miércoles, 11 de marzo de 2020

A un pickup blanco




Esta mañana puse un anuncio en OLX para vender mi pickup y pensé en todo lo que puede ser un carro, al menos este, después del tiempo que ha estado conmigo, los sitios que me ha dejado ver. La luz de colores de la radio y la sensación de conducirlo por primera vez después de la universidad son solo algunas de las cosas incorporadas a él que no voy a olvidar. Un motorista tirado en el Obelisco, los dedos de Anna en mi pelo de camino a Quetzaltenango O una mujer hermosa con el pantalón desabrochado en el asiento de copiloto. Están ahí, conmigo, y lo estarán para siempre. Lo venda o no lo venda este año, trataré de describir con toda honestidad algunas de las cosas que me pasaron gracias a él, para honrarlo con la descripción de momentos importantes. Al menos aquellos que recuerdo todos los días.


viernes, 3 de enero de 2020

De volver en el 19. (Parte 2). La última vez que escriba de Quetzaltenango

En el Periférico de Quetzaltenango hay un rótulo que pone "Chitay"  

que todavía no se me olvida. Ha quedado mucho tiempo en mi 

memoria.  A veces  me quedo mirando el techo de mi cuarto sin poder 

dormir, pensando  en ese rótulo y en todas las cosas que me hace sentir y  

 las mañanas atascadas de charcos que vi en aquellos años. 

Hay una mujer de pelo negro que vive en una casita de ese vecindario, Chitay, 

al lado de un lote vacío sembrado  con milpa. La conocí cuando todo iba 

bien para mí.  Ahora no puedo escribir su nombre  en este blog, ni describirla 

con honestidad,  pero me inspira esa clase de tristeza que nunca  se va. 

Te saludo donde quiera que estés, H. 



“EL TALENTO NO EXISTE” –le dije una vez si-la-bean-do a una pareja de alcohólicos que merodeaban el parque Revolución como gallinas, buscando objetos valiosos del suelo para enriquecerse. Las figuras alargadas de un hombre y una mujer pestilentes que tropezaban y caían mil veces contra las paredes  rasposas del INVO, hasta alcanzar el cristal percudido de la barbería Fénix al otro lado, donde cada dos semanas me cortaba el pelo. 

Ahí se detuvieron un rato a tomar aire como ballenas, recuperar el aliento y palparse los bolsillos del abrigo en busca de tabaco: cigarrillos mordidos, rotos y doblados como bananos para encender, y en días de mucha de suerte, un paquete entero de Rubios nuevo, con el plástico todavía puesto. Tocaban un bolsillo detrás del otro, maldecían, hipaban y buscaban de nuevo en los mismos lugares, hasta que no encontraban nada. "Vaya", decían moviendo las encías, despegando los labios cubiertos de espuma: "Vaya”. y se rascaban la cabeza con el antojo desesperante de fumar un cigarro.


Un rato después lo vi a él orinar apuntado hacia la calle, pellizcándosela sin éxito. POR LA GRAN PUERCA, decía intentando forzar una gota. Cruzaron al otro lado bajo la luz endeble de una farola y solo entonces pude reconocerlos. Ellos no me habían visto a mí, pero yo los había visto a ellos de sobra, hasta poder estar seguro. 


Nos habíamos encontrado unas noches antes en la Democracia, me acordaba bien de él, un pelón harapiento con encías blancas enormes y dientes de drácula que no podía mantener dentro de la boca. Salivaba como un perro y luego aspiraba todo hacia los pulmones, haciendo un ruido de sartén hirviendo.  La mujer tenía un bigote pintado con marcador azul que se borraba hasta mancharle la punta de la nariz.   Fue el bigote lo que más me hizo pensar esa madrugada. ¿Hacía cuánto que se lo había hecho? ¿3 noches? ¿4 noches? ¿6 noches? Ni siquiera estaba seguro, pero la tinta empezaba a verse pálida y me preguntaba insistentemente si ella misma se lo había pintado, tal vez viéndose torpemente en la ventanilla polarizada de un auto,  para protegerse al llegar la noche: intentar parecer un hombre cuando cayera la madrugada sobre ellos y alguien la encontrara intoxicada en el suelo con el culo descubierto hacia la lluvia ¿Se lo había hecho alguien más mientras dormía?  Un niño lustrabotas, un niño de cobre, un alumno moreno del INVO, un niño del conservatorio de música, un listillo de la academia de mecanografía? Tal vez solo era una simple gracia de gente pobre.


Esa noche me confundieron con alguien de una canción publicitaria y se reían  de la suerte que tenían de haberme encontrado en ese lugar.  Aplaudían sin hacer ruido. Silbaban.  Canturreaban como piratas. Me decían y se decían mil veces que yo era un pianista talentoso porque había grabado un anuncio bellísimo que  vieron ellos de madrugada a través de la vitrina cerrada de la Curacao, en una de las teles exhibidas en el cristal que nunca se apagan. Un comercial que iba de dos niños conversando en una cocina a la espera de que se quitara la lluvia. No podían recordar qué era, se rascaban la cabeza para pensar: ¿chocolates Granada? ¿capas plásticas Ciclón para la lluvia? ¿Eso era? ¿unas malditas capas de plástico? No estaban seguros, pero me juraban por Dios que los había conmovido hasta las lágrimas. El que aparecía en los rótulos y tocaba el piano, ese era yo –decían divertidos- aunque ni siquiera habían escuchado la música por el vidrio que los separaba de la tienda.


 –Mirá Chita. Ese es el patojo  -decía el borrachito señalándome de cerca con las uñas largas de varias semanas. -, ¿te acordas de eso Hildita linda, tacuazina preciosa ¿te acordás de eso mi vida? Mi Tacui?–

  
Ella decía que sí se acordaba, la tacuazina se acordaba.

 

-Sí tacuazín hermoso, me acuerdo pues -decía restregándose los ojos hasta irritarlos, hasta dejarlos rojos. -Tenes toda la razón del mundo mundial, Tacual lindo-  se movía fuera de la luz  para poder verme mejor. -Qué bonito toca el piano usted Joven. Mire: lo felicito- me dijo haciendo una reverencia ridícula  inclinando su cabeza hacia mí, abanicándome un aire espantoso que por poco me hace vomitar.

