váter.
El chorro de pis sonando irregular en el agua, sus sandalias griegas cubiertas por el calzón de elástico celeste.
La indiferencia con la que vio que me apoyaba en el marco de la puerta para verla orinar.
Y ver cómo arrancaba un trozo de papel toilette y lo metía entre sus piernas fue, cómo decirlo, precioso.
Las cosas más lindas de la vida están donde las películas, los ensayos, la literatura a veces no mira. La ternura está, (y me repito a mí mismo), en una adolescente meando con la puerta abierta, los calzones blancos en los tobillos, en alguien que busca su ropa en un cuarto mal iluminado, en un blowjob con el noticiero puesto, en cuatro o cinco plantas de habitaciones de hotel abandonadas, en una lata de refresco gratis, en un beso con seis años de diferencia, en una chica que se regala borracha, en poemas ilegibles por el abuso del vino, en canciones mal bailadas, en estudiantes de último año de enfermería, en ciudades insomnes, en paquetes de cigarros mentolados, en recuerdos de niñas más grandes, en cartas que llevaron tu nombre, en vecinas a través de sus ventanas, en lenguas empapadas de vodka, en rubias picoteadas de acné, en puñetazos que erraste, en noches de haberlo perdido todo, en señoras tras mostradores de restaurantes de comida rápida, en madres casadas que pensaste, en axilas todavía sin pelos, en habitaciones de chicas que sueñan con irse, en “te quieros” que no llevan a ninguna parte, en adioses dibujados con la mano, en plásticos de six pack enterrados en la arena, en latas con colillas anaranjadas, en chicas perdidas sobre estaciones de tren, en abrazos que significaron mucho/tanto.
El chorro de pis sonando irregular en el agua, sus sandalias griegas cubiertas por el calzón de elástico celeste.
La indiferencia con la que vio que me apoyaba en el marco de la puerta para verla orinar.
Y ver cómo arrancaba un trozo de papel toilette y lo metía entre sus piernas fue, cómo decirlo, precioso.
Las cosas más lindas de la vida están donde las películas, los ensayos, la literatura a veces no mira. La ternura está, (y me repito a mí mismo), en una adolescente meando con la puerta abierta, los calzones blancos en los tobillos, en alguien que busca su ropa en un cuarto mal iluminado, en un blowjob con el noticiero puesto, en cuatro o cinco plantas de habitaciones de hotel abandonadas, en una lata de refresco gratis, en un beso con seis años de diferencia, en una chica que se regala borracha, en poemas ilegibles por el abuso del vino, en canciones mal bailadas, en estudiantes de último año de enfermería, en ciudades insomnes, en paquetes de cigarros mentolados, en recuerdos de niñas más grandes, en cartas que llevaron tu nombre, en vecinas a través de sus ventanas, en lenguas empapadas de vodka, en rubias picoteadas de acné, en puñetazos que erraste, en noches de haberlo perdido todo, en señoras tras mostradores de restaurantes de comida rápida, en madres casadas que pensaste, en axilas todavía sin pelos, en habitaciones de chicas que sueñan con irse, en “te quieros” que no llevan a ninguna parte, en adioses dibujados con la mano, en plásticos de six pack enterrados en la arena, en latas con colillas anaranjadas, en chicas perdidas sobre estaciones de tren, en abrazos que significaron mucho/tanto.
No soy nadie desde que no llamas borracha.
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