lunes, 16 de marzo de 2020

De cómo acostumbrarse a los lugares que vas a dejar. TODO Huehuetenango.




Entonces vas conociendo sastrerías, tiendas de herramientas, peluquerías de 30 quetzales, una chica que se llama monse y un lugar para comprar cervezas después de la 1, que es ley seca en este país. Guardas números de teléfono  de gente nueva, que no  existía hasta hace apenas dos semanas, cuando cambiaron números en alguna parte borrosa de la ciudad. Recibís llamadas llenas de risas a las 2 de la mañana. Chicas que no dicen su nombre, pero que tienen uno bonito  (tal vez pame o cary o  luna) y ahí están sus voces detrás del número que empieza por 7, que es inequívocamente un número de Huehuetenango, aunque ellas ni siquiera lo sepan. Una llamada idiota para vos a esa hora de la noche, dani, que decís mil veces ¿aló? ¿aló? ¿Aló, aló? y del otro lado solo llega el sonido de las dos chicas desconocidas que se ríen en una habitación pequeña de Huehuetenango, diciendo cosas sucias por el eco de las paredes llenas de humedad. Desde el colegio que no me pasa esto, pienso, y qué fácil resulta oír la voz de alguien querido en un teléfono. Basta con marcar un número apuntado en alguna parte para escuchar una voz preciosa ocurriendo en tiempo real, aunque hayan años de alejamiento en el medio, odio y carretadas enteras de orgullo. Una voz aparece la mayoría de veces en un teléfono.

Aquí también hay mujeres que se llaman maría fernanda y les dicen mafer, como las cientos de miles que hay en ciudad de guatemala, como las gabbies o majos, que tienen formas delicadas y positivas de ver el mundo en un  café de moda de la ciudad, de creer ciegamente en la rehabilitación de un joven adicto al pegamento que han visto cientos de veces por la ventana del carro, fumando cigarrillos mentolados de tienda o sacándose los mocos frente a los carros que esperan el semáforo en rojo. También hay uno de esos en Huehuetenango, un niño lustrador de zapatos con el desarrollo cognitivo de un hámster, (por el hambre y la desnutrición infantil que lo tostó, luego el pegamento que lleva en una pequeña bolsa del pantalón que le he visto sacar alguna vez). Entra sin hacer ruido a la Defensa Pública Penal a lustrar mis zapatos cafés por dos quetzales, cuando hay pocos usuarios y me quedo cubriendo el turno de la hora de almuerzo. Trato de hablarle y solo dice ¿¡ah?! ¡¿ah?! ¿AH? Y abre la boca llena de saliva blanca,  pastosa, y veo desde arriba el chicle rosado que mastica, flotando en esa espuma asquerosa de estómago vacío que tiene, donde quedan las huellas dispersas de sus muelas. Me fijo en sus manitas negras.  Están cubiertas de verrugas por los químicos que usa y ni siquiera creo poder adivinar lo que piensa. Mira como los perros  de la calle, pienso. Esa es la mirada gruesa y estúpida que tiene un perro al concentrarse en algo pequeño: un trozo de pan en el suelo,  una gota espesa de tinta que cae en la punta de mi zapato café. 

Todo lo que escribo lo conozco de sobra ¡te lo juro, amiga de muchísimo tiempo, cariño mío, amor de una vez! La gente es buena y mala al mismo tiempo, igual que en todas las partes en las que he dejado un pedazo de mi vida. Montpellier, Cobán, Orlando. No importa. Nada más queda responderme a mí la misma pregunta con honestidad ¿soy bueno o soy malo? ¿Dani sos bueno o sos malo?, como le decía a mi papá de pequeño en aquel jardín enorme de Retalhuleu. Serías, ahora mismo, dani, acaso algo bueno para alguien, o algo malo? Alguien que estè allí afuera,  digamos, a punto de conocerte. Mañana en las PP, por ejemplo. Mañana en la universidad, por ejemplo. Mañana en mi propia despedida, por ejemplo. ¿Has sido bueno para alguien? Ni siquiera vas a saberlo.

Fuimos a la cárcel para varones de Huehuetenango con el licenciado Regio, un abogado alcohólico de la Defena Pública Penal. Yo mismo entré a hacer las entrevistas mientras él esperaba reclinado en el asiento del carro. 9 expedientes y el pasillo olía a calcetines mojados, agua sucia para trapear y pescado rancio. Casi vomito, me aflojé la corbata  y metí la nariz entre el cuello de la camisa, hasta sentir el aroma del desodorante nivelàndolo todo. Me apoyé en las paredes viejas del pasillo para tranquilizarme, respirar hondo, después seguí mi camino hacia las celdas hacinadas, donde el hedor se hizo tan insoportable que ya ni siquiera me daba asco. Me detuve junto a las manos morenas que salían de los barrotes y empecé a llamar los nombres de los reos que aparecían en la lista, uno por uno. Pronto fueron apareciendo frente a mí, sin camiseta (pezones morados con tres pelos, shorts deportivos y chanclas de plástico). Tenían muchas preguntas que hacerme, y yo tenía toda la tarde para darles respuestas. El olor a pelo sucio, mal aliento y pies descalzos se quedó oliendo en mi traje hasta poco después de las cuatro.

