lunes, 9 de junio de 2014

Veintiuno






Si Dios existe, (todo esto lo pienso), abro la puerta del 21 y en el fondo de la habitación, justo en el tocador, hay una rubia viéndose al espejo. El ruido que hago con la manecilla es suficiente para llamar su atención. Entonces voltea (todavía de espaldas) y creo que me invita a pasar con la vista. Creo que sí.  Sigo inmóvil bajo el marco de su puerta, indeciso, la rubia me advierte estático. Voltea completa y me llama con la mano. Entonces entro cerrando la puerta detrás de mí. 

Voy por el 15, (todo esto sucede) faltan 4 puertas, 11 pasos, unos diez metros para estar frente al 21. Si Dios existe, abro esa puerta y está la rubia de espaldas. Siento la tensión, el pasillo en absoluto silencio. A dos puertas de distancia empiezo a amortiguar los pasos. Realmente despacio, primero la punta del zapato, luego el talón. Los pasillos están desiertos, hay un carrito de limpieza al fondo y una sábana en el piso. La alfombra roja del suelo tiene manchas de humedad.  Sigo caminando. Ya estoy enfrente, contemplo la puerta, me acerco. Respiro hondo. Se escucha la T.V del cuarto vecino, el francés del programa televisivo me da vasca. Resueltamente toco el metal de la manecilla, dedo a dedo la tengo entre mis manos, está helada. Frente a mis ojos el 21 en negro mate. Se me encoge el estómago, tableteo de frío. Espero cinco segundos para disimular el ruido. 

Ya giro la manecilla, muy lentamente. Gira suave, aceitada, solo hace falta empujar. (La sangre se agolpa en mis sienes) Exhalo tenso, retengo una última bocanada de aire en los pulmones; aprieto con más fuerza la manecilla y  apoyo el antebrazo contra la puerta, ya no siento nada. 

Comienzo a empujar. Lentamente, abro muy lentamente.  A través de la ranura advierto una lámpara, una mesa de noche, un vaso plástico, lentes con marco rojo y una novela por la mitad, también el comienzo de una cama a medio hacer. Sigo empujando, no hay vuelta atrás. Tengo la puerta a la mitad, sé que hay alguien, puedo percibir el sonido de un zipper, abrir o cerrarse. No lo sé, ya importa un carajo.  Tenso el abdomen,  los dientes.  Todo el cuarto al descubierto. En el fondo, de abajo hacia arriba: tacones verdes, piernas blancas,  lunares negros, falda roja, cintura ancha, piel, más piel y la marca de un sostén en la espalda. Cuatro segundos de parálisis física. Ella tarda dos en sacarse la blusa de la cabeza, voltear y sorprenderme allí, parado bajo el marco de su puerta. Es rubia.

jueves, 5 de junio de 2014

Su vieja americana



"La voy a estar viendo desde la montaña sin que lo note. Voy a pararme en la piedra  lisa que da hacia el lago y de la que tal vez no se acuerde. Cuando acabe de nadar y haya para entonces cenado, dígale a sus padres que se le antoja la noche con sus estrellas, con sus vistas desde la montaña. Entonces búsqueme entre los árboles."

Lo encontró Matilde, resguardando sus manos de frío, en el bolsillo de la americana. (Eso, al tercer día de estar en el lago.) El mensaje venía en un trozo de papél a cuadros doblado hasta comprimirse y convertirse en un cuadrito de esquinas punzantes. De no estar bien doblado, de no haber punzado su dedo, tal vez no hubiese llamado la atención  y lo hubiese descartado como basura, arrojándolo al fuego que le crujía enftrente. Matilde reconoció la letra de inmediato, sin tener que entrar a leer las palabras. Casi se sintió observada y enfiló la vista hacia donde creía recordar, quedaba la roca. Pero la fogata arrojaba luz abundante sobre sus ojos y tuvo la impresión de que todo cuanto la rodeaba era una mancha oscura e interminable de sombra.

