-You have a hair dryer? (¿Tienes secadora de pelo?) -dice la chinita recién bañada, parada junto a la cama que ha despertado conmigo.
En la luz tenue del interior apenas puedo mirarla. Sus hombros delgados, su vientre huesudo, sus pechos pequeños de pezones negros como agujeros. ¿Cómo se llama?, pienso. Tendrá alguno de esos nombres artificiales que ellas mismas escogen (Daisy, Ivy, Grace, Sherry, Candice, Rosy, Charmless, Peggy), en todo caso imposibles de relacionar con sus caras marcianas.
"China jodida", quiero decirle. "No te conozco de nada. Déjame verte bien. Parate allí, junto al espacio abierto de la cortina".
Verla desnuda junto a mi cama es como verla por primera vez, pienso, haberla conocido dos veces. Un descubrimiento agradable que hacer en la mañana del sábado, como si hubiera salido espontáneamente del inodoro.
Ni siquiera escuché cuando se metió en la regadera o cuando se paró cerca de la cama con el pelo mojado para verme dormir. ¿Cuánto tiempo lleva mirándome? ,pienso. China de mierda hubiera podido robarme perfectamente la billetera, deslizarse luego por la puerta de salida sin despertarme. Pero las chinas de Taiwan son demasiado miedosas para incurrir en pillerías como esas, así que apenas echo un vistazo rápido a mi mesa de noche para comprobar que mi billetera siga en su posición natural.
¿Qué hora es?, pienso, qué goma, y de nuevo, ¿Cómo se llama? Sé que no voy a preguntárselo. Los nombres artificiales no permanecen nunca en la memoria.
-Daniel, you have hair dryer?- Inquiere de nuevo la chinita con ese acento suplicante de las asiáticas que a veces me hace sonreír. China de mierda cómo sabe mi nombre.
En el suelo están sus zapatos pequeños, las calcetas de dibujitos animados hechas pelota y unos calzones blancos que arrugados todavía conservan su foma triangular. Miro la blusa negra colgando en el respaldo de la silla, la que debió tener puesta cuando nos conocimos, pero no me ayuda a recordar nada de la noche anterior. Estoy a punto de preguntárselo, ¿cómo leches nos conocimos? No digo nada.
-Hair dryer? -le digo incorporándome al frente, sintiéndome el olor a whisky en la boca.
-Yeshhh, hair dryer -dice- My hair is shhhoaaking wet -y se agarra un matocho de pelo negro para enseñármelo.
Lo mejor será cuando la saque de mi apartamento, pienso casi sonriendo. Cuando después de verla desnuda un rato más la bese en la boca, le diga chao bye y me quede solo en calzoncillos oyendo el ronroneo del aire acondicionado dentro del cuarto. Cuando me arrastre al balcón a mirar desde arriba cómo se la lleva un Uber.
Quiero decirle "chinita" en la cara ¡Chinita! ¡Chinita! Y que me oiga bien decirle chinita, ver cómo tuerce la cabeza como un perro al meterle una palabra nueva en el cerebro, una palabra en español, que es la única cosa que pienso cuando la veo en mi cuarto: "chinita".
Casi me dan ganas de tomarme el tiempo de sentarla en la silla de mi escritorio y explicarle con mucha paciencia que ella es una chinita, una "tttinitaa", como pienso a veces rebalsado de risa y ternura.
Tengo una secadora de pelo marca Philips en el mueble de la tele que uso para secar mis zapatos cuando los moja la lluvia taiwanesa. Una secadora rosada que parece de juguete.
-Right there-, le digo señalando el mueble con la mano, casi al mismo tiempo que me arrepiento, cuando pienso en todo el pelo de china que va a dejarme tirado en mi apartamento.
Lección I. Detrás de las mascarillas quirúrgicas todas las empleadas del 7 Eleven se miran igual. Monas pintadas de rubio. Me lo dijo una paraguaya: Taiwan es mentira.
Los gatos de la calle viven en Taiwan porque las chinas les dan de comer todas las noches. Latas de conservas y trozos de carne blanda que les acercan en cuclillas a los gatos (māos), esperando verlos comer. Ni los gatos ni las ratas tienen miedo en Taipei, merodean las aceras sin preocuparse. Las chinas sienten amor por todo. Tal vez delirio por los gatos y miedo reverencial por las ratas. Es lo mismo. Las dejan en paz.