"No soy pianista" -quise decirles ahí mismo-, tampoco había grabado un anuncio en mi vida  y no tenía ningún talento, pero ellos me miraban hipando con los ojos estallados de vino, esperando que les dijera una verdad.  Así que esa noche solo les dije que tal vez se equivocaban de persona. Muchos de nosotros no tenemos un ápice de talento, pensé en alto, y aun así nos ocurren cosas hermosas. Nacemos huérfanos de virtudes y habilidades estéticas y razones suficientes para escribir algo bueno. Porque yo solo a veces he podido hablar despacio con gente como esa, hombres y mujeres acabados que consiguieron que llorara en una banqueta, que es más fuerte que el talento y que todos los libros que puedan escribirse. Los dos insistiendo con voces apestosas a vino y latas de sardinas que yo tenía que ser el   del anuncio, alguien privilegiado sobre las teclas de  un piano, mientras se iban alejando arrastrados por el mareo, creyendo que me estorbaban y que pronto -podía verlo en sus ojos- intentaría hacerles daño.  


Cuando  ya no pudieron oírme dije susurrando, apenas hablando para mí con la garganta encogida del frío:  

“Voy a escribir de ustedes dos, bolos del parque Revolución, lo juro por Dios, de sus pulmones inundados de cerveza y  su vocación infantil de querer esconderse siempre en los mismos lugares. Hablar de sus ojos brillantes llenos de ternura y en adelante contemplar de cerca  la suave angustia de las vidas desperdiciadas". 


Dejar algo por escrito de las cosas que quise contar en esta ciudad antes de empezar a olvidarla, pensé. Quetzaltenango, ¡ay! Quetzaltenango del 17, tan envejecida y triste, tan detenida en las noches lentas que ocurrieron. Adolescentes con granos que repasaron malas decisiones en las ventanas amarillas de sus casas, piernas flacas, sin pelos, bajo mantas del Pato Donald,  calcetines gruesos de algodón  y sillas mecedoras de mimbre; ladridos  desgarradores en la vecindad empapada,  el olor penetrante del polvo y el pis en las paredes; dedos gordos de pie al final de unas chanclas celestes y pipas artesanales de marihuana. Voy a escribir de ustedes dos, bolos del Parque Revolución, lo juro por mi mano derecha, aunque me lleve una vida entera en ello. Escribiré de visiones de tragedias como las suyas, de zapatos rotos y mal aliento y rodillas raspadas  y caras amarillas de cirrosis. (Y entonces levantaba la barbilla hacia la universidad y la rotonda de los bomberos, donde Anna estaría durmiendo en ese mismo instante, apenas unas cuadras abajo, en el viejo Dicap. Me tomaba todo el tiempo del mundo en encender un cigarro escuchándolo todo: la cerilla, el impermeable al mover los brazos, un envoltorio de galletas arrastrándose por la calle vacía, mis labios haciendo “poc” al separarse de la colilla. 


Soplaba el humo espeso por la nariz, la boca,  entre los dientes que empezaban a  sonreír (.) ¿Qué mierda pasa si la llamo ahorita mismo? -decía y me echaba a reír con la idea gigante de que tal vez todavía podía llamarla. Pegarle un toque, como dicen los españoles, aunque ella estuviera llenando de saliva su almohada con olor a fresa y pelo sucio en ese mismo minuto, dormida hasta lo más hondo del sueño. Solo para decirle que viniera un rato a verme fumar un cigarro cerca del teatro y hablar de algo, no sé, algo se me ocurriría, cualquier cosa era buena para hablar con ella ese año en Quetzaltenango: un poema estúpidamente bueno de Ezra Pound que aprendí de memoria o el olor a gasolina y tierra húmeda que dejan las cortadoras de grama.  ¿Qué cosas has olido tú en los Paisos Catalans, Dulcinea? Un olor que te haga chillar, decime, como este de la tierra y el humo estancado en los jardines que te digo, un olor que te haga gritar todas las veces.


De lejos todavía podía ver a los borrachitos andando como gusanos junto al muro del INVO para no extraviarse, dando pasos desconfiados hacia ninguna parte. Arrastrando sus ropas viejas de invierno como caparazones suaves de tortuga. Quetzaltenango,, aprovecho a decirlo de una vez,  es un pueblo circular, para avanzar hay que salir pitando de allí, empezar en otro lugar (México, Estados Unidos, Vista Hermosa I). Nunca permanecer.


 En el 2017 me quedé dormido en una casa de los Trigales pensando en lo triste que podía ser todo: una mujer con várices detrás de las piernas y un niño con labio leporino y  un perro encerrado en un patio de cemento, bajo las ventanas amarillas de niños morenos que ya no bajan a tirarle una pelota.  Pero todo eso no importa mientras seas el único que lo mira.


A quien interese: hoy es 12 de septiembre de 2019 y quisiera esperar la madrugada en el hotel Pensión Bonifaz, donde me han hospedado con fondos municipales para darme mañana un premio que no merezco, después de imaginar tanto cómo sería ganarlo, y los libros que me gustaban y los autores que me gustaban y todo lo que habían vivido ellos antes que me gustaba, como... (sonrío estúpidamente a la ventana mojada del cuarto) recibir este premio en el Teatro Municipal con un traje elegante. Todo lo que un grupo de escritores muertos dejó ver a un niño pequeño de forma tan prematura y agresiva en las páginas de un librito de Piedra Santa  o Editorial Cultura que las palabras apenas producían imágenes. Cuando estaba a muchos años de saber cómo se sentía el interior de los edificios abandonados, la euforia y el amor de una mujer. Iba crecer imaginando cómo serían esas cosas sin tenerlas, cada una de ellas, hasta que una noche, -sin darme cuenta-, las tuve. Estaba desnudo en un balcón fumando un cigarro, mirando siete pisos abajo, recordando la suavidad de mis mejores años y una mujer de voz dulce me llamaba al interior para que me metiera en la cama.  Las tuve, todas esas cosas, y eran mejores que como las había imaginado. Nadie puede imaginar sentimientos, eso lo sé ahora, solo objetos materiales, personas moviéndose por ahí, en sitios borrosos, haciendo filas largas de banco o conduciendo sobre una calle mojada. Nadie puede imaginar la noche, ni la habitación, ni el aspecto mismo que tendrá su propio rostro el minuto que vea a una mujer de 21 años desnudándose por primera vez en Quetzaltenango, cuando los perros ladran y las personas duermen y La Luz es amarilla y un alcalde duerme en una parte tranquila de la Floresta. 