 De pronto la asaltó, allí sentada en la hierba, una imagen de Lope en mangas de camisa, con sus botas de finca, su pelo negro visto desde atrás, corriendo, escondiéndose de ella tras los álamos.

-¿Todo bien, Mati? Preguntó su madre al advertirla inquieta, como jodida por los luzasos del fuego.
-Sí.. Sí - Balbuceó, distraída. -Quiero dar una vuelta, me falta como... como el aire de encima del puente, ¿Te acordás de los peces fluorescentes? -Se reía- Quiero verlos desde allí.-
No eran peces, recordaba su madre sonriendo, sino reflejos de luna en el agua.
-Andá. Eso sí, regresá antes de que se apague el fuego.

Su padre pescaba a inmediaciones del lago con una linterna de cabeza. Tan pronto como se hubo alejado, ya a faldas de la montaña, a Matilde le pareció un puntito azul a la distancia, cambiante como un faro al tirar y recoger la caña.

  Apenas y hacía luna por entre las nubes, la noche se ofrecía fresca y saturada de un bullicio sordo como el del aire tocando la oreja. Casi se sentían los pájaros en sus ramas, los grillos ahogados en la hierba y las arañas caminando sus telas. Matilde se guiaba por la imagen que conservaba del lago, vista desde la roca. Caminó a lo largo de la arena hasta que se convenció lo suficiente de que estaba a la altura correcta; girándose repetidas veces para asimilar su ubicación con relación al agua. Entonces empezó a subir zigzagueante por entre la fauna. La oscuridad se acentuó y volvió a acontecerle una imágen. Era otra vez Lope, abriéndose paso por en medio de mucha gente, ella siguiéndolo de cerca, tomándolo fuerte del brazo. Sería la fiesta de Marina, la hermana mayor de Lope, que celebraba su cumpleaños a todo lo grande. La imagen era como la anterior: el pelo negro como el batún, cayéndole rizado a su espalda, aunque ahora llevara unos zapatos de fiesta cafés. Lejos veía la casa espaciosa, con sus jardines entregados a los cipreses y al baile;  a la pérgola que iluminada parecía convidar a los jóvenes invitados a servirse del buen aguardiente, del whiskey más añejo, del ron con hielo nacional y del absenta a grandes cantidades expuesto sobre la mesa. Ambos tenían catorce años y las risas del jardín, la tosquedad de los hombres que bailaban a ojos turnios con la camisa arremangada, sus barbas en boca y los tragos que apuraban inflamables de los vasos, les parecía demasiado escándalo. En cambio la dulzura de pensar a Lope conduciéndola hasta su habitación, después de haber estado en medio de los amigos de Marina, y cuando le mostró la salida al tejado a través de su ventana, y salieron y descansaron de la música tan alta. Cuando la ceniza colmó sus bocas tras aquel primer cigarrillo que compartieron y cómo se tendieron en el techo a ver las estrellas.

Un ruido como de serpiente entre la hierba sacó el ¡PUTA! más sincero de Matilde: un agolpar inmediato de sangre a la cabeza y el miedo hasta la médula. -¡¿Lope?! Lope, Lope, ¡¿Lope?!-. Balbuceaba. No hubo respuesta. Ahora pensaba en el error de no haber encontrado la nota a tiempo (al primer día, al segundo a más tardar). Él habría desistido (lo más seguro) en la espera y a estas alturas no lo encontraría más. La noche rugía con sus grillos, sus pájaros nocturnos, con sus ramas flexibles en dirección al lago. Matilde se contuvo inmóvil a ojos abiertos en espera de alguna respuesta. -Lope si es usted..., no me hace gracia, salga ya o me regreso inmediatamente.- Decía. Nadie respondió. Cuando se hubo serenado y sus ojos asimilaron algo más la oscuridad, advirtió a unos veinte metros de donde estaba, la piedra lisa y enorme de los veranos anteriores.