2 chinas de piernas largas y juntas se meten en un edificio verde de apartamentos. Es una construcción vieja con barrotes de hierro en las ventanas y paredes ocres enmohecidas por el calor húmedo de Taiwan. Las plantas trepan desordenadas por la fachada y desde el portal barato de aluminio se adivina que no hay ascensor para subir los 7 pisos que tiene. Las chinas van a tener que joderse subiendo las gradas, pienso, aún cuando parecen princesas orientales malcriadas, remilgadas de mala pulga. Princesas de pómulos pronunciados y flequillos de bebé que hablan estupideces mientras se pierden en el interior del edifico. Réplicas exactas de su ascendencia imperial milenaria, pienso, emperatrices de Kaifeng, princesas de Jiangsu, posesiones idénticas a las del mismísimo Ghengis Khan.
Antes las vi fumar un cigarro entero en cuclillas, bajo la sombra de un árbol enano y pensé en eso, que parecían princesas orientales de hace 500 años metidas en ropa sencilla del H&M, Uniqlo o el mercadillo nocturno de Raohe. Las he visto en hong kong y en Corea y en shanghai y en nanjing y en Tailandia y en Singapur. He estado en metros atascados de chinas y en mercados atiborrados de sus pelos, pasillos estallados de su aliento y de sus pies descalzos, y siempre pienso lo mismo: Malditas princesas clonadas, usurpadoras de una genética idéntica.
¡Ghengis Khan, cazador celestial, hemano mío del tiempo, hemanito de leche, querido lobo asesino, querido Temüjin, hemos dormido abrazados por las mismas mujeres chinas, adormilados entre las mismas piernas!
Las chinas fumaban despacio junto a la pared podrida del edificio cuando las vi, con los culos bien pegados al asfalto y las rodillas flacas atravesaban sus pantalones rotos hasta dejar la piel expuesta. El humo blanco les golpeaba la cara desde abajo mientras sujetaban los cigarros entre los muslos y hablaban de cualquier cosa sacudiendo sus pelucas de pelo negro, diciendo que sí como vaquitas mansas (dueh dueh dueh). La realeza y la clase trabajadora se mira igual en el Asia, pienso. Princesas viviendo como ratas.
-----
Me tomo una cerveza en la noche con Beth (alias "como digais"), una catalana que también vive cerca de Maji Square. Me gusta sentarme a beber algo con Beth entre semana y escucharle el acento afilado que tiene. La primera vez que reventamos una botella de vino en el parque de los filipinos en Combat Zone me contó que solo llevaba una semana viviendo en Taiwan, que había conseguido un apartamento pulgoso en un sexto nivel sin ascensor, y pensé que me recordaba mucho a Anna, cada vez que decía "ascensor". Cositas de Barcelona y los gestos afectados de la mano al tocarse la frente con el reverso y decir "booaaaffff, qué agobio".
No hay nada como la voz de una española en la madrugada, pienso, cuando los chinos pasan cerca de nosotros y no entienden nada de lo que hablamos y solo los vemos asustarse de nuestra risa.
Pero Anna era solo una niña entonces, pienso, en Quetzaltenango, y compararlas parece una injusticia, un anacronismo en mi propia vida. Me cuadricula el cerebro: Pensar que sigo conociendo gente que ya conozco.
-¿Te gustan los chinos, Beth? -le digo poniendo una canción en la "cookie", que es como apodamos a mi pequeña bocina inalámbrica, también marca Phillips.
-¿Que si me gustan los Tsssinos? -dice Beth abriendo primero la boca. Después enseñándome los dientes en una sonrisa declinatoria.
-No, Dani, Para nada-, dice. -Para nada, dani. -No, no - chasquea la lengua- qué va.
Hay momentos en que me despisto y vuelvo a pensar que estoy con Anna. Pero es algo del cerebro y el vino. Beth es más linda, y a los 27 también bastante mayor de lo que será siempre Anna en mi cabeza, en donde sigue teniendo la edad de la última vez que la vi, y en donde todavía, a veces, aparece como una recién graduada de 21 años del ESADE, bailando borracha sobre una silla metálica de la zona 1 de Xela. ¿A dónde van todas las cosas hermosas después que las hemos tocado?
No es Anna pero me hace recordar algo que me dijo ella cuando vivía en China. Algo escrito en una postal que envió a mi apartamento amarillo de la Cumbre, quizás algo que leí en un mensaje suyo de Whatsapp, en donde me explicaba: "Los chinos son unos guarrossssss, unos cochinossss, Dani, escupen y duermen. Se tumban en la grama, encienden cigarros, se cruzan de brazos y duermen. Son unos asquerosossss". Y yo nunca pude escucharla decir eso, "son unos puercosssss" "unos guarrossss", “unos gusanosssss”, lo vi solo por escrito y esta noche quiero que Beth lo diga por ella, como si solo una mujer de barcelona pudiera decirlo de la manera en que necesito escucharlo. La forma en que el acento zumba mi cerebro.