"Uno deja de pensar en sí mismo", me dijo un preso del preventivo, el número 4 de la lista. "Ya estuve libre una vez, le cuento, después de 10 años que hice en otro centro penitenciario. (Ellos aprenden a decir esas palabras:  centro penitenciario, centro de confinamiento, centro de reclusión, centro de cumplimiento de condena). Después me volvieron a agarrar y me cayeron 8, Licenciado. Me quedan 4 todavía. Tengo 32 y estoy hecho polvo, míreme. Me enseñó su cabeza calva y los dientes incompletos, una dentadura postiza demasiado blanca para ser de él en la parte de abajo. Pero ni siquiera sé cómo me siento.  Me olvido de que afuera ocurren cosas a toda velocidad. Que ahora mismo, mientras le hablo, por ejemplo,  mi mujer le prepara el almuerzo a alguien más, que llega cansada por la tarde, que trabaja en un banco o en un supermercado, con un uniforme de esos Licenciado, de esos bonitos con chaleco, pañuelo y pantalones oscuros,   y que ese pipirrín que tiene ahora de novio la maltrata al llegar a la casa, y después igual se la mete de perrito -se mordió el labio de tristeza y pensé que se le iba a caer la dentadura postiza sobre mis zapatos formales, me imaginé un hilo asqueroso de saliva saliendo de su boca aguada de calcetín, que trataría de absorberlo de vuelta-. Hace años que pienso en ella, Licenciado, para qué me voy a hacer el marchito con usted. Pienso que ella ya no piensa en mí y esas cosas horribles que hacen daño en el estómago, ¿sabe, Licenciado? como que ya no quiere hacerme el amor. Ya no le preocupa que yo pueda hacer algo importante, solo imagínese eso!, Ha perdido la fe en mí, en mi futuro, en todo lo que pude hacer y hasta en mi propia libertad!, cosas tan importantes en la vida de un hombre, Licenciado, como es LA LIBERTAD, aún cuando hace apenas unos años se moría de la vergüenza si no me satisfacía bien, si creía que me había ido a dormir molesto con ella o si no me gustaba la comida que hacía. -

Jaló mocos por la nariz y escupió con mucha precisión sobre una reposadera pequeña de metal- Yo ya perdí la oportunidad de gustarle. Adiós, bye,  licenciado, como dicen los patojos, adiós a esa mujer que cuando era libre me quiso y que siempre intentó quedar bien conmigo, de hacerle sentir o simplemente comunicarle algo. Incluso hacerle ver lo jodido que estoy ahora es algo que ya no puedo, mi Lic. ¡Algo tan simple como eso, Licenciado!  provocarle lástima, provocarle asco, enojarla.   Ya no tengo tiempo de conocer alguien más, como se puede dar cuenta -el preso se giraba para dejarme ver el patio de la cárcel-,  ya no puedo gustarle a nadie. Vea Licenciado: (el preso me acercó la cara hasta que pude sentir el hedor de su pelo y su barba rala) : los reos no conocemos gente nueva, Licenciado, nos quedamos encerrados con los nombres del pasado, mi Lic.  !Ayúdeme a salir antes, licenciado! Se lo ruego por Dios, que todo lo concede.  

// Claro que sí, mi estimado, claro que sí, no se preocupe (leo su nombre en la lista de papel impreso. Rompich), no se preocupe, Rompich lo voy  a sacar de esta. Lo tengo todo planeado.

Tengo todo el Cambote para mí solo, todo el lodo en las botas y unas ganas tremendas de  acostarme en la palangana. Bajo la compuerta y solo me acuesto ahí, en el duraliner. Mis amigos se acaban de ir y me quedé solo en medio de todos los terrenos baldíos del Cambote, hasta que amanezca. Ha llovido en exceso esta  semana y hay charcos gigantes que ensucian mi pickup hasta la ventana. Voy a acostarme aquí mismo e intentaré hacer una lista mental de las personas más importantes de mi vida, como hacen los reos por las noches, al apagarse la luz celeste del corredor. Una lista de las personas que tuve suerte de conocer, voy a decir sus nombres y todo, en voz alta, pero los diré solo una vez, hasta empezar a sentir que me duele decirlos.  Trataré de recordar conversaciones que tuvimos, sin inventarme nada, la voz que tenían, las formas de mover un vaso en la mano, la boca y los codos y las piernas adentro de un pantalón, la manera de levantarse cuando ya tenían que irse. El olor que dejaron al pasar. El olor que dejaron al irse de mi vida.