Qué segura se sintió en ese trozo de roca abundante, además clareada por la ausencia de algún ramaje que impidiera la entrada de luz celar. Cómo se veía el lago desde allí, con sus reflejos tenues de luna ondulante y sus suaves giros rematados de playa. Desde allí otra vez -Lope, Lope- cada vez más recio, -Lope, ¡Lope!, ¡LOPE! Matilde se llevó las manos al rostro sin poder contener el llanto estrepitoso que la asaltaba. Le aconteció entonces la última imagen que habría de acometerle. Fue algo rápido, un flashazo, digamos. Era Lope sonriéndole desde una camilla de hospital. Pálido y sin pelo; sujetándole débil la mano. A su espalda, como la voz acariciante de alguien que habla cerca del pelo, se oyó ronco y quedo: "Matilde".




miércoles, 4 de junio de 2014

Un Amour de Jeunesse (2011) y otras. El reencuentro



El film en sí no tiene la fuerza de otras producciones cinematográficas tales como Forest Gump (1994) , El Ilusionista (2006) o The Notebook (2004). No quiero hacer una crítica desde el aspecto técnico, de la actuación o del espacio escogido para el rodaje, quiero verla desde "el reencuentro". Nótese los films antes citados y el terreno que pisan en común. Creo importante subrayar, aun a sabiendas de que se presenta como algo obvio para el lector, que los cuatro títulos juegan en sus personajes el papél de reencontrarse.

Poco o mucho tengo que ver en esto, véase en mí a un ocupante más de la butaca contigua. Quiero decir, al ratoncito blanco, experimental y siempre vulnerable a la reacción que pueda suscitar un film en un espectador promedio. Estamos de acuerdo en que la posibilidad de vernos eventualmente involucrados en una situación en que, yendo al supermercado local, al polideportivo más cercano, a una función de teatro, al parque de los árboles altos, (un espacio público en sí), puede traernos a la niña que quisimos en cuarto grado primaria, o a la rubia con quien coincidimos un verano y se fue despidiéndose en una carta. Lo cierto es que siempre está presente (mentalmente) la idea, aunque difusa, del reencuentro.

Tengo entendido que de estar en casa a pisar el supermercado local hay un incremento estadístico en cuanto a la posibilidad de encontrarme con alguien. En este momento me parece oportuno incluirme a modo de ejemplo y hacer uso de lo vivido. Decir que a eso de los 15 o 16 años de edad, me obligaba a bajar hasta el parque más cercano, aunque no estuviese tan cerca y fuera necesario caminar durante no pocos minutos. Entonces ocupaba una banca que me convenciera lo suficiente, sombreada y con vistas a las demás personas. A veces llevaba cigarrillos mentolados que compraba en la pulpería inmediata o bolsas de frituras de maíz, una pepsi pet de tapa rosca o la novela de turno si recordaba tomarla antes de salir de casa. Todo por aguantar el mayor tiempo en el parque y parecer distraído. Así fumaba o leía plácido en espera del suceso.

 La idea de "empujarme" al parque era no perderme de la oportunidad social de coincidir con alguien. Quería, en términos inexactos, que la vida me pasase por encima, toda y su gente; toda y sus pelirrojas, toda y sus rubias. Para entonces, sentado en la banca, no esperaba precisamente un "reencuentro": ver al vecino, al compañero de clase, digamos, sino, por el contario, esperaba tal vez coincidir con la chica con quien debía compartir domingos tediosos y tardes libres futuras. Fue así como me convertí en un depradador social capaz de iniciar diálogos a base de preguntas básicas, de frases premeditadas igualmente estúpidas. Nunca nadie me pidió que me levantase (luego de haberme sentado con total libertad en su banca) o demandarme que me largase al hacer un comentario. Muy dentro de ellos se hacía casi audible el aplauso a mi determinación, a mi "auto-empuje", a mis ganas de entrometerme en sus vidas. Y me bastaba con un "Perdón, ¿Sabe qué hora es?", para estirarlo hasta llegar al punto de hablar de sus pasatiempos, de sus mascotas, de su vida sentimental.