Bebí lo último de la botella de vino estirando el cuello hacia arriba y vi la luna cobijada entre las nubes. No es la luz de la noche temprana, pienso, es la luz pálida que solo miran los pocos chinos desvelados que salen a encender un cigarro. Es azul y hace que las formas de los árboles y los edificios se recorten en el cielo. Es una noche mentirosa, un día queriendo nacer.
En la parte seca de los labios de Beth se nota todo lo que hemos estado bebiendo. Un fuego, una llaga, una herida manchada de vino. Es lo último que miro antes de besarla.
-¿Cómo son las chinas, Dani? Me dice mientras la abrazo desde arriba y respiro bien la noche y su boca bajo el sonido apacible de la cookie. ¿Te gustan?
La miro un segundo, su pelo rubio alumbrado por la farola de luz pública, su nariz respingada, sus ojos locos. Se parece a la hermana de Rafa Nadal, pienso, aunque no tengo idea de cómo se llama la hermana de Rafa Nadal, pienso que es igual. Hija de un Blasco Núñez de Balboa, no de un Lao Tse, no de un Gongsun Zan, no de un Sun Tzu, es hija de un maldito matador, un Francisco Pizarro, un Diego de Almagro, un Hernando de Soto, un Juan Ponce de León. Un maldito spaniard valiente. Pienso que hace solo un año, sin la yellow fever encima, habría podido amarla. Amarla de verdad, quiero decir, como ella ha empezado a amarme sin darse cuenta, sin que todavía le duela.
-Sé que hay familias chinas de varios hijos aquí, Beth -le explico-. Los hombres son feos y sus hermanas son hermosas. Los padres de las chinas son feos, las madres son preciosas. Podes verles las fotos familiares en sus apartamentos pequeños de la periferia, o en los celulares cuando les insistís un poco en que querés ver cómo son sus abuelos. Las chinas se repiten en cada generación. Tal vez las chinas muertas (guǐ) viven una y otra vez en los cuerpos de las niñas y adolescentes que van al colegio. Estoy seguro que ellas mismas lo saben. Se avergüenzan de repetirse tanto. Se han muerto mil veces-.
En la bolsa del 7 eleven que tenemos sobre la mesa del parque de los filipinos todavía quedan unas latas altas de Taiwan Beer. Reviento una y bebo un trago en lo que pienso con cuidado las cosas que voy a decirle a Beth sobre las chinas. Por un momento quiero decirle todas las chinitas que he visto despertando conmigo (más chinas que pisos del Taipei 101), pero no voy a decirle que me han acompañado 80 en un año, de septiembre a septiembre. Esta noche solo quiero hablar español sin lastimarla.
-Taiwan ni siquiera existe, ¿sabías Beth? -le digo en lugar de todo eso, dando otro trago a la cerveza, un trago tibio, espumoso.
-Todo aquí es mentira pero las chinas aman esa mentira. ¡Taiwan, Taiwan, Taiwan! Chayo Chayo CHayo! gritan cuando ven a su equipo de béisbol jugar en la tele. Se pintan las caras panquecas con los colores de la bandera taiwanesa (originalmente del partido nacionalista chino "Kuomintang", de Sun Yat-sen) y aunque solo estén viendo el partido dentro de un bar gritan muertas del miedo cuando el marcador se aprieta y el bateador rival espera la pelota sacando la lengua en el plato.
Pero nada de eso es verdad. Ni ellas mismas creen en Taiwan porque sus abuelos (chinos mainlanders) vivieron la ocupación japonesa desde la resistencia de la verdadera China, de la que fueron parte. La China violada, la china transgredida, la China ultrajada (ver invasión de Manchuria), la China perdedora. Sus padres se allanaron luego a Chiang Kai-Shek, nacionalista chino (perdedor de la guerra y de la república), aún cuando sabían que lo habían jodido bien los rebeldes de Mao, confiándole sin esperanza la imposible recuperación de China, ya entonces en manos comunistas. La tercera generación se vio de pronto huérfana de una identidad propia y entonces construyeron una cobarde, moldeada a la americana antes que a la china. Fueron los taiwaneses de nuestra edad y algo mayores los primeros en creerse un país. Los primeros en inventarse Taiwan, sus pasaportes verdes de broma y sus cosas amables que ahora adoran con tristeza.