No quiero hacerlo, al menos no esta noche, pero estoy seguro que acabaré por llamar a números viejos de teléfono para ver si pasa algo, igual que esas niñas que llaman a mi celular a las dos de la mañana, solo para comprobar si aún queda una voz reconocible en el teléfono, algo querible al fondo de una línea telefónica. Personas que no saben que estoy llamando, que soy yo, dani, acostado en la palangana de un pickup en Huehuetenango, pensando en ellas de madrugada y en sus caras de hace años, porque nunca ocurre nada más que lo que se piensa, las cosas que ya hemos visto, eso es todo. Lo que hay. No diré una palabra en el teléfono, lo juro por Dios, solo oiré la voz una, dos veces, tres veces  diciendo aló, hasta que me duela el estómago y cuelguen y pueda recordar algo concreto sobre ellas. Entonces  sí, quedaré otra vez  en silencio, solo, acostado en la palangana del pickup en mitad del Cambote. ¿Cuánto tiempo más permaneceré aquí, haciéndome daño? A quién le importa. Me quedo hasta que empiece a llover sobre mi cara. 

Huehuetenango tiene un aeropuerto pequeño desde el que despegan aviones pequeños de hélice y desde el que se mira en todo el rededor la zona de prostíbulos y autohoteles del lugar, que es una parte silenciosa y oscura de la zona 8. Ahí, cruzando la calle, están las PP (“Picositas Place”), un sitio para beber cerveza y encontrarse con gente conocida, alcohólicos jóvenes de esta ciudad que todavía no saben que son alcohólicos. Huehuetenango termina esta noche para mí, justo donde había empezado, cuando entre a ocupar una mesa de madera y después de un par de tragos alguien en la barra se acerque para decirme que el lugar ha cerrado  por la hora y tenga que salir de ahí para siempre.  Mi auto estará del otro lado, frente a la malla del aeródromo vacío, sobre el suelo irregular de tierra. No habrá vuelos a Ciudad de Guatemala  hasta las diez de la mañana. No habrá despedida.

"Mire, yo ya vi cómo lo hacen los abogados con los presos que no pueden pagar un abogado particular -seguía diciéndome el preso-. Los saludan sin darles la mano, solo el puño, después les piden una firma sobre la boleta de entrevistas obligatorias del Instituto (utilizando un bolígrafo prestado, nunca el de ellos, por asco de que toquen sus cosas). Dicen que los reos nunca se lavan las manos después de hacer el 2 porque no hay lavamanos ni botes de jabón líquido en el baño, se la agarran frente al mingitorio, se sientan a cagar y después le quieren dar la mano a uno), después se relajan perdiendo el tiempo en cualquier cosa. Los reos quieren saber más de sus procesos pero los abogados no saben nada de cómo van sus procesos, así que solo les mienten, “mirá, Capulina... vos sabes mejor que nadie cómo va la cosa por estos lados... no te estoy contando nada nuevo, no te estoy hablando pajas. Ni mierda nuevo Capulina, a lo macho. (Se rascan la cabeza y ponen cara de estar agobiados). Por lo menos un año más para tu próxima audiencia, Capulina, por lo menos un año para vos si nos va bien. Tenes que aguantar, padre, como varón, solo dale un año más al proceso. (El capulina insiste que tiene que haber noticias de su proceso, ha pasado tanto tiempo desde que no escucha nada al respecto y cree que su causa está engavetada). Ni siquiera tenemos fecha, vos capulina, ya llamamos al juzgado pero los hijos de puta ni siquiera notifican”. Los abogados buscan algo entretenido que ver en la cárcel, para conversar o solo mirar, patean el suelo, unas piedras pómez, una lata de refresco,  recuestan su saco en una columna amarilla de block. No es hora de visitas y afuera, en la reja de la Granja Modelo de Rehabilitación Cantel, no pasa nada.

-¿Vos capulina cuántos años tenes ya?

-¿Vos capulina qué putas haces en el día? ¿Te pajeas la verga?

-¿Vos capulina hace cuánto que no ves de cerca a una mujer? Decime la verdad, Capulina. Entre las patas. Verle el... (y hace un triángulo con las manos). ¿Es cierto que la semana pasada se tiraron verga por una señora delgada que vino a buscar  al doncito del pabellón 4? Alguien que conocía al Pelón y al Hieloco y a toda esa banda. 

Los presos contestan a las preguntas de los abogados con rodeos que abarcan todo el día. Los abogados tienen también todo el día para gastar, mejor eso que cubrir audiencias, me lo dijeron varias veces allí.  