Voy a que, muchas de las personas que conocí plácidas sobre sus bancas, divertidas paseando sus perros, acabaron, a base de una introducción aparentemente inestable, inoportuna, en ser parte de mi vida como yo de la suya. Y digo parte importante: gente que hoy incluyo dentro del conjunto de la ilusión personal y silenciosa del "reencuentro". ¿Me doy a entender? Quiero decir que el ser humano, en su potencial y proceder social está condenado a una eventual interacción y seguro envolvimiento colectivo que arroje con el tiempo consecuencias en forma de sentimientos y por tanto, secuelas de medio y largo plazo.

Antes dije que la idea del reencuentro es tanto homogénea como silenciosa en la cabeza del ser humano. La implicación inevitable del individuo  en la cosa social repercute y resulta en la creación y obtención de un conjunto residual (nunca numeroso) de seres a quienes se les tiene especial afecto. Seres con los que un día existió o se llevó a cabo, en este órden, una introducción, un desarrollo y una continuidad a cierto punto interrumpida. Quiero llamarle a esa "continuidad interrumpida" final aparente. "Aparente", y lo subrayo, pues la idea del reencuentro reside precisamente en la conversión de un final no esclarecido en una actualización física, terrena de una relación. Me refiero a dos caras ahora  de vuelta  tangibles, al alcance de sus manos; al azulejo de un supermercado que sostiene simultáneamente las pisadas de dos personas ausentes hasta ese momento y que ahora se abrazan en la sección de refrigerados. Quiero decir, la presencia de dos individuos en uso corriente de un mismo espacio y tiempo que rompan finalmente un ciclo de ausencia.

La película franco-alemana, déjenme traer de vuelta el nombre, "Un Amour de Jeunesse" (Amor de Juventud), al igual que las otras arriba mencionadas, deja una marca, o más bien toca con el dedo la parte mental, entusiasta e ilusoria que encierra el reencuentro. Parte que está presente en la psique de todos los que colman la sala de cine y de la que el director hace uso acertado, dando con la tecla precisa que despierte en el espectador una esperanza empolvada: la más poderosa de todas. Y es que el hombre se vale de sus "hoy en la noche", "mañana en la mañana" "el mes que viene" o "el año entrante" para seguir entusiasta ante la vida. Anhelando capturar finalmente el perro escurridizo y aparentemente alcanzable de la felicidad. Y ¿Cómo conoce alguien el valor de una recompensa venidera si nunca supo que en ella encontraría un trozo de contentamiento? es decir,  sin antes experimentarla. En este aspecto dista el encuentro del reencuentro. El sujeto es conocedor de uno, el primero. Por tanto sabe del valor potencial del segundo. A medida que transcurre la película queremos que Noah se reencuentre con Allie,  Eisenheim con Sophie, que Forest haga lo mismo con Jenny y Sullivan se vea nuevamente con Camille. Introduce el director (en las cuatro películas), evidencia suficiente como para hacernos ver que ha pasado el tiempo. (¡Cuánto tiempo!) Y así agitar hasta las fibras más íntimas del espectador que en su butaca sueña con que  los personajes pisen junta y nuevamente los lugares de antaño. No es de extrañar que al encenderse las luces que dan por terminada la función, las personas salgan pensando ilusionadas en un futuro reencuentro.

Quiero decir, personalmente, que no me gustó la película más allá de su final (que considero sublime) y el pesimismo de un reencuentro que no suscita la trillada vuelta a la unión. Lejos de eso la película transcurre insabora, predecible a veces, con una falta preocupante de atracción hacia sus personajes. Los lugares seleccionados para el rodaje me parecen adecuados, siendo el campo francés, con su primavera soleada, un lugar ideal para dos jóvenes que aspiran sumarse a la naturaleza, a la aventura de una soledad acompañada. La parte que transcurre en París, sus escenas de edificios, apartamentos y calles re sabidas hacen de la actuación una dependiente en sí misma.