-Aquí es donde acabaron quienes perdieron la guerra de Mao, Beth -le digo-, derrotados y asustados, jugando a ser algo más que solo chinos de derechas, poniendo comercios y empresas, poblando la isla mientras hacían mucho dinero y dejaban obra pública de calidad. Ahora podes verlos en todas partes, los hijos y nietos del partido nacionalista chino, amanerados y raros, bailando k-pop en los espejos grandes del Expo Park. Aquí las chinas de brazos flacos y piernas al revés, cosplayers, fake sobers, nightwalkers, biaotses, stupid-faces, hijas de la derecha taiwanesa. Y así nos vemos esta noche nosotros también, Beth, borrachos y excitados, haciendo vidas de mentiras.
-----
Los sonidos eléctricos de la noche y del metro de Shuanglian han cesado. El asfalto nuevo huele a pelo quemado y se mira apenas lavado por la lluvia mentirosa de las 9. Ahora refleja las luces tristes de los semáforos de North Road como trazos de yeso en un patio de colegio.
El día laboral ha terminado y las mujeres bonitas se han ido quedando tiradas a lo largo de la línea roja y azul, en City Hall, Main Station, Xinyi o Daan park. Las mujeres que llegaron a Luzhou por la línea anaranjada o las que alcanzaron Banquiao y Nangang en tren son más bien descuidadas y de ropas sencillas. Usan zapatos blancos sin marca gastados irregularmente en los talones y arrastran olor embalsamado a maquila en los abrigos y en los gorros sintéticos que llevan (olor a bodega). Esas son las mujeres que puede vérseles mirando los precios de la ropa en un supermercado, probándose las chaquetas de poliéster en los espejos de un Carrefour. Es la clase de china linda que tiene los dientes amarillos y eructa sin taparse la boca en los comedores sencillos de beef noodles.
Después, en Beitou, están los negros haciendo sus cosas, a los que las chinas tienen pavor y con los que no comparten asiento en el metro ni en los buses llenos de Tianmu. Prefieren permanecer de pie en los pasillos estrechos antes que sentarse codo a codo con uno de ellos, ponerles el bolso demasiado a la mano, como quien dice.
Los chinos y los negros mantienen así una relación tensa y silenciosa. Los taiwaneses les temen a la vez que los desprecian y los negros no los temen (podrían zurrarlos en cualquier momento), pero sí temen sus instituciones. Las estaciones de policía, las cámaras de vigilancia, las caminatas nocturnas en City Hall con el ruido borroso de alguna patrulla en la distancia, las compras de bourbon en la madrugada bajo la mirada desconfiada de los dependientes y las malditas deportaciones que los hacen tener pesadillas. Por eso después de reventarse el dinero de sus becas se esconden todos juntos en Taichung, a unos 160 kms de Taipei, donde la vida es más lenta, la renta es asequible y la gente puede confundirlos amablemente por norteamericanos honrados, empleándolos en academias de inglés, bares o restaurantes de comida western, aunque al final solo sean beliceños, santalucenses, suazis o kittians.
Es a los negros a quienes pesca de vez en cuando la policía con marihuana en los bolsillos a la salida de un callejón, robando en los dorms de estudiantes o en supermercados pequeños de Yonghe, y he escuchado que algunos de ellos cayeron por cosas más graves que esas y terminaron sus días presos, purgando condenas en cárceles de la isla que nadie conoce. Ahora los amigos negros afuera no tienen una dirección para escribirles en navidad ¿A dónde?
II. Solo una china puede ponerse así de triste. Las mujeres más tristes del mundo no tienen edad.
Los cafés de "wedding street" en la Sección 3 de Zhongshan Rd y en la famosa Nanjing W road, están siempre llenos de chinas, resbalados de ellas, y 3 de cada 5 me provocan algo en el estómago, algo que solo la ficción de una cara china puede infligirme. Aún después de más de un año de moverme entre sus cosas, no puedo acostumbrarme a mirarlas, no puedo acostumbrarme a la extrañeza, no a la rareza de sus piernas desnudas, ¡no la soporto!
Miro sus ojos y la fragilidad de sus cuerpos, siento el olor que dejan al pasar en los pasillos y empiezo a volverme loco (un maldito Tsao Lang). Me dan ganas de agraviarlas. ¡chinas! chinas de mierda -decirles-, chinas jodidas, chinas preciosas, mis amores, marcianas ¡No puedo acostumbrarme a su triste belleza!