-Dani, hay un preso en la lista que conoce a Roberto Molina Osborne- me dice el Licenciado Regio después de sellar unos formularios de entrevistas y pases de salida. El mismo Licenciado Regio que me ha escuchado cientos de  veces contar la historia de Molina Osborne en la Defensa Pública Penal, sabe que me sé de memoria cada detalle del caso. -¿Querés que vayamos a verlo?

-Robi, le dicen acá, ese es buena onda- interviene el Capulina con voz de abejorro. Pero no van a poder verlo. Está aislado desde agosto. Tuvo clavos con el Moco y el Mascado. -
El Capulina sigue hablando sin ver a nadie, sus ojos puestos en los crocs genéricos de goma que lleva puestos:
-Robi nos echa una mano a todos para navidad. Nos regala ponchos y mierdas. Pasta de dientes, calzoncillos, gorros, pantalones. Mierdas.
-¿Dónde está? - Pregunto con la voz alterada, los abogados me observan en silencio, divertidos. Aprieto los puños.
-En el pabellón 6 - dice el Capulina bostezando con su boca sin dientes, y el estómago se me contrae del espanto. 

He oído y leído tanto de ese caso, incluso historias contadas por sus propios familiares en una mesa pequeña del Club Tenis de Quetzaltenango. Molina Osborne, el señor de Xela que apuñaló a sus padres en una casa apacible de la Floresta. Voy al pabellón 6 y solo hay una pared azul que me separa de su celda, la puerta de seguridad está cerrada pero estoy inmediatamente afuera, respiramos el mismo aire frío de Cantel por un momento. Robi y yo, a pocos metros. Tal vez escuche mis zapatos revolviendo el suelo de grava,  mi respiración y mis manos en el candado de la puerta, pero eso nunca voy a saberlo.  Puedo sentir que da pasos cortos adentro de su celda, que se acerca y se detiene justo en la pared de Block que nos separa, pero nunca vamos a vernos.  Descansa en paz, Robi de quetzaltenango y encuentra de nuevo a tus padres para abrazarlos.

Vuelvo adonde están los abogados y el preso  que no ha dejado de hablar. Es hora de almuerzo y algunos abogados bostezan con los ojos llorosos. Vamos a hartar algo muchá, dice Lindoga, y todos empiezan a arreglar sus cosas para irse. El Capulina no quiere que nadie se vaya.

-Cumplí la condena de punta a punta, 10 años capitán, Licenciado Lindoga. -dice- 20 para hacer 10. Después 6 para hacer 3. Y así hasta hacer cero. Primero Dios para hacer cero el próximo año... ¿Le digo algo, Capitán? Me cago del miedo.

¿Capulina te acordás que yo mismo te regalé una caja de lustre en el 99? Dice el abogado cruzándose de brazos en su saco pequeño de Emporium, separándose de la columna polvorienta del penal cuando detiene en seco al Capulina en lo que dice, es el abogado Lindoga el que habla, y sonríe burlón. (El preso se mira las dos manos, sus ojos repletos de agua cuando dice que sí se acuerda de esa cajita de lustre que le regaló Lindoga. Que tenía 19 años cuando le hizo aquel regalo). El abogado se ríe. Lindoga enseña los dientes afilados que tiene. 

-¿Capulina -sonrié por última vez- qué putas hiciste con tu vida? 













miércoles, 11 de marzo de 2020

A un Pickup Blanco. Parte 1. (Menos de 5 mil kilómetros). Tus pies en la sopa de frijoles del pacífico.



Los asientos olían todavía a nuevo (la sala de ventas de la agencia Excel Automotriz de bulevar Liberación) cuando estuvo allí conmigo, Lish, y los plásticos brillantes del salpicadero, y las alfombrillas limpias de hule y la tapicería suave de tela. Cuando pasé por ella el mismo día que le dije que no tenía nada que hacer, ni dinero para viajar pero que de todas maneras lo hiciéramos, que  fuéramos al puerto esa misma tarde, que no pensaba en otra cosa que no fuera pasar esa noche con ella en el mar, metido en algún hotelito sencillo de San José. No me importaba nada –se lo dije - me pela la verga todo, Lish, lo sabes bien- solo quiero estar allá contigo. Hoy. Contigo. Quiero estar contigo en el mar. 

La recuerdo escuchándome en el teléfono, respirando en silencio desde su casa mientras pensaba. Después su voz delicada entrando por mi oreja: ¿Ahora decís? ¿Como ahorita, dani?! ¿Ahorita mismo?! ¿Ahorita ahorita? 
-Sí, ahorita, lo que tarde en subir a tu casa-. 