El final, del que antes hice hincapié, es una escena casi vista momentos atrás, en que Camille baja sorteando rocas hasta el río y donde posteriormente nada. Hay que decir que el valor del final reside en que se trata de un lugar que el espectador conoce especialmente, en este caso, la campiña francesa; la casa de campo, la hierba, los campos extensos, el sonido de las abejas, el río. La persona expectante asimila el lugar, no sin cierta nostalgia de ver las cosas tal cual eran, exceptuando a los personajes, que no permanecieron. Ante la soledad de Camille, la persona intuye sus pensamientos, el valor del espacio físico que vuelve a pisar, ahora sin Sullivan. A estos momentos el espectador sabe que ha transcurrido el tiempo, está convencido de que Camille no se desviste junto al río con la velocidad o el entusiasmo de antes, como cuando lo hizo en compañía de "su amor de juventud". Sabe el que ve la película que ella se acerca al agua como en honor y rememoranza de algo que hace tiempo perdió, tal vez convenciéndose tristemente de que todo lo que recuerda se apoya en ese río.

No sobre la marcha quise mencionar el valor de los espacios físicos frente al paso del tiempo, puesto que creo dan toda la fuerza al final. Es de ver  que en lo pasajero, en el momento en que dos personas se dan un beso o se toman de las manos o se abrazan; en el momento preciso en que se produce una emoción, hay un lugar físico que se pisa con simultaneidad. Es decir, hay una superficie que permite los acontecimientos. Es imprescindible tanto el tiempo como el espacio para llevarse a cabo una acción, está claro. Suponiendo que la acción fuese un beso, tendrían las personas involucradas que coincidir en un momento específico y estar pisando el mismo espacio, el mismo parque, estar, digamos, sentados en la misma banca para que los labios de ambos pudiesen eventualmente tocarse.

Lo interesante, lo que quiero subrayar, es la permanencia estoica del espacio. Decir que el tiempo es escurridizo, que los momentos son caducos o venideros, nunca presentes, porque el presente se consume sobre su propia marcha. Decir que las memorias, los besos que dimos, los abrazos y todo, ya no pertenecen a nada puesto que ni el tiempo ni la acción se apoyan en terreno sólido. En cuanto al hombre, sabiéndose cambiante, aventurero, impredecible, locuaz, apasionado es difícil que permanezca. La superficie en que descansa es permeable y apenas más duradera que cada uno de los momentos que lo conforman. Nos queda pensar, pues, que los ríos son ríos, que los mares han sido mares, que los árboles, árboles, y los parques, parques. Más tiempo han permanecido y más constantes han sido que el hombre. Por eso lo hiriente, lo despiadado de vernos al tiempo más viejos, sin la gente de antes y en contraste inevitable con los árboles o las bancas del parque que ni empiezan a corroerse y que en cambio, nos vieron corroernos.

Por eso el valor y la fuerza de  cuando Camille vuelve a la casa de campo y entra nuevamente en sus cuartos;  cuando abre las ventanas, cuando ve hacia fuera y nota el sol sobre la hierba, el soplido incansable del viento; cuando baja sorteando las pierdas y se desviste y nada en el río y advierte que los únicos que no permanecieron, ya hacia el final, fueron ellos.







martes, 3 de junio de 2014

Manuela




Hoy que dejar la puerta corrediza del balcón abierta no garantiza la entrada de  Manuela, es mejor cerrarla. Cerrarla y bajar las persianas.  Hacerse una buena carne después de ducharse y leer a sorbos los cuentos de Maupassant. A veces no leer sino solamente buscar en la tele lo que sea que entretenga, y tomar despacio una, dos cervezas. Finalmente dormir más temprano, aunque sin conciliar el sueño. ||Sólo estar. ||