Una vez, viajando en tren hacia Taichung, alguien me dijo que las chinas nunca envejecen, que no tienen edad porque duermen largo en los buses y beben el agua caliente. Por eso están estancadas para siempre en los 22 o 25, hasta que un día son demasiado viejas y se esconden al abrigo de los árboles grandes de Wanhua, bajo las ramas dormilonas de los makkos, nightshades y banyans, donde se incorporan silenciosamente a los grupos gratuitos de tai chi, en los que aún puede vérseles moviendo las piernas con gracia.
Yo, en cambio, intrigado y empecinado con que son tan distintas a nosotros, he recurrido a algunas lecturas al respecto y ahora pienso que no son como nosotros porque no provienen del mismo homínido, porque su ascendencia de grandes navegantes de sampanes y juncos devorados por la niebla, hizo que sus caras se curtieran con el viento gélido del mar, surcando aguas congeladas que los hacían cerrar los ojos. Caras esculpidas por el frío venenoso del mar chino.
Las chinas, quiero pensar cada vez que las tengo agarradas de la mano borracho en un riverside alumbrado de New Taipei, son diferentes porque vienen del Peking Man (Homo erectus pekinensis), hallado en las cuevas del Zhoukoudian, lo que podría explicar la fisonomía tan diametralmente distinta a la nuestra.
Se ponen lentes oscuros de mosca pero aún se sabe que son chinas viéndolas andar bajo el sol claro de la mañana. Los pómulos salidos, las narices pequeñas, los dientes largos y blancos, visibles aún cuando no sonríen y solo esperan el metro atontadas con la boca entreabierta y el maquinista entrando a toda velocidad por el anden les vuela las pelucas de pelo liso por todas partes. Tienen la melena tan fina que las orejas se salen del cabello, como elfas. Esas son las que me gusta llamarles, llanamente: "marcianas".
Se puede ver en la lentitud con que hacen las cosas (lavarse las manos con un wet one, cepillarse los dientes, desinfectar una mesa antes de sentarse, agacharse en la acera para acariciar un gato sin dueño o cuidar de sus perros (gǒus), bajando en un squat perfecto junto a sus caras para peinarlos y decirles algo bonito en la oreja.
En su parado regular de espera puede vérseles los zapatitos que usan con los pies siempre hacia adentro, sus piernas juntas al subir escaleras mecánicas, la espalda recta. Sus ojos tranquilos y su temperatura corporal helada que contrasta con la locura e inseguridad que engendran sus cabezas. Su ansiedad y melancolía ante la vida, su pesadumbre, aún ante las decisiones simples del día a día vulgar y del amor institucionalizado. Overthinkers preciosas que se hablan a sí mismas todo el día en mandarín (el lenguaje es pensamiento), fustigándose con dureza por los errores, la estética desmejorada y los amores caídos, hasta que ya no se soportan y de sus ojos salen lágrimas chinas.
Corren detrás de trenes, buses y metros con la cara seria de camino al trabajo, con la columna bien erguida y los brazos inmóviles a los lados, cuando el MRT de City Hall está estallado y el estrés de no tomarlo a tiempo las desborda. No hay nada más hermoso que una china cuando empieza a correr detrás de un bus, pienso, o cuando dicen "Weeeei" mil veces en el teléfono en mitad de la mala cobertura y tienen que taparse la oreja con una mano delgada para escuchar, como si fuese una tragedia dejar de oír una voz en el teléfono.
En cualquier caso, los ojos mansos que tienen acaban por desvanecer todo eso, escondido la apatía y la depresión en público. Parecen siempre listas para el amor, pero casi todas están lastimadas, demasiado lastimadas para curarse. ¿Qué hacen después? siguen amando.
Eso explica que se pongan tatuajes femeninos pensados para advertir a terceros, del tipo "soft hearted", "be polite, not weak", "life is a sweet pie", o “be gentle” que yo mismo he visto detrás de sus brazos y lumbares. Frases que usan antes del sexo, sabedoras que cuando los wàiguó réns (extranjeros) circuncidados están a punto de penetrarlas, van a agarrarlas del pescuezo y van a llamarles chinas cochinas en la oreja. Dejándose cosificar como peluches orientales que gimen cual squeaky toys de perro, atreviéndose apenas a sugerir acostadas, mirando hacia arriba los ojos de quien va a penetrarlas: "be gentle":
Las chinas lloran por el breadcrumbing, el benching, el love bombing, el shadow banning, la manipulación emocional, el gaslighting, y también por raspones en la rodilla, porque les pica en la noche y no quieren tocarse los ungüentos orientales que les prescriben. Se enferman con facilidad y se quedan dormidas en los trenes metidas en sus chumpas enormes, pensando en dibujos animados y animales del zoológico que sueñan acariciar. Ven películas que las ponen tan tristes que luego no pueden dormir de todo lo tristes que están. Me envían textos en los chats de Line, donde confiesan pensamientos sombríos que solo ellas pueden producir: "So weird, Daniel. I feel like I am the most lonely person in the world tonight".