 Aquella mañana desperté con el olor a pelo sucio y perfume de fresas en mi propia almohada: el olor de Anna. Me estaba muriendo de la goma y anduve hasta la cocina en busca de un galón de agua fría para beber. Ahí me di cuenta que había despedido a Anna en la madrugada -muy adentro de esa de madrugada, tal vez a las 3 de la mañana y pensé que lo más seguro es que hubiésemos discutido por una estupidez y luego ella hubiera querido irse -como dicen los españoles- "cagando leches"). De pronto estaba ahí parado, leyendo lo que había dejado escrito en mi pizarra segundos antes de dejar el apartamento, algo sobre los finales, que no podía aceptar los finales, o que no le gustaban los finales, o que le asustaban los finales, algo de eso, y entonces traté de recordar lo que había pasado. 

 

Habíamos entrado borrachos a mi apartamento tirando todo por el suelo y al estar solos en mi cuarto le dije que esa sería la última noche que estaríamos juntos, , y se puso histérica, quiso irse, pero   sabía que no la dejaría salir a esa hora, (no es buena idea andar de madrugada por la zona 1 de Quetzaltenango si no es conmigo) así que se sentó en la silla plástica donde colgaba mis pantalones  y se puso a llorar. La llamé a la cama para que descansara algo y se acostó en el borde que me quedaba más lejos.  Así estuvimos los dos un buen rato con los ojos abiertos en la oscuridad. Podía escucharla y todo maldecir por lo bajo, sabía que se moría de ganas de arreglar lo nuestro antes de que amaneciera y tuviera que irse, quién sabe, tal vez nunca volveríamos a vernos, pero nadie dijo nada. Cuando desperté ya se había ido y  ahí estaba su letra suave en mi pizarra  con aquel mensaje de las despedidas que leí un par de veces más, hasta memorizarlo con la cabeza dando brincos. 


Eran las 6:30 y  todavía estaba soplando guaro por la boca, borracho, pensando en vomitar antes de ponerme unos pantalones limpios.  Debía  estar en la universidad a las 7 en punto, exámenes parciales, pero seguía tratando de recordar lo que había pasado, que era más importante que eso. Encendí un cigarro y me hice un café negro extra fuerte que bebí junto a la ventana. Me quemé la boca en el primer trago y ni siquiera me importaba. Vi su edificio, Panorama, el espacio vacío donde debía estar el parque y las letras gigantes de la iglesia evangélica Monte Sinaí que ponen así, en letras grandes, CRISTO VIVE.  


¿Hacia dónde quedaba el refugio? siempre quise verlo todo por dentro, Dios lo sabe,  pero esa mañana ni siquiera estaba seguro, nunca supe bien lo que hacían las españolas en Fundap o en los juzgados del Centro Regional de Justicia. Solo sabía que en un par de días volveríamos a hablar, Anna y yo,  en el McDonald´s del parque todo podía arreglarse.  Algo que aprendí viendo a las personas en uniformes de trabajo que llegaban a platicar sobre embarazos y préstamos en un McDonalds, empleados de ferreterías y supermercados La Torre que bajaban la voz para contar sus desgracias. La paz enorme de  una cena tranquila en un restaurante de comida rápida,  desenvolviendo hamburguesas,  moviendo vasos de papel con hielo, donde las palabras suenan más  suave y conforta la tibieza de las ventanas templadas. ¿Te digo algo que ya sabes, Annita? Todos los problemas pueden arreglarse diciendo la verdad.

 

Estaré metido en la habitación 409 hasta las 4 de la mañana, mirando la tele en calcetines, fumando en la ventana entreabierta, cuando decida salir a echar un último vistazo a las mismas calles de entonces (por si acaso nunca vuelvo a mirarlas). Hoy todavía no he ganado el premio, mañana, quién sabe, pero hoy soy el mismo imbécil de siempre, el niño que imaginaba mujeres hermosas y largas conversaciones en balcones de España.

 

Iré hasta el parque Revolución y la Democracia y buscaré al bolito con su acompañante piojosa. Comprobaré si siguen vivos los dos, como en junio del 17 que vi sus caras de cerca por última vez. Si esta noche, quien sabe, todavía estén andando por ahí, haciendo las mismas pillerías juntos, orinando calles y espantando perros y rompiendo envases de vidrio, o si tal vez ya solo queda ella,   el pelo apestoso de ella merodeando por ahí, dando vueltas con los mismos pantalones anchos de lana, abiertos en las rodillas y la boca llena de espuma, y cuando le pregunte por el bolo de dientes amarillos se eche a llorar, como una niña pequeña de Carretera a El Salvador que piensa en un motorista atropellado. Recordaré dónde se sentaban exactamente, una orilla de concreto o una tabla de madera, un tenderete vacío de zapatos elegantes, un pasamanos de hierro, el espacio minúsculo en el que hacían su vida, atravesando los mismos parques cada mañana en busca de algo para beber y colillas pisoteadas del suelo para fumar quemándose los dedos, SINTIÉNDOSE DICHOSOS. Confirmar si siguen desvelándose en alguna parte del mundo, acaso solo igual que yo, y decirles que he descubierto que no hay mejores cosas afuera de este lugar. Que las oportunidades viven siempre donde ya las vimos antes. En las historias de personas dementes, encaramadas para siempre en las noches lentas de Quetzaltenango.