-¡Híjole! -decía- ¿Qué llevo?- y esa era su voz nerviosa después de la risa- 
-Nada, una calzoneta, un cepillo de dientes, nada. Estoy lista en 20, ¿va? (aunque fue casi una hora lo que tardó en alistar sus cosas. (Recuerdo la bolsa blanca de viaje y todavía sonrío, la toalla, unos botes altos de crema, las esquinas de la ropa bien doblada, como en una tienda de moda). ¿Tú no llevas mochila, dani? Me dijo preocupada al subir al carro, echando un vistazo al asiento trasero del pickup, donde no había nada. Sonreí para ella y le di un beso en la cabeza que la hizo cerrar los ojos. ¿Por qué nunca llevas nada, dani? Dijo suavemente, desde un sueño frágil, como fingido. -Si es que se puede saber-. Le di otro beso en medio del pelo, del olor penetrante del  acondicionador. -No se puede saber Ligg. Hay cosas que solo no se pueden saber.
 
En dos horas íbamos a estar bajo la lámina hirviendo de la última tienda de la carretera a Chulamar, de pie en un pasillo minúsculo de cemento, comprando una caja de cerveza Modelo y cigarrillos Marlboro y dos bolsas grandes de hielo, en la última hora de esa tarde  anaranjada que nos hizo sobre el auto y su pelo claro y mis brazos calientes. Sensaciones de la costa que aún no puedo olvidar.


                                                                         *
el viaje.




Desde que pasé por ella a su casa estuvo viéndome fumar desde el asiento de copiloto del pickup, atrapados en el tráfico lento de Aguilar Batres mientras me hablaba de lo rápido que podía pasar todo: Una vida,  dijo, y estaba hablando de la suya, aunque le diera pánico decírmelo, admitir que su vida se había ido tan rápido que ni siquiera se dio cuenta. "El tiempo pasó frente a mis propios ojos, Dani, como quien dice; un truco de magia tonto que te hacen de cerca, en una piñata, al que pones mucha atención para descubrir la trampa y reírte del mago, un pobre hombre sencillo de chumpa de cuero artificial, de los que van cabal a las piñatas! Pero luego igual no entiendes nada. No fuiste capaz de descubrir el engaño. La función termina y te alejas confundida. Sabes que no puede ser, la magia no existe, pero igual tus ojos la vieron ¿Qué puercas?!


Hablaba de todas esas cosas en el pickup blanco, pero estaba excitada como no lo había estado en años. Solo éramos ella, yo, una hielera que todavía conservo en la parte de atrás  y mi auto apuntando hacia el sur: la búsqueda aleatoria de algún hotel descuidado a la orilla del mar. No podíamos estar mejor, pensaba, era el 2016 y no podíamos estar mejor. Tenía el pecho lleno de rabia y ganas de vivir, fumar y emborracharme junto a mujeres como ella, aún después de haber tenido tanto en España seguía habiendo más adelante: íbamos en ruta hacia algo que pronto sería importante, hacia una nueva historia, solo hacía falta ver cómo era.  Por eso en el carro me reía de escuchar todo eso del tiempo que había pasado frente a sus ojos como un truco rápido de magia, que para mí todavía no era posible, que una persona pudiera deprimirse y esas cosas. Sentirse triste, estar arruinada cuando se es  tan hermosa, cuando todavía es capaz de provocarme algo tan fuerte en el estómago como lo que Lish me provocó aquel año.

-Un día tuve tu edad – me explicó en el carro- y un novio que vivía con sus papás e iba a la universidad en un Camaro rojo que hacía demasiado ruido al pasar por los edificios, y al otro día todo eso ya no estaba,  Dani, había desaparecido para mí, así, forever. Un día sos presumida, vanidosa, hasta provocadora, te sentís lo máximo, dani, estás metida en una fiesta y las personas de tu edad te miran, te quieren platicar, te quieren besar, te quieren llevar a sus casas para que te conozcan sus papás, te quieren allí con ellos, bebiendo algo de un vaso transparente, fumando cigarros como loca, bailando estúpidamente las canciones de moda, sos parte de algo bueno y ridículamente  alegre, solo que no sabes qué es, nadie sabe qué es,  solo que es muy bueno y esas cosas,  y después no hay nada.  Después dejas de ser algo querible para los  demás, igual que ellos dejan de serlo, aunque las ganas sigan ahí, detenidas en los veinte años (mentalmente nunca te alejas de ese punto para ti, dani, te lo juro por Dios, acordate siempre de esto que te estoy diciendo). Después todos estamos en un sitio que no queremos estar porque así funcionan las cosas, mi dani lindo. Un sábado que no haces nada te das cuenta que estás deprimida viendo la tele en pijama, te has divorciado y estás  peleando el dinero  de una pensión alimenticia en un juzgado de familia de  la ciudad, ¡peleando por plata, dani, por dinero! con la cara roja de la vergüenza, metida detrás de tu abogado como una niña interesada en el pisto de su papá, haciendo berrinche por zopilotearle algo a su ex marido, pagando honorarios altísimos de abogados ojerosos y  desconfiados: bolos pisteros asquerosos, Dani, te  juro, construyendo heridas profundas que –lo sabes bien desde el principio que empiezas a ver el problema- nunca se irán. -Lish me tomaba del brazo con fuerza y me miraba a los ojos para ver que no le fuera a mentir:- Dani prométeme que nunca vas a ser de esos abogados malos. Prometémelo Dani,   porfa. Solo decilo. Sos tan inteligente que no quiero que nunca le hagas daño a nadie.