A veces escriben impulsivamente en chino y la traducción literal de google al español se lee algo así:
"No puedo entender por qué me atraes tanto.
Eres el chico más inteligente y manipulador que he conocido.
También el más insensible.
De verdad, tengo mucha curiosidad por tu historia. ¿Por qué sigues vagando por el extranjero? ¿Cómo puedes ser tan egoísta con los sentimientos de los demás?"
我一直無法理解為什麼會被你給吸引成這樣
你是我遇過的男生裡面最聰明最會操控人心的。也是最渣的。
我真的很好奇你的故事
為什麼你要一直在國外流浪?可以依然自私的對待別人的真心
---
He llegado varias veces a la conclusión de que las chinas son almas tristes. Espíritus dolientes, sombras errantes del inframundo que ocupan los cuerpos de mujeres hermosas.
"You date the girls and they are super nice. Sad girls, sad hearts, yeshhh, but very easy to cheer up, that is what makes the trick for you, Daniel. Thats how you fuck us, Asians, dont you? you are handsome and great talker, fucking lawyer. You make us happy" -me soltó Elaine una vez, a punto de quedarse dormida toda borracha en una mesa de madera del Green Door, después de solo 2 cervezas y un whisky sour que dejó a la mitad. Y cuando le pregunté confundido cuál era el truco, me contestó: "Just give us brief moments of happiness".
Las chinas nunca crecen, son niñas tristes para siempre, chinas en cuerpos de chinas adultas. Pero son solo niñas. Niñas corporativas con managers que odian, niñas doctoras, niñas enfermeras. Niñas con gorros verdes de dentista, Niñas PM, niñas de departamentos de procurement y marketing, niñas de ventas, niñas HR, niñas de branding, de logistics, de finance, de compliance; niñas accountants, niñas de oficinas inmobiliarias, niñas policía, niñas funcionarias, niñas secretarias, niñas de largos etcéteras.
Bailan con la música de las tiendas y abrazan como mocosas los peluches y los rollos brillantes de papel de regalo que encuentran en los estantes. Siempre acercan bien sus caras para mirar. Se ponen de rodillas para examinar los juguetes y ponen ojos serios para estudiarlos. Después te cuentan todo lo que vieron.
Por la noche, antes de dormir, se prenden a sus teléfonos enormes y textean con un inglés refinado que nunca usarían en persona. Ellas aprenden a decir palabras como I fancy, seldomly, blue monday, raincheck, indeed, facility, impressive, however, utterly, most definetly, splendid, endeavor, bottleneck, lollygag, I reckon, couch potato, hectic! Palabras que nunca usarían con nadie. Las eses arrastradas las dicen "shhh" y me hacen odiarlas y quererlas besar al mismo tiempo.
"No shhhhmoking Daniel, cmoooon!!!" señalándome un rótulo viejo de "prohibido fumar" en la calle.
Se mueren por ser australianas, suecas, francesas y publican frases alocadas al estilo Melbourne que no representan sus vidas llenas de miedo, pues siempre están aterradas y sus ojitos alertas monitorean constantemente la potencial amenaza de los borrachos, los atoas, los bailarines negros de Triangle y los enamorados mentirosos a la salida del metro. Aprenden francés y alemán y viajan a Europa para espiar la vida de la gente blanca que adoran. Luego acaban deprimidas en los museos de arte y en las calles frías de Praga, Hallstatt o Budapest, cuando ven sus caras chinas reflejadas en los espejos de los baños y en los rostros de otros mil turistas chinos que se ven como ellas.
Pero solo una china puede ponerse así de triste, es lo que intento decir, mirar así de triste, comer así de triste, ver la tele así de triste, ponerse las chanclas así de triste, amar así de triste, irse a la cama así de triste. Solo una chinita puede quejarse del frío como lo hace, como un perro chillando en la mañana, pedir un sweater prestado ("weather makeshh me shhhleeeepy daniel") y luego hacer transiciones infantiles a la ternura, pellizcándote los cachetes, peinándote, cuidándote, muriéndose de amor y ternura y tristeza a la vez. Pero todas están locas y deprimidas, por eso a veces me doy asco cuando empiezo a ponerme frío con ellas. Después pienso: qué más da, ya estaban lastimadas cuando las vi.
