miércoles, 17 de octubre de 2018

Unas piernas viejas

Te conseguiste una rusa. Creíste que habías conquistado el mundo, que eras el maldito dueño de todo, de ti mismo y de las cosas que querías hacer. Te sentiste en la cima, el punto más alto de toda tu vida, desde el que observaste el universo y señalaste con desdén las formas que se movían en él.

Pasaron los años y la rusa se puso como su madre.  Una gallina flaca y desvencijada de pelo corto y nalgas aguadas que la acompañaba ese día que la viste en el Vaporette de Zitelle, en Venecia, donde la interrumpiste un momento con excusas burdas para decirle todo lo que eras capaz de sacrificar por ella, (que era todo). Para explicarle despacio lo que sentías y pensabas de la belleza (toda esa fuerza) y los planes que tenías de conquistar cualquier cosa (si se quedaba con vos).  

Pero habías pasado por alto el tiempo. Lo habías olvidado por completo. Su madre como un aviso de lo que vendría después: la inclemencia de los años en una mujer. Las varices detrás de las piernas picadas de celulitis, los talones secos/ásperos, el cabello como plástico rojizo, (el de una muñeca abandonada).
El mal aliento que emana de los dientes atascados de sarro y las encías podridas. Los perfumes dulzones que se adueñan de los roperos, los manteles, las cortinas; los domingos de quererse matar.

El mundo te falló. Te falló mucho. Te dijo que todo era perpetuo: Tu rusa, vos y los tiempos mejores. 

Ahora fumas cigarros mentolados otra vez y toses como cuando tenías 20. Miras a la gente joven desde la ventanilla del auto cuando se emborrachan en los parques y entran en los cines para besarse en los asientos de arriba.  Ya no hay oportunidades, ni viajes a Venecia, ni vaporettes, ni osadía;  ni rusas nuevas para vos esta noche. Solo un par de piernas viejas que miran la televisión en el cuarto de al lado.









lunes, 15 de octubre de 2018

El camino como el mar




Mis padres nos fueron a traer a la fiesta. El Porni se sentó al lado, junto a la puerta, y mi hermano en la otra ventana, dejándome a mí en el medio. Estaba puesta la calefacción y solo quería que nadie hablara en ese momento. Todo me daba asco. Vueltas y mucho asco.

Avanzamos hasta el semáforo de La Parma en la veinte calle de la zona 10, donde esperamos el verde.
Mi mamá se perfiló en el asiento para preguntar qué tal había estado la fiesta, algo que siempre hacía en esos casos, cuando aún venían por mí los dos juntos. El Porni me echó un vistazo rápido, confirmando el estado penoso en el que estaba, y se encargó de responder por ambos con frases cortas y amables (voy a decir correctas), hasta quedar otra vez en silencio. Mi padre, serio y callado por la hora, como si me echara en cara el desvelo, la carga de tener que llegar a traerme a la fiesta -algo que también, siempre hacía-, puso música con poco volumen, una canción que me mataba del asco, aunque en otra circunstancia tal vez  me habría gustado. Una balada de los 80s que no reconocía de ninguna parte. Tenía puesto el brazo relajado sobre la cajilla del medio, su mano en el selector de  velocidades y subía el volumen  de rato en rato, intentando dejarlo en el medio, una manía terrible que tiene al conducir: encontrar el punto  exacto del volumen que quiere.

Pensé que estaba aguantando bien después de todo. Como un campeón. Tragaba toda la saliva que podía, miraba solo hacia el frente, la calle que se abría oscura a través del windshield y las luces cortas del auto. Respiraba hondo. Intentaba estar tranquilo, no pensar en nada de la fiesta, como si no hubiese tomado ni un solo trago de vodka ni hubiese besado a  Katia en el jardín lleno de basura.
 
Avanzamos hasta Pradera y entonces mi hermano, que hasta ese momento había estado callado, viendo taciturno por la ventana, se giró un momento para decirme algo.  Y me susurró: -apestas a guaro- porque eso fue lo único que dijo: "olés a mierda" y fue la gota que colmó el vaso: su aliento asqueroso susurrado cerca de mi nariz. 

Sentí un torrente subir deprisa, tan rápido que no pude cerrar la boca y solo vi cómo salía un pequeño chorro blanco hacia delante, como leche espesa que caía en el brazo de mi  padre, que miró con rapidez hacia su propio antebrazo para ver de qué se trataba.  Pero no había forma de engañar a nadie esa vez, todos habían escuchado el sonido de rana que hice, que venía directamente del estómago.