 








Quetzaltenango, septiembre de 2019

De volver en el 2019 (parte 1)

Hace exactamente dos años y 4 meses estaba llegando a la estación de autobuses de Álamo, en la 6ta Calle de la zona 3 de esta ciudad, sin tener la menor idea de donde estaba parado al recoger mis cosas, ni a donde iba cuando miré los taxis viejos  haciéndome luces para invitarme a utilizar el servicio. 

¿A dónde va, jóven? -decía una voz gruesa de alcantarilla que salía de alguna parte: una pared húmeda, un atolladero, un espacio vacío. Vocales nasales seguidas de una tos gangosa y un escupitajo redondo que dio perfectamente en la banqueta: la voz de un taxista peludo. 
Ni puta idea.  Esa noche no me interesaba  nada,  acaso solo andar erráticamente por allí con mis cosas,  hacia tribunales con una maleta de ruedas, arrastrándola sobre el adoquín nauseabundo de Quetzaltenango.  Esperar  que el primer borrachito del Chirriez se acercara rascándose los sobacos para decirme que el centro  histórico estaba e-xac-ta-men-te del otro lado (tan cerca que podía oírle el estómago revolviéndose del hambre).   Anduve un poco más lejos antes de dar la vuelta,  hasta la pared larga de Block  avejentado donde un año más tarde escribiría mi nombre con una lata de pintura,  pensando en todas las cosas que ya no tenía: Luisa, un hotelito en el mar Pacífico con Ligg, el uniforme blanco de mi colegio, mi madre en sus  30s enredada en el cable de un teléfono fijo, hablando con sus dientes largos enormes y  la primera vez que vomité en una regadera. 
Llovía estúpidamente esa noche  (28 de mayo del 17)  y estaba enamorado de una mujer que dejaba el país 3 días después de mi llegada. Ella mientras tanto en GT, despidiéndose de todo  lo que había visto conmigo en este país de tristes extensiones de tierra, carreteras llenas de basura, rostros morenos chupando cerveza en gasolineras y lotes baldíos en condominios tan sencillos que las garitas no tenían policías.
 ¿Lo había visto ella también en Colombia? Todas esas cosas sin gracia, las vidas torcidas, yéndose por el retrete, de las personas. Ni si quiera estaba seguro. No tenía idea de cómo era Bogotá, pero había visto ya las casas de mis profesoras por dentro, los maestros más pobres  de este país que enseñaron literatura leyendo 3 libros al año. Casas de interiores amarillos con diplomas chabacanos claveteados en las paredes  y fotografías de gente sencilla sonriendo en balnearios de agua lechosa, piscinas de Champerico o Taxisco que no dejan ver el fondo, piernas cruzadas en sillas plásticas de  cerveza y gordas acostadas en toboganes celestes (a punto de bajar tapándose la nariz). Turicentros como trampas para pobres.  Me preguntaba si en Bogotá también había esas cosas. Adolescentes de 17 años que ya habían matado a una persona y los domingos se morían del sueño y el aburrimiento aplastados en un sillón, viendo caricaturas viejas con sus dos hijos pequeños, a quienes amaron tanto que pusieron apodos llenos de ternura (Estivy o Toti o Reshis) la primera vez que los vieron andar. Cocos lisos de cabellos oscuros que besaron mil veces,  hasta quedarse dormidos con la televisión encendida y la voz de porky y el pato donald rebotando en las paredes de Block.  Algo acaso mucho más fuerte que acuchillear a una persona en el vientre: el amor por un niño pequeño. ¿Cómo es Bogotá, rola de Ibagué? Decime de una vez. Te busqué dos noches seguidas en esa ciudad y ni siquiera conozco.

Esa madrugada te alistabas para irte lejos de las cosas que hicimos juntos.  La luna gigante que vimos  en zona 16, sentados en una piedra con el vino y los cigarros y las carcajadas asfixiadas por los besos, cuando admitimos que la luna solo era una mierda y casi vomitamos de la risa al decirlo. Qué más daba,  ¿Te acordas de todas las cosas que había alrededor? estábamos ahí y nos teníamos cerca:  el pasto crecido a lo loco y mis manos en tus caderas, a lo loco, y los olores de nuestra ropa, a lo loco,  ahí, cerquita Roli preciosa, con tus veinte años encima, como si nada. Se me ponía dura de solo olerte la respiración. Hay días que todavía despierto queriéndolo, que todavía se me pone dura pensando que me estás dando la espalda.

Vi la tele toda la madrugada, un televisor pequeño y curvo puesto sobre una silla de madera del Calvario, que fue el sitio que renté la primera semana que estuve en Quetzaltenango. Es extraño decirlo ahora (septiembre del 19), pero todavía conservo una imagen limpia de mis zapatos al final de la cama, la pantalla inmediatamente después, arrojando luz en las paredes infantiles del cuarto en mitad de una película malísima de Lea Thompson,  y mi estómago respirando angustiado dentro de una camisa que ella, la mujer que quise tanto, todavía había llegado a abrazar. Aquella camiseta de superman que había rodeado con sus brazos y llenado de saliva  apenas la noche anterior. Lágrimas y besos apretujados en el lobby de un edificio: los abrazos fuertes de zona 14 como un recuerdo incorporado para siempre en mi vieja camiseta. Ahora lo recordaba bien, cómo había sido todo. Podía olerla en esa camita del Calvario y me desesperaba apretando las sábanas entre los puños. Su olor flotando como una mosca en una ciudad que ella nunca visitaría. Ya todo había pasado y  solo quedaba una tele al frente con mis zapatos tapando la cara de Lea Thompson.

Apagué la TV  y salí a dar un paseo antes del amanecer, temblando del frío junto a los charcos de las calles polvorientas del Calvario, hasta mojarme los calcetines y los hombros   de una chaqueta vieja con el agua que resbalaba de los techos. El primer paseo de muchos que daría a esa hora en que  las ciudades no son de nadie, de quien las pisa y recorre, nada más. Cuando a los parques, los zoológicos y los bustos congelados de un dictador no los mira nadie. ¿Qué viste tú la primera noche que no nos vimos?  