Le ofrecí inútilmente un cigarro, como siempre lo hacía en esos casos. Siempre creí que se moría de ganas de fumar un cigarro conmigo, al menos en medio de una conversación como esa, pero nunca lo hizo. Ponía sus ojos grandes en el paquete abierto, en los filtros anaranjados de Marlboro,  y luego sonreía. Sos el diablo, dani lindo, decía, y tocaba mi cara sin barba. ¿Sabías eso? Sos el diablo mi Dani precioso".  

Yo sabía bien que ella estaba aterrada de envejecer, por eso no fumaba, aunque tuviera las manos delgadas de una fumadora de muchos años. Había tanto que  ella habría querido hacer, pienso ahora, solo que ya no podía volver en el tiempo, como dicen las personas más tristes, regalarse a los excesos del pasado para siempre.







-Dirías, Lish… –le dije- y me detuve a dar dos caladas largas al cigarro porque no sabía bien lo que iba a preguntarle, bajé un poco más la ventana y escupí hacia la calle.-¿dirías ligg... que te arrepentís de la forma en que viviste tu vida? de cómo hiciste todo?

Soplé el humo por la ventana abierta, hacia el sonido de camiones y vendedores ambulantes. Toda esa gente pobre de las banquetas de Aguilar Batres. Sus caras apaleadas por la tarde, el pelo grasoso bajo las gorras viejas de colores, los tímpanos estallados por el ruido de los motores diésel.

Lish se vio las manos sobre las mías en la palanca de velocidades del pickup. Después me vio otra vez a los ojos, Mierda: esos ojos enormes y suplicantes que tenía.

-¿Tú le has hecho daño a alguien, dani?-dijo antes de responderme la pregunta-. Porque yo sí he lastimado a más gente de la que quería. –Se mordió el labio inferior, negó con su cabeza rubia varias veces hasta que pensé que iba a llorar. -A mis propios hijos, dani, que no estaban cuando yo tenía tu edad, (y me dijo todos los nombres de sus hijos), a las personas que siempre esperaron volverme a ver de pequeña, al menos una vez más, mi dani, lo que fui de niña, porque no les gusté nada de adulta ¡ay dani!... -se llevaba la mano a la frente- ¡cada una de mis equivocaciones sabes! cuando me casé y me di cuenta que estaba jodida por dentro y por todos lados y qué? nadie mira lo que pasa adentro de una casa ¿Sabes lo que te digo? perder la ilusión de seguir adelante. Que te cueste salir de la cama porque el lugar donde te metiste es una mierda, un atolladero y guácala, todo lo que te ponen enfrente te deprime.
 
Pensé en prender la radio y darle un beso hasta que los autos de atrás nos cocieran a bocinazos. Bajarme del carro a ofrecer una paliza solo porque sí, a cualquier desconocido que estuviera bocinando. No me importaba nada, solo podía conmoverme ella, lo guapa que era y lo injusto de sus quejas. Afuera del carro empujaban a un niño gordo sin piernas en una silla de ruedas y no dije nada.  Tenía un cartel de cartón pidiendo ayuda y no dije nada. Solo escuché de nuevo la voz preciosa de ligg en el interior del carro, respiré su aliento de manzana. Eso era todo lo que importaba.

-Las cosas se acaban, dani, es lo que intento decirte,  los días en los que piensas siempre llegan. Siempre llegan, dani, todo lo que has esperado. Pero tú estás muy chavito para saberlo. No has  empezado todavía esto que te digo. No has visto nada, ni conoces el dolor, y cuando lo conozcas ya habrás vivido tu vida. Estarás de salida, muy triste para intentar salvarte.

La miré y quise besarle de nuevo los ojos, el cuello rociado con perfume dulzón de señora, su boca desde un lado, hasta sentir la saliva cubriendo mis labios. Decirle que yo la perdonaba de todo lo que había hecho mal, que no era su culpa, sino la culpa del desgaste del tiempo, de otras personas que la convencieron de equivocarse junto con ellos. Se trata de engañar o ser engañado, Lish preciosa, no hay de otra, arruinas o te arruinan, ¡y hay gente tan hábil para eso! Yo, de todas maneras, te regalo mi vida, si eso queres. Mi juventud a cambio de nada, de tus ojos grandes llenos de agua. Te regalo mis mejores años a cambio de verte correr en la playa.