Volteó a verme aterrada mi madre desde el asiento, luego el Porni, mi hermano, mi padre. De pronto todos me miraban con extrañeza. Y justo cuando creí que no podía ser peor, cuando mi padre empezaba a decir, acercándose el antebrazo a la nariz:
-QUÉ PUERCAS ES ESTO
Entonces sentí una segunda arcada que venía detrás, esta vez mayor, y el chorro salió disparado hacia la radio,  la palanca de velocidades, la cajilla del medio y el freno de mano. Todo inundado de vómito.

Cuando llegamos a la casa mi madre seguía llorando. Lloraba con la boca abierta. Algo que detesto de ella, la hace ver como un mono lastimado. Mi padre me dijo que me fuera a mi habitación inmediatamente, que era un desconsiderado y un egoísta y todas esas cosas que suelta cuando está enfurecido, que mirara nada más cómo había hecho sentir a mi madre (aunque yo sabía que solo estaba pensando en el auto y la tapicería de cuero). Fui directo a mi habitación. Cerré con llave y apagué las luces desde la cama.

 El pobre Porni se quedó limpiando mi vómito. Los oía en el garaje. Mi padre maldiciendo y dando voces de mal modo, el Porni respondiendo asustado. Cerré los ojos. Sentía la boca pastosa, con excesos de saliva y un resabio amargo en los labios. Iba a ser una  noche larga. Larguísima. Iba a decirme mil veces lo imbécil que era antes de quedarme dormido.










martes, 9 de octubre de 2018

18-58


Hoy, mi Ele, (y dejáme usar el posesivo), me vi en los ojos de alguien que iba a morir.

Pensé en los tuyos, verdes como superficies interminables vistas desde aviones.

Tenían más fuerza, o tienen más fuerza que los míos, que la gente que va a morir.

Los ojos líquidos de un arruinado, ¿sabés? esas facciones.



Abro una lata de cerveza y orino en un apartamento vacío  

escuchando el eco del agua en todas partes. 

Ya no hay ojos.

Solo vacío.





domingo, 7 de octubre de 2018

Carta escrita un 7 de octubre, como este.




"Daniel un saludo desde Guatemala,

Espero este bien y se está gozando la universidad dándole el máximo esfuerzo.

La verdad no soy tan buena escribiendo quizá para muchas si ya que no escriben jaja pero usted si escribe y la verdad me cuesta un poco, pero hare mi mayor esfuerzo para que lo logre. Hace unos meses yo le dije que le estaba escribiendo una carta pero la verdad era mentira siempre quise hacerlo pero no me senté nunca a hacerlo por el tiempo que tenia por ser mi último año de colegio estaba un poco atareada, pero en fin llego el día en el cual me senté a escribirla que quizá me lleve días o horas haciéndolo."

(Omito todo el centro de la carta. Es una serie de eventos que pasaron en mi vida, y en la de ella).


"A veces me siento en mi cama, en alguna banca del parque y siento que estoy enamorada de usted se que estamos lejos, pero lo estoy. Es valioso, uno no se enamora de cualquier persona o cosa. Lleva tiempo, lleva empeño, lleva dos personas y las dos personas es usted y yo.

Gracias por todo Daniel solo eso le puedo decir, y que si un día se anima a venir a Guatemala ya sea visitarme o a quedarse estoy yo con los brazos abiertos, corazón, alegría, lagrimas, esperándolo."

Firma la carta con su nombre en mayúsculas, que va acompañado de un " 2013".

Termino de leer cinco años después, sin recordar haberla recibido, mucho menos el contenido, y hago un esfuerzo enorme por no preocuparme demasiado. Siento la fuerza en el estómago, flaqueza, como si estuviera para siempre derrotado. ¿Qué pasó después? Mi regreso en 2015. La necedad de  revisitar Guatemala hasta su extremo norte. Son 3 años desde aquel año nuevo en Panajachel y los besos que todavía recuerdo en rincones oscuros.





*Incluyo dos fragmentos. El primero y el último, por no traicionarla a ella, ni a mí, ni a su confianza puesta en esas palabras.  Definitivamente por no traicionar las cosas que nos pertenecen a ambos. Un patrimonio como una casita que todavía tenemos en el pasado.