                                                                                                      Septiembre 2019


viernes, 27 de diciembre de 2019

Colonia Las Hortensias



 Luna no puedo hacer nada para gustarte ya, a tus 17. Apenas ver por la ventana cómo lo intentan los chicos de tu edad. Impresionarte hablando payasadas sobre el capó del carro de tus padres, encendiendo cigarros  que se quedan  oliendo en tu pelo. 

 ¿Qué hay detrás del condominio cuando oscurece, en esa pared que está sin pintar? ¿Es verdad que hay un hotel, un edificio gris, una vieja pensión? ¿Qué has sentido al besar los labios de la persona que amas?  ¿Has asomado tu cara alguna vez al final? ¿Has probado saltar?

 



viernes, 22 de noviembre de 2019

Los cibernautas tristes de la madrugada



Estoy metido en un chat gratuito de Terra al filo de las 2 de la mañana  con la vista lamiendo los nicknames de los usuarios en línea (boxcar_racer, fitipaldis4, hermanomayor, tu_padre88, vaya-vaya37, para-siempre-tuyo…). Un total de 73 desvelos en la sala de amor/amistad. Unas 10 personas que siguen typeando muertos de sueño por una cibernauta Lolymelon que asegura vivir cerca del Espolón.

 Matadorkempes propone fumar un cigarro en las bancas de Pérez Galdós, esas que están frente al café Ñ. Todos dicen que sí, yo mismo digo que sí. Lolymelon está escribiendo… Parece que escribe y borra lo que quiere decir una y otra vez una y otra vez hasta que aparece finalmente un emoticono con cara de “:s” seguido de "mucho frío..." y una taza de café y un muñeco de nieve y un copo, también del vetusto catálogo de emoticonos de Terra que recuerdan a messenger. Nadie vuelve a pensar en el cigarro. Se descarta. Matadorkempes, si es que en verdad fuma, seguramente tenga que encenderlo solo frente a la PC de su casa, o salir en calcetines al balcón de su triste apartamento, igual que el resto de nosotros, para fumar esa madrugada pensando en algo importante. Pregunté "¿de qué sirve este chat? ¿Se queda alguna vez con alguien? O ¿Han quedado alguna vez con alguien, se han visto??”

DeNiro84 dijo que los chats estaban muertos desde hacía mucho tiempo. En 2005 -dijo- reunió un grupo de 15 personas que se vieron en la Plaza, después tomaron una cerveza en el local latino, el que está cerca del Puente de Hierro. Había chicos y chicas, eran otros tiempos, apuntó, tiempos de foros, blogs y salas de chat en internet copados de gente. Años muy felices.

Babyranks entra en la sala. Nadie habla por un momento hasta que B.ranks, recién ingresado, hace exactamente lo que hacen todos. Escribe un hola y poco después, cuando examinó ya la lista de personas en línea, se dirige a Lolymelon, que es la única mujer que aparece en la columna lateral de usuarios online. Naturalmente, los que estamos leyendo lo que pone nos vemos reflejados en él y resulta penoso y  tan triste verse reflejado en un hombre que busca a una mujer. Le pregunta a la chica que si trabaja o que si va a la universidad mientras me imagino cómo sería ese tal babyranks,  tal vez porque pienso en un  latino de esos demasiado sueltos (españolizados, caninizados) que igual hablan como españoles y alardean de la parte exótica de sus países de origen que ni conocen,.  Me incorporo un poco frente a la silla, las manos sobre el teclado y escribo “Babyranks es un caliente de mierda, ¿no creen?”
 

Hay un minuto en que no sucede nada en la sala de chat. Luego, casi al mismo tiempo, dicen todos que me calme, que todos están, dicen, “de buen rollo”. Era una estupidez  atacar eso, pienso ahora,  decir que estábamos online por otra cosa que querer encontrar a una mujer,  Alguien joven para vivir algo esa misma madrugada porque al final todo el mundo es optimista, dispuestos a las mismas cosas. Tan solo conseguir hablar con Lolymelon por teléfono -pensaba- y decirle que estaba loco esa noche por las cosas que había visto en la ventana de uno de mis vecinos y que tenía una botella casi nueva de wiski para bebérnosla y contárselo todo todo, ver lo que sucedía si nos la bebíamos entera en el paseo del Ebro, que podíamos hacer lo que quisiéramos, que se diera cuenta: al final solo  éramos jóvenes. Nadie mandaba sobre nuestras vidas. Éramos jóvenes Loly. 
 

Yo era uno de esos 72 desvelados en la sala de amor/amistad. Me lo dije esa vez, al menos recuerdo haberlo pensado: hay ratos en que podés sentirte especial, Dani, único, a veces fuera de serie, pero todo eso se cae cuando te ves en una sala de chat gratuito en español con gente mediocre que toma las mismas decisiones que vos tomaste para estar allí, invirtiendo el tiempo en las mismas cosas, a la misma hora. Incluso cuando se trata de ser prudentes y no espantar a una chica sin cara y sin nombre que entra en una sala virtual, como en este caso, intentando sacar algo verdadero de allí, desesperadamente, una historia con ella. Sos igual que ellos, pensas. Solo que ellos lo saben, lo aceptan resignadamente, lo reconocen, se rindieron hace tiempo, pero vos no. Somos todos unas ratas que saben usar el internet, pero eso es todo lo que hay. Lolymelon escribe: "Estudio. Sólo estudio.”


Dejo el brillo del monitor por un momento. Atravieso la sala, el pasillo que da a la cocina y el resto del apartamento a oscuras, que está hecho un desastre. Entiendo que llevo más de 6 horas bebiendo con el chat abierto de Terra (porque no logro escribir nada desde hace tres días en esa biblioteca pública de la Rioja, ni en las tardes cuando vuelvo a mi habitación y empiezo a desesperarme frente al teclado). Toco las paredes rugosas con las manos hasta dar con el plástico liso del interruptor. La luz que se siente rara, como demasiado amarilla al caer sobre los muebles viejos y el piso cerámico y las cosas que conozco. Llego a la nevera, saco una Steinburg helada, me asomo a la ventana y veo  los aspersores que mojan la grama y los troncos de los árboles. Me vuelvo a sentar frente al monitor. Manos en el teclado. Pregunto que si conocen la cerveza del Mercadona, la Steinburg. 