Desde que decidí dejar de fumar, fumo considerablemente menos. Creo que dos cigarrillos diarios, habiendo días en que sólo enciendo uno.Ya no es el balcón excusa suficiente para el tabaco, ni siquiera la silla o las vistas nocturnas; tampoco las novelas a la intemperie. Las madrugadas verdes ya no tientan más las salidas abrigadas ni obligan al descorche del vino. Mi apartamento en sí no tiene la importancia de antes. Hoy encuentro más valor en los espacios públicos, hoy me contento de ver en los parques las cien Manuelas  posibles del día con sus perros, sus novios, sus picnics, sus hijos; algunas sin nada más que las ganas de pisar el parque.


Casi me había olvidado de Manuela la vez que la encontré de espaldas a mí, en el viejo  Des Plants. Casi había olvidado que mis salidas al parque eran ella, a sabiendas que el espacio público aumentaba estadísticamente la posibilidad de verla. No quise tocar su hombro y esperar a que volteara. A pesar de que la tuve a escasos metros, no quise hablarle por detrás del pelo y sentirla inmóvil frente a mi. No quise olerla ni respirar su aliento, aun recordando tembloroso sus ojos grandes y la proximidad exagerada que adoptaba al hablarme. No quise preguntar por el gato negro que acariciaba distraída, ni contemplar de cerca sus ojos amarillos. Permanecí en la banca en que estaba sin poder regresar al "Mil y una noches"  que tenía abierto por la mitad. La contemplé, en cambio, durante horas.

Nadie se movió. Ella en su banca, yo en la mía, compartiendo sin consentimiento mutuo el mismo espacio, la misma tarde europea, el mismo sol que reculaba metódico. Cuando el aire se hizo evidente y el viento chocó bullicioso contra las hojas; cuando el sol se volvió un  yogourt rosado y las familias  empezaron a desarmar sus picnics, apareció la persona encargada del parque como un señorcito a la distancia. Tocó de tres a cuatro veces lo que supuse una campana de mano, y a los dos minutos habían desaparecido todos. Qué lejos quedaba la entrada.

Distinguí al momento de quedarnos solos el inconfundible chirriar de los hierros, el parque había cerrado sus puertas de acero forjado con nosotros dentro. No me inmuté y apenas pensé en las consecuencias de las vallas tan altas,  de sus picos afilados, del frío incipiente. Manuela parecía no importarle, y en cambio, ahora que se sabía encerrada, se sentó  hacia el borde de la banca, apoyando la cabeza contra el respaldo y cruzándose de brazos. Desde mi banca vi como el viento levantaba su fleco y descomponía inútilmente el orden de un pelo rubio incorruptible.

No sé en que momento imité su postura o al menos me acomodé, pero transcurridos algunos minutos de oír el viento atravesar los árboles, de contemplarla hasta perder el detalle de sus hombros en la oscuridad, de saberla allí conmigo, sucumbí al más profundo de los sueños. Cuando desperté de frío, sin idea del tiempo transcurrido hasta ese momento, palpé mi rostro hasta retomar conciencia de la banca en que estaba. Entonces sentí un calor como soplido endeble que subía por mi espina dorsal. Advertí, a ojos ya acostumbrados a la penumbra, que Manuela no estaba allí, tampoco el gato. Me contuve de levantarme y buscar alguna salida inmediata. En cambio, permanecí en la banca y encendí un cigarro. Lo fumé de a poco, reteniendo el humo hasta soltarlo en pequeñas nubes,  sabiendo  además que Manuela me contemplaba desde los árboles. Arrojé la colilla y encendí otro. Dejé Las Mil y Una Noches sobre la banca y caminé con los brazos detrás de la espalda, como aparentando un paseo habitual. Caminé hasta recorrer los senderos que serpenteaban entre los árboles del parque. El humo del cigarro suspenso en mis labios irritaba por ratos mis ojos. Cuando la braza estuvo por tocar el filtro y hube recorrido la mitad del camino, me arranqué la colilla de la boca y articulé recio, gritando casi-¡Manuela, salí ahorita mismo de donde estés!-. El silencio se acentuó más y permanecí inmóvil en el lugar del grito. Se me ocurrió pensar con la vista fija en la colilla, que había vuelto a fumar.