Las tardes caen especialmente despacio en Sanchong, detrás de los claros que abren los estacionamientos de pago entre el horizonte colmado de edificios. El aire huele a salón de belleza, desinfectantes y negocios pequeños de uñas acrílicas (nail parlors en inglés, saturados de esmalte y acetona). Llueve suave, sin relampaguear apenas, y algunas chinitas, empleadas en inmobiliarias pequeñas, vuelven a su trabajo con el pelo mojado como caballos de crines negras en el corral.
Al terminar el día sus abrigos grandes de china huelen a la casa de sus padres, donde viven y cuelgan la ropa. Perfumes de vainilla, yogures sin azúcar, duck blood, sopa de hígado, noodles y humedad, ese es el olor que conserva la tela. Aún después de los 30 siguen ocupando el cuarto de cuando eran pequeñas, donde todavía sonríen y miman a sus peluches descoloridos de infancia. Los padres nunca se preocupan de dónde pasan la noche, los hermanos tampoco. Dejan que las chinas amanezcan en cualquier sitio de la ciudad. No van a preguntarles con quién estuvieron, ni en dónde. No van a imaginar nunca la escena terrible de su hija borracha bajando la escalerilla tramposa del Maji conmigo.
Hay placeres que solo existen aquí, pienso parado en la mitad de Jixian Road, en Sanchong, como que te corte el pelo una china y después te lave la cabeza con agua tibia en un lavamanos de plástico, poniéndote champú de uva para niños con sus manos frágiles, moviendo los dedos delgados en círculos hasta poder oírlo en el cerebro: el pulso de unas manitas taiwanesas.
El precio de la vivienda y de la vida se conoce mirando los precios de las barberías, asomándote a ver por la ventana la cuantía de un corte para caballero. 100 New Taiwan Dollars en Luzhou, unos 300 en Datong y bastante más en los alrededores del Sun Yat-Sen Memorial, donde puede costar 600 u 800, dependiendo del sector, y en cuyas inmediaciones duermen las chinas más lindas del mundo. Insectas pedantes que adquieren complementos de lujo en los department stores de Songren y en el East Road de Zhongxiao.
A veces, agarrándoles la mano con la vista distraída en una familia que juega frisbee en un parque de enormes jardines, me dan ganas de decirles que las amo y que quiero tener un chinito con ellas. Las pienso como Tiiinittas y quiero decirles así, gritándolo en español hasta asustarlas, Tiiiinitaaaa, tiniiiita, ti-niiiiiiiiii-taaa, tengamos un tinito. A veces también me pregunto si se puede amar a una china sin amar a todas. Quedarse con una, quiero decir. Su abundancia merma su valor individual.
-Cómo hacen los perros en chino? le digo a Reena en un parque de esos del Electronic District en Guang Hua, detrás de las fábricas antiguas de Huashan.
-En español -le explico-, a los niños se les enseña que los perros hacen guau guau.
La risa de Reena, una china mainlander que estuvo un mes conmigo, hace que los pájaros dejen despavoridos las ramas de los árboles.
-What the hell is that, Daniel? guau guau?! -y su risa revienta la tarde.
Le sonrió. Me encanta que se ría tan fuerte y que cierre los ojos cuando lo hace. Le pedí ser mi novia en la sala de mi apartamento de Combat Zone. Nunca se lo habría pedido, pero también, nunca había deseado tanto hacer el amor con una mujer como lo quise con Reena.
-Wan wan, Daniel -me explica- They say "wan wan" when they bark.
Hace solo una semana la corté en un bar cerca del mismo apartamento. Después de una cuenta de 1400 dólares taiwaneses en lagers le dije que la había citado allí para dejarla. Abandonarla sin más. "My lifestyle is going to make you cry, mama duck, ballet duck, my beautiful Mulan" -le dije cuando sus ojos de princesa china se cargaban de lágrimas junto a los míos, como una mascota olfateando el final.-
"The same things you love about me tonight (las cosas de la locura que adoras, Reena) are the ones that will eventually make you cry".
Dos semanas antes, mirándola bajo la luz amarilla de mi lamparita, le dije que si ella y yo tuviéramos un hijo sería una cosa hermosa. Tal vez un chino haokan con más rasgos suyos que míos (la genética china es agresiva y siempre prevalece).
Iba algo borracho y se lo dije tirándole el aliento en los ojos "Tengamos un hijo. ¡Un niño, Reena! un niño violento que se llame Tamsui!, como el río que atraviesa Taipei. Alguien que te haga llorar, Reena preciosa. Alguien que puedas amar para siempre, aún cuando ya no me ames a mí".