Eloymanipulador, que apenas había participado antes en la conversación, resulta que es uno de esos expertos en cerveza de lata y tabaco para liar y mecheros Zippo y no tarda en desplegar su conocimiento en el chat. Por suerte para él, esa noche puede darse el lujo de tener una pestaña de Internet Explorer abierta con Google por cualquier  consulta, poder revisar a cada momento que esté escribiendo correctamente las marcas de cerveza que recomienda. Porque es normal equivocarse al recomendar por escrito una Stella Artois o Leffe o Budweiser o Guinnes o Lannister. Me río en alto de esa estupidez, y de todo lo que pienso esa noche, de lo que estaba siendo mi vida después de abandonar la universidad de Salamanca. En todo  caso yo también tuve que echar un vistazo a la lata verde de cerveza para escribir correctamente “Steinburg”.

Tres usuarios encuentran interesante el tema y preguntan a Lolymelon que  qué es lo que más le gusta beber, a lo que ella responde a secas: “cubatas. Bebo cubatas”. “La cerveza es mejor que los cubatas… ¡mejor que la Coca-Cola!”, dice DeNiro84 que seguramente sólo acompañe la comida con refrescos carbonatados de frutas o haga un esfuerzo enorme cada vez que (presionado por la compañía de un amigo gamer) se atreva con una cerveza en 100 Montaditos. “Pero… Danidanidani" (que soy yo), escribe Eloymanipulador zanjando el tema de una vez por todas, “la Steinburg es bastante buena, eh?”  “Por el precio, vamos”, 


Se habla con menos ganas y la conversación languidece. A todos nos rutila de inactividad la barrita del cursor sobre el cuadro de texto de Terra, pero nos da pánico que Lolymelon abandone la sala dejándonos solos. Pensamos en algo que haga que se quede un poco más, que se desvele con nosotros un poco más, que es lo que queremos al final: la compañía de una mujer logroñesa. 

“¿Qué estudias Loly?”, dice Babyranks. Pero esa es quizá demasiada información y Lolymelon tira un “jeje” seguido de un emoticono con movimiento propio que sonríe y se pone rojo una y otra vez. Algún optimista pregunta por su número de móvil, ella ni siquiera contesta.

Matadorkempes se despide a las 3 de la mañana en punto. Después del “cuídense” escribe “¡ah! me olvidaba: todavía voy a salir a fumar ese cigarro que nadie quiso  en la plaza de avenida Pérez Galdós, los bancos frente al Café Ñ. Digo por si hay alguien que tampoco pueda dormir esta noche. Saludos y buenas noches, gente de Terra”. Aparece un mensaje autogenerado en letras itálicas que dice: Matador Kempes ha abandonado la sala. Su nombre desaparece de la lista de personas en línea.

El crack de otra cerveza rebota en las paredes de mi apartamento y hace un pequeño eco al entrar en la cocina, otra Steinburg congelada que te hace eructar al segundo trago, antes de llegar a la silla. La luz del monitor otra vez sobre la mano que controla el mouse y un paquete de Ducados rubios inmediatamente después, que son los que empecé a comprar cuando se fue Sarah y me daba lástima fumar Marlboro. No tuve tiempo de decirle a Matador que lo acompañaba con un cigarro, después de todo salir del apartamento me haría bien,  estirar las piernas, hablar con alguien de cualquier cosa, de Lolymelon, de si en verdad existiría en alguna parte de La Rioia, o del mundo. Fui por mi abrigo y me lavé los dientes.

Matador, o la persona que supongo Matador, está sentado en una banca viendo la pantalla de un Smartphone que le alumbra la cara por debajo de una de esas gorras que ponen Obey y se muerde el cordón del pullover en un gesto de aburrido entretenimiento. Toca la pantalla del celular con cierta violencia despreocupada, como bajando en una lista de contactos interminable o fotos o canciones de una playlist infinita. El supuesto Matador no está fumando, no hay  siquiera rastro de una cajetilla sobre sus muslos o al lado suyo, en el banco,  y es probable que no fume aunque sí cabe pensar que se haya fumado un cigarro antes, en el tiempo que tardé caminando hasta calle Somosierra. También es posible que no sea Matadorkempes del chat de Terra el que está allí sentado y sólo alguien que espera recibir una llamada importante, quizá simplemente alguien que no puede dormir, que sale a intentar resolver un problema. Alguien como yo.

Hace un frío de ponerse la capucha –pienso-, que otras veces parece tan innecesaria, y meter las manos en los bolsillos en busca de una diferencia mínima de calor. Pasa un envoltorio morado de ¿galletas Milka? dando vueltas arrastrado por el viento y es lo único que se escucha, el plástico haciendo desplazamientos largos jjjjjjj y /…/ jjjjjj…. Deteniéndose, luego otra vez jjjjjjjjjj en el asfalto mojado. De día esas cosas ni siquiera hacen ruido.  El supuesto Matadorkempes sigue viendo el celular aunque ya no toca la pantalla táctil con la misma fuerza de antes y parece que se hubiera detenido en alguna publicación, en un artículo  deportivo de As o de Marca, que es lo que lee esa gente. Los que incian peleas en los comentarios de Sport por defender a sus equipos de primera división.

Saco un Ducados con las manos casi congeladas y cruzo el paso de cebra que da  hacia la pequeña plaza. Las luces del semáforo rutilan en ámbar y se reflejan en la pintura blanca del pavimento, se escucha el viento en las orejas como soplar en un micrófono.

Matadorkempes aparta la mano del teléfono un momento y se la frota contra los pantalones deportivos, después empuña y sopla a través de los dedos para calentarlos, ahí es que me ve por primera vez. Avanzo y empiezo a notar algunos detalles suyos, como que tiene los lados de la cabeza rapados y que la gorra efectivamente dice OBEY. Pongo el cigarro en los labios y me acerco a pedirle  fuego.