-Sos un ishto guapo, pero solo eso -me dijo con la voz cansada de todos los finales, empezando a sonreír,  cuando creyó que me estaba aburriendo de su monólogo. Se echó hacia adelante en el asiento largo del pickup para besar mi mano y luego recostó su cabeza en mi hombro. Ahí estaba de nuevo el olor penetrante de su cabello.  Subió el volumen a la radio y avancé con cuidado para no incomodarla al pasar por los baches.

paréntesis
(¿Lish, tú te acordás todavía de esa canción de Habits, de  Tove Lo (Hippie Sabotage Remix) , la que decía oh oh todo el rato? Ya era triste esa canción en el 2016, ¿te acordas? pero ahora lo es mucho más. Muy triste. Este es el día que no puedo escucharla, Lish. Lloro. Te lo juro por Dios. Lloro. La han pasado tantas veces en la radio que me enojo y todo. Hace solo unos días la escuché entera, en el tráfico, y ¿sabes? la sentí en el estómago).
 
Avanzamos despacio hacia un viaje sencillo de carretera que jamás pude ni podré nunca contar bien, ni siquiera hoy que intento describir solo una pequeña parte de lo que pasó, mi mano sobre la suya en el asiento de tela que olía a nuevo. No lo sabíamos entonces, en medio del tráfico sofocante de la salida a la autopista, pero ella iba a escribirme un mensaje de agradecimiento ese mismo fin de semana, al dejarla el domingo de vuelta en su casa, quemada de sol y el pelo más rubio por el agua salada del mar y el cloro de aquella piscina celeste que nos tuvo un buen rato  bajo su endeble luz amarilla, mientras hablábamos hasta tarde de las cosas que fueron importantes para nosotros, palabras que ya no puedo reproducir ni ordenar con honestidad en la cabeza por más que lo intente, encontrar exactamente cuáles fueron y lo que se sentía cuando las escuchaba de su boca. Dijo con su voz frágil que muchas gracias por el viaje y esas cosas que se dicen en mitad del agradecimiento cuando es de verdad. Le dije que estaba bien, que no tenía nada que agradecerme, yo también la había pasado muy bien, y luego me distraje viendo una película guatemalteca que compré a dos cuadras de donde vivía, en un local de películas pirata.

Fue justo antes de quedarme dormido esa madrugada en mi apartamento de zona 16 que llamó a mi celular para soltarme algo más importante que cualquier otra cosa que hubiese escuchado hasta el momento, aunque estuviese medio dormido, de goma y cansado del viaje, lo recuerdo bien. Contesté. -Qué pasó Lish?-

-El fin de semana tuve tu edad, mi dani lindo - dijo de entrada, y al comienzo se reía torpemente, sabiendo que no resistiría mucho más y que en segundos empezaría a llorar. -Mi edad favorita, Dani guapo. Creía que ya no tenía eso -dijo- una edad que quisiera de verdad, pero en el puerto  fui la misma del Camaro rojo y la universidad y las fiestas donde bailaba toda la noche sintiendo la mirada de los hombres en mi cuerpo. -Dani- decía y suspiraba, y lloraba en su lado del teléfono- me diste algo que ya había perdido ¿te das cuenta? algo que solo ya no estaba. ¿Cómo lo hiciste Dani, cómo? Decime! No sé, dani lindo... me siento re tonta diciéndote estas cosas pero qué jodidos, soy tonta y feliz y joven y estoy enamorada ¿Cómo es que algo vuelve a aparecer? Decime ¿Cómo es que algo se muestra después de estar tanto tiempo dormido? - 

Yo no podía decir nada. Me acuerdo que miraba el techo del cuarto en la oscuridad, un pie encima del otro al final de la cama. -No lo sé, lish preciosa. No lo sé.

-Dani me diste lo que más he querido de mí  el fin de semana, ¿sabías eso? ¡yo misma, dani! yo misma en la época más feliz que tuve.-  Tragué saliva y nos quedamos varios minutos en silencio, oyéndonos respirar en la madrugada, mis ojos llenos de lágrimas cuando imaginaba los suyos llorando. 

En verdad solo la había deseado genuinamente, pensé. Todavía esa madrugada la deseaba honestamente y eso era todo lo que sabía: Mis ojos brillando por ella en la penumbra del cuarto. Mucho tiempo después supe que eso es todo lo que puede darse a una persona: Desearla de verdad.