Volvió a mandar el soplido del viento, las hojas como serpientes bulliciosas y las ramas que se mecían fácilmente. Caminé hasta el farol de la entrada, había una garita iluminada por una trémula luz amarilla. Por la ventana sin siluetas y el candado en la puerta supe que no había nadie. Decidí emprender el camino de vuelta. A medio recorrido, al lado derecho del sendero, escuché como si algo hubiese caído sobre la hierba: el crujido, el quebrar de las cañas. Otra vez me detuve, inmóvil, sintiendo un hormigueo en el cuero cabelludo. El sonido del bosquecito adoptaba más elementos, ahora los grillos, ahora el silbido del viento sorteando los árboles. Acto inmediato a la parálisis física, a la tensión de unos ojos que buscaban tranquilidad en lo culpable, me aproximé a donde sabía había caído el objeto. Cuando hube llegado al lugar a pasos amortiguados, advertí un pedazo del pasto hundido donde se hacía evidente la presencia de un aimal o cosa, de un peso. ¡Cuál fue mi sorpresa cuando echando a un lado la hierba y habiendo chispeado mi encendedor sobre el objeto, vi que se trataba de mis Mil y Una Noches!.

No la vi más. He de decir que la noche del parque fue la última vez. Y ni siquiera haberla visto, su cara, digo. Ni siquiera haberle hablado: un "¿Cómo estás?" /  un "Cuánto tiempo", digo.  Ni siquiera eso. Desde entonces dejo la puerta corrediza del balcón abierta, aunque sólo entren gatos vecinos que se regalan a si mismos con leche, con toques detrás de la oreja, con pruebas ínfimas de amor interesado. Y las persianas siempre arriba, por si Manuela quiere verme dormir, aunque no entre ni se haga un café en la cocina y sólo me vea desde el cristal. Vuelven los cigarros en fila, el sueño postergado, las novelas a la intemperie. Vuelve sobre el balcón el mismo gato que quise creer que acariciaba  en la banca. Creo que el mismo, sus ojos amarillos y todo, fijos y sin perder detalle de mi. Pero no la vi más. He de decir que la noche del parque fue la última. Y ni siquiera haberla visto; en vida, digo.



lunes, 2 de junio de 2014

Siéntese, veámonos. Obliguémonos



Imagíneme en aquella silla plástica del balcón. ||Tómese un tiempo.||

Si acaso pudiera verme, tal vez cerrando fuerte los ojos, tal vez perdiéndolos en lo que sea que encuentre, hasta que el objeto mismo se desenfoque, entonces creo que no sólo vería la silla aguantándome. La imagen traería consigo la otra silla, de donde usted me mira. Y traería un suave viento francés:  tenue, tenue, aunque suficiente como para desordenar sus cabellos y soltar al continente el olor de su shampoo. Traería la noche desabrigada, y el cielo azul marino, medio estrellado. Una luna brillante en descenso a medida que hablamos y acerco las palabras a su boca; a medida que enciendo un cigarrillo, dos, tres, hasta cuatro; a medida que lleno su copa de vino por la mitad.

Y son sus ojos, creo, el ápice de luna en reflejo que detiene mi contemplación celar. Sus manitas de rubia indecisa que se aferran al vino en espera de probar mis manos. Sus labios inhóspitos que exhalan relamidos un vaho de alcohol. Y la noche nos alberga inmutable, sin titilar de frío, sin temblar siquiera, como usted y yo, que ya pensamos en el beso.