-Buenas noches- digo- ¿tienes…?-
 Y dice “sí, chabón” al ver el Ducados colgando de mis labios y me río mientras lo veo buscar fuego en sus pants deportivos delgados porque pienso que tiene que ser él obligatoriamente, porque se nota demasiado el acento agudo argentino y para quienes no lo sepan, Matador Kempes es un ex jugador de fútbol  y comentarista de ese pais. 

-¿Por qué te pusiste Matadorkempes en Terra?- le digo mientras se deja de palpar el otro bolsillo, (siempre lo que buscas está en el segundo bolsillo).
-¿Pero vos sos gay?!- Dice con la voz chillona de los argentinos cuando preguntan algo a la defensiva.
Me quedo de pie sonriendo con el cigarro en los labios.
-¿Cuál es el problema? -le digo, y casi me río de forma siniesta apretando los dientes. 
M. Kempres se levanta y se aleja dos pasos, hacia la avenida, se compone la gorra. Extiende los brazos a los lados como el Cristo Redentor de Brasil.
-¿Vos quién sos, pibe?- pregunta.
-Soy Danidanidani- le digo- del chat, ¿Me prestas el fuego?-
Se calma un poco, aunque con cara de asco,  y sigue con la búsqueda del encendedor en el bolsillo que le hacía falta. Lo saca y me lo extiende sujetándolo con los dedos más largos.
-Gracias-.
-Dale- dice, y mira incómodo para otra parte, la calle vacía, el rótulo fluorescente de Café Ñ apagado por la hora. Le devuelvo el encendedor.

-¿Crees que vaya a venir Lolymelon?- le digo.
-Yyyyyy… no sé, chabón… Yo igual lo puse en el chat, ¿viste?, `por si acaso.
-¿Por qué preguntaste antes que si era gay?
-Chabón, porque la invitación no era para vos, ¿te das cuenta? Ni para vos ni para los otros forros del chat. Mirá que a veces vienen pibas a esta hora… pasean un perro, fuman un cigarrillo, arman kilombos por teléfono… no sé, las cosas que hacen las chicas.
-¿Por qué invitaste a todos entonces?- le dije y el argentino me vio con algo de miedo y distancia a la vez, cuando se dio cuenta que había estado bebiendo.
-Pelotudo, para que lo viera Loly. Las minas no tienen nada que hacer a veces y dan una vuelta larga en lugar de seguir conectadas al chat.
-¿Para qué?
-YYY… andá a ver. Tal vez para evaluarte de lejos. Son curiosas las minas, ¿eh?  
-Pareces Babyranks. –le digo con un desprecio creciente. Aprentando los puños en medio del frío y la ira, queriendo con todo mi ser que suceda algo esa madrugada: una pelea.
-¿Qué decís, pibe?- dice. Otra vez el tono argentino agudo.
-Pensé que eras Babyranks. Pareces un pandillero-le digo- La gorra, el pelo a lo Cristiano Ronaldo, el tatuaje de coronas en el cuello, los zapatos blancos de basquetbol. Un reggaetonero. Un sudaca con pinta de dealer. Barriobajero,  villero, cani de España.
-¡¿Pero qué me estás diciendo, alto sorete de perro?!
Me quedé donde estaba, sonriendo, viéndolo a sus dos ojos pequeños, que eran los de una rata cobarde.
-¿Qué vas a hacer después de todo lo que te dije? –le pregunto con tranquilidad. Me lamo los labios. Tengo los puños apretados en la chaqueta.

Hizo el ademán de quitarse el pullover para pelear y luego se detuvo. Dijo que no me iba a romper la cara sólo porque “te lo digo en serio, conchudo, no me creo lo que estás diciendo”. Y se alejó caminando erguido y volteando con cara de malo cada cinco pasos hasta que lo vi perderse después del Café Ñ.

 La brasa del cigarro estaba empezando a quemarme los dedos y lo tiré bajo los árboles enanos del parque. Ocupé el lugar de Matadorkempes en el banco y encendí otro cigarro con la vista entera hacia la plaza vacía. Los sitios que en el día están llenos de gente –pensé- ahora vacíos, para una sola persona, después de todos esos niños y niñas, perros y bicicletas y abuelos usurpando los sitios de sombra y parejas de gitanos y familias de matrimonios jóvenes y árabes leyendo el periódico con los dientes amarillos de fumar tanto y adultos divorciados regresando a sus pisos con bolsas pequeñas del Consum. Chupé el Ducados con las manos temblando del fío en cada calada y pensé por primera vez en mucho tiempo en todo lo que había cambiado mi vida. En lo que era. Y en lo difícil que sería recuperarla en Guatemala, si algún día decidía volver. Me gustaba España, había aprendido a quererla, pero empezaba aburrirme de las cosas que no eran mías, como esa plaza de Logroño que decía tantas cosas al verla. Había dejado ya la universidad (para siempre)  y la Rioja podía ser una gran aventura, desde luego un gran acierto si seguían ocurriéndome cosas, si seguía siendo valiente,  pero también podía ser un gran desperdicio, una forma de perder el tiempo y sentarme durante  horas a recordar el pasado.

Estaba a punto de irme, sacudiendo la ceniza de mis pantalones cuando al otro lado de la plaza vi que se acercaba una persona. Era una chica tal vez demasiado grande en un abrigo rojo y leggins negros que paseaba un perro pequeño en uno de los extremos más alejados de la plaza. Sin duda una señora gorda de rostro muy blanco y el pelo negro que se detuvo un momento con el perro a ver hacia donde yo estaba, todavía de pie junto a la banca, frente al café Ñ clausurado. Nos vimos unos segundos y le hice un saludo con la mano que pareció asustarla, pues se fue recto en esa misma calle, sin voltear en el lado ancho del paseo peatonal, a donde estoy seguro, pretendía hacer su paseo si no hubiera estado yo.

