miércoles, 4 de diciembre de 2024

Kaohsiung en la cara

 

El viento viene de distintas direcciones. El mar parece apenas crispado, despertando entre suaves ronquidos y cabeceos lentos de las olas. Es agradable ver las unidades de aire acondicionado afuera del hotel y escuchar el zumbido ronco de los condensadores. ¿Otra cerveza, licenciado? Mañana ni siquiera me levanto.

Hay algo sobre las 5 am taiwanesas que nunca se olvida. Las palmeras se miran, por ejemplo, en Kaohshiung. No se notan de día en la playa, menos en la noche regular. El cielo tiene que estar desvelado para verlas recortadas en un azul plomizo que no carga la vista. ¿De goma? Tal vez sí. ¿Destruido? seguramente sí, Licenciado. Pero el aire húmedo y caliente pega en el rostro cuando salgo por cigarros y cerveza al 7 eleven de la esquina del hotel, inmediatamente después de hacer el amor con una china extraterrestre de cabellos largos y oscuros, y adentro, en el cuarto lleno de aire acondicionado, imagino que duerme mirando la ventana.   

Sé que ha conciliado el sueño con su cara aplastada en la almohada y hasta puedo asegurar que sus piernas tiemblan en mitad de una pesadilla. Las chinas patean el edredón, se enroscan, se arquean y retuercen y hablan chino en mitad del sueño. Los ojos  dormidos de una china son los de un convaleciente muriendo de fiebre. 

Qué bien se siente recordar su cara mientras me apoyo en la puerta del hotel a buscarme los cigarros en la bolsa. Qué bien se siente fumar un cigarro en medio de todo este humedal, tirarlo en la arena, patearlo, regresar al cuarto donde duerme la china bajo el chorro sordo de aire acondicionado.  















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