Gracias por regalarme  eso - dijo recuperando algo la voz  en el teléfono- el hotel en que nos quedamos y las familias sencillas que criticamos a la orilla de  la piscina, y los empleados morenos queriendo parecer refinados, Dani, ¡qué risa! diciendo palabras típicas de hotelería como... ¿cómo era Dani lindo? decime! recámara, somier, servicio a la habitación, estadía, recibidor, tina, gorra de ducha, cubertería, etc etc etc etc jajaj me mato de la risa,  sos un caso, Dani lindo. No me voy a olvidar nunca del lobby de ese edificio, te lo juro: la sencillez del hotel, el nombre que nunca supimos, -(Hotel Santa María del Mar, según yo mismo averigüé al regresar años después al mismo lugar, solo para verlo de nuevo y poder recordarla)-, la habitación sin aire acondicionado que escogimos muertos de risa y mi hielera  en medio de la playa negra llena de cerveza y las palmeras y las piedras pintadas de cal y esa noche oscurísima que nos hizo antes de las 11, cuando  corrimos miles de metros antes de voltear jadeantes desde el agua, y vimos las luces pequeñas y temblorosas del Hotel que nos llamaban de vuelta. 

¿Por qué temblaban esas luces, dani lindo, en la distancia? ¿La bruma? ¿Eso era, dani? ¿La distancia y la bruma? Por qué se movían las luces? –-. ¡Dani tú sabes esas cosas! ¡Decime! -Y me empujaba desde el pecho sin camiseta y los pies descalzos  retrocedían sobre la arena hasta mojarse en el mar. Esa noche yo tampoco sabía por qué temblaban las luces. Tampoco sabía que un día ella me iba a hacer mucha falta, que después de todo lo que nos pasó iba a querer regresar como un loco a esa misma noche, a ese mismo hotel sencillo de Chulamar para comprobar que en verdad existía. Volverla a tener esa noche conmigo, aunque solo pasara lo mismo.




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A ti:

Hoy he perdido muchas de esas conversaciones y no  recuerdo ya la mayoría de las cosas que hablamos por teléfono aquel año, Lish, aunque sí recuerdo cuando te hablé en zona 16, en aquel concierto a mi regreso a Guatemala, cuando me atreví a ir donde estabas con tu chaqueta roja de cuero y  te dije que me llamaba daniel, daniel sin edad. Apestaba a cerveza y cigarros Rubios pero aún así te  convencí de tomar un café en Muxbal la semana siguiente, cuando estuviera en mejores condiciones y pudiera hablar con propiedad.,  Tomamos un café porque te insistí mucho por teléfono, porque te dije todas las ganas que tenía de volver a verte . Te conté lo que más quería en la vida, la literatura y los viajes y el vino  y un proyecto que me enloquecía como ninguna otra cosa. Lo que me comía por dentro. Ligg, tú esas cosas las sabes de sobra. Cuando encendí un cigarro cerca de tu cara preciosa  en la pendiente de ese jardín quebrado de Muxbal y te dije de cerca todo lo bonita que eras, todo lo que me gustabas a pesar de la edad que tenías. Eras demasiado linda, Lissh, y te lo dije mil veces para que nunca se te olvidara. 

Todavía te recuerdo y no quiero pensar que vayas a envejecer dentro de tan poco, volverte una señora delgada de cabellos blancos y huesos débiles,  cuando yo ya sea un abogado de carrera, Lish. Te he escuchado llorar en un teléfono por las cosas que sentías (no estoy seguro si por mí, o por tu vida familiar complicada), te he visto nadar en una piscina, emborracharte de noche conmigo y salir corriendo en la oscuridad, hacia ninguna parte, hacia lo que creías el mundo, y eso a mí nunca se me escapa de la cabeza.  Ni siquiera cuando tenga tu edad, la de aquel viaje que hicimos. Cuando vea otros niños que fueron yo y quiera hablarles de mí, de dani en el 2016. Decirles que fui parecido a ellos y que viajé al puerto San José con una mujer mayor sin tener apenas dinero: lo suficiente para pagar el peaje, el precio de una habitación descontada por la hora, un paquete de cigarros   y una caja de cervezas Modelo. Y que hasta llegué a quererte cuando nos quedamos solos en el mar , al menos hoy creo que sí te quise cuando miro algunas de las fotos y pienso en tus párpados cerrados.

Niños -les diré entonces a esos hijos de puta de 20 o 21 años- no vivan tanto, no vale la pena encontrar días y noches (tan) hermosas:  una señora metiendo los pies en la sopa de frijoles del  Pacífico mientras ustedes la miran  de espaldas, su trasero en un bikini negro, la desean y les sonríe, cuando ya tienen la impresión de estar borrachos y se ríen  de la suerte de estar ahí, de tener el momento agarrado por el pelo y una habitación de hotel con balcón y sábanas limpias al final de todo el viaje para dormir solo con ella. ¿DESPUÉS QUÉ HARÁN PARA OLVIDARLO?!!