La PC estaba encendida cuando regresé al apartamento, con el salvapantallas de Windows, ese que rebota en los cuatro extremos del monitor y cambia de color al contacto de los bordes. Fui por otra Steinburg helada a la cocina y regresé al escritorio. Moví el ratón y apareció la página del chat que había dejado abierta. 2 personas online en la sala amor/amistad. Ya no eran insomnes sino madrugadores, gente que se conecta mientras desayuna o espera a que se le seque el pelo para ir a trabajar. Había dejado de leer los mensajes a las 3:07 de la mañana, cuando escribí con el abrigo puesto y los dientes lavados: Hasta luego, logroñeses. Procuren descansar algo. Salud y paz.  Lolymelon había escrito lo último sobre las 3:20. Puso: Chao, salgo a dar una vuelta. Eloymanipulador preguntó dos veces seguidas “¿Adónde vas, Loly? Loly, ¿adónde vas?, pero entonces, justo abajo de su mensaje apareció el mensaje en itálicas de “Lolymelon ha abandonado la sala” que acabó con la esperanza de todos, que ya no escribieron nada.

Apago la PC, me desnudo para meterme en la cama y antes de apagar la luz pienso que más tarde será otro día, que no voy a entrar más en esas salas de chat en español llenas de hombres y mujeres tristes. Que no quiero ser como ellos,  aunque todos  seamos lo mismo: hombres y mujeres tristes.



Logroño, 2015













domingo, 3 de noviembre de 2019

El sonido de una moto sin gasolina



Cae la tarde como nunca vi caer una tarde, y la moto empieza a asfixiarse, a quedarse sin gasolina.. El tanque vacío cuando me acerco a preguntar en las champitas de adobe  si hay alguien que pueda venderme un par de litros de gasolina, que la única forma que tengo  de salir de este lugar. Entonces las personitas de chocolate hablan sin que yo pueda entender nada de lo que dicen, su idioma enrevesado y gutural (desde la tráquea) y aparece la silueta de un hombre pequeño, alguien que baja arrastrando el ruedo de unos pantalones enormes  sin hacer ruido por la cuesta pronunciada de barro. Tiene  una botella de Big Cola entre los brazos que se mira demasiado grande para su cuerpo. Reconozco el líquido  sin problema  moviéndose  a través del envase  y le digo a la distancia que si es regular lo que tiene. -¿Regular es lo que tiene? - le digo-., y la persona mueve afirmativamente su cabeza de pelo espinudo, dice que sí, que es regular lo que tiene. Me arreglo torpemente con él sacando la billetera, pago el precio convenido, lleno el tanque derramando un poco de combustible en el motor, arranco la moto y me largo haciendo ruido hacia la niebla.






Ahora veo esa gente desde la moto, las mismas casas de barro  y sus perros delgados: los mayas que había imaginado durante años, y sus rodillas llenas de  lodo. Veo a las mujeres de pezones largos y oscuros ponerse de rodillas ante un comal hirviendo y un fuego mediano que cruje en Todos Santos Cuchumatán, languideciendo en medio del frío  y  las llamas azules y grises que se cierran sobre los palos. Veo los viejos sordos de caras de corteza de árbol que se desvían la columna vertebral con cargas excesivas de leña.  Hormigas con mochilas de expedición, eso parecen de lejos, cuando los paso saludando desde la moto y los observo saludarme de vuelta sin una expresión reconocible en el rostro (desesperación o amabilidad, bondad o miseria, eso allí nunca se sabe), mientras toman aire de sus narices ganchudas a la salida quebrada de barrancos alfombrados de musgo. 

Veo un niño descalzo mirándome desde una ventana rota de Chóchal con un solo ojo, un ojo café incrustado en una cabeza enorme, rapada y melosa, llena de moscas, que ha visto de cerca también los ojos negros -como de insecto- de su propio padre. Sus expresiones de asco cuando amanece maldiciendo una resaca de muerte en la choza y se alista para salir a trabajar. Él ha podido observarlo toda su vida hacer lo mismo: manejar un machete y un cuchillo  con el mango remendado, ponerse unas botas de hule después de vaciar el polvo y hasta vomitar las podridas escaleras de una iglesia católica mientras se sostiene con temblores del brazo en un pasamanos de pino y emite esos estertores estomacales escalofriantes que nunca se borran de la imaginación; le ponen la piel de gallina, al peloncito, y lo hacen tener pesadillas iguales a la realidad.  Lo ha visto ponerse una misma camisa vieja de botones  sin mirarse en un espejo y patear al perro en las costillas cuando roba algo de comer, como si esas fuesen las únicas acciones que es capaz de ejecutar su padre (cinco o seis cosas, pero nada más que eso). Ni siquiera poder abrazarlo o besarlo en medio de la cabeza, piensa,  como ha visto en  recortes de periódico y en algún calendario de La Parma que hacen las familias felices, las formas reconocibles del amor,y aún no se decide si su tata es, después de todo, una buena persona. Porque no ha crecido lo suficiente para saber muchas cosas, para ser igual que él a la salida de una jornada de trabajo y comprar envases oscuros de vidrio a través de  barrotes oxidados, pegar a una mujer avejentada en el rostro, que es lo que ha sido su madre, una señora delgada sin dientes y tetas aplanadas, caídas, receptora de golpes que la tiran al suelo, entonadora de lamentos mayas, profundos chillidos de puerca. Verlo allí, a su padre, tan cerca de su propio cuerpo infantil y su cabeza sucia y sus mejillas cubiertas de mocos amarillos. Mirarlo escupir su propia camiseta cuando blasfema en mam diciendo ¡dios puerco! sentado en el camastro, balanceándose hacia adelante con el pelo apelmazado por el sombrero de paja. Cuando lo mira en el suelo de tierra y sonríe endemoniado, ¡helo ahí! un maya milenario con los dientes picados. 

El futuro:

El peloncito es pequeño aún, y solo con los años dejará de tener miedo de ver a su papá borracho en las noches tan oscuras que hace en la sierra, con los sonidos silbantes del bosque, todo ese silencio y la seguridad de que hay cientos de hombres afuera como su padre, que vigilan su choza escondidos en el monte, esperando el momento de poder entrar por la ventana y hacerles daño. a todos. Escuchar de nuevo a su madre chillar como puerca.

Perdón por meter mi moto y hacer ruido en días tan  viejos como los suyos. Pronto también me iré de este lugar, lo prometo. No corran del sonido, no huyan de las cosas que quiero contar.