Me puse de pie para andar dentro del cuarto en calcetines, para no verle los ojos brillantes mientras se estaban imaginando a Tamsui.
-No puedo aceptar otro nombre -le dije-. No, no. De ninguna manera. Mi hijo va a llamarse Tamsui".
Fue la primera noche de diciembre que hizo frío cuando me despedí de ella para siempre en la calle del Combat Zone, cuando me fui alejando con las manos metidas en la chaqueta y su voz llorona me alcanzó desde atrás para que yo pudiera oírla una última vez.
"What is going to happen with little Tamsui, Daniel? -dijo- He is never going to exist?".
Sus palabras me dolieron en el estómago.
En mi closet ya no hay nada de ella pero ha quedado el olor de cuando dormía conmigo, nostalgia suave de China.
----
Ya había intentado responder a lo mismo una vez, en Kyoto, pero no se me ocurrió nada. Tampoco fui capaz en el 2022, cuando estuve en Vietnam, Tailandia, Filipinas o Corea, en medio de miles de ellas. Solo estaba seguro que no era el olor enjaulado en un cuarto de cuando acaban de estar mujeres dentro preparándose para salir. Perfumes, desodorantes de dama y pelo quemado con secadoras y planchas. Ese es el olor de las mujeres latinas. Dulzón, recargado y chamuscado. Las chinas, en cambio, tienen un olor ligero a saliva y geles de ducha. Babas de mujer y sueño ¡Eso es!, pensé acercando la cara un poco más a la china que dormía frente a mí. Las chinas huelen a sueño. Dormilonas acabadas de levantar.
El ventilador suena igual que la lluvia, pienso. Me hace despertar temprano en calzoncillos para mirar por la ventana del baño y comprobar si está lloviendo. Luego me asomo un rato al pasillo que da a las terrazas vecinas sin pintar y me quedo mirando la mañana. El día está nublado como un peso de buzo pero el asfalto sigue seco. No ha llovido en toda la madrugada, me digo como un descubrimiento estúpido. Dani mula.
Son las 6 de la mañana cortas pero ya hay viejas haciendo ejercicio en el parque de abajo y chinas con gorros peludos de esquimal que esperan el bus vacío de Xinbeitou. Otras descansan sentadas en las bancas municipales y desde arriba parecen pájaros sentados en un cable.
Las chinas con granos tienen la cara caliente y siguen a sus abuelitas hasta la parada de San Min High School. La visión de los gorros de lana de las viejas me hace casi sentir el olor nauseabundo a medicinas y crema nivea de las abuelas, agachadas como sanates frente a sus nietas de pelucas negras. Las chinas más sencillas tienen los dientes de corcho pero no puedo vérselos desde aquí ¿A qué olerán los dientes amarillos?
Una chinita mastica un hueso de pollo hasta dejarlo limpio. Su cara es más china que un dumpling y me hace pensar en Joliie gatita, la taiwanesa de camisa de España que siempre usaba shorts con calcetines Nike y me ponía los pies en la cara. Conducía una scooter roja a juego con su casco de visor negro y sorteaba las pasolas de los bajiajos (gangsters) de camino hacia mi apartamento de Sanchong. Jollie gatita siempre (palabras suyas) quería comerme la rata, aún en medio de mucha gente.
Estoy en calzoncillos mirando un trozo de la mañana cuando pienso en todo eso: todas las chinas que he llamado "gatitas".
El año pasado, agobiado por no recordar los nombres anglosajones falsos que se ponían las chinas, llegué a apodarlas a todas "gatita", y eso las volvía locas, que les explicara despacio que su nuevo apodo era gatita. Cat se dice gato -solía decirles-, Gatita would be kitten or kitty, in English. And you look just like one. Una gata. Una gatita. Se ponían rojas, se mordían el labio y se morían por saber más acerca de ellas. Verse en el reflejo de mis palabras. Así, cuando las veía de nuevo y no recordaba sus nombres estaba a salvo, solo les decía: gatitaaa. How is it going? Where the hell have you been.
Hoy quiero una china de dientes malos para olerle la boca. Gatitas chinas diciendo miauu, miau miau, maullando toda la madrugada atontadas y rojas por el vodka que chupan como abejas de las latas grandes de Strong Zero. Chinas para hacer la siesta. Chinas con fiebre que abrazan para quedarse dormidas, soñando contra mi pecho mientras se contornean y farfullan pesadillas celestes. Lets cuddle mi amorrr!!
- - - - - - -
¿Tío estás aquí? me chasquea beth en la cara mientras yo pienso en todas las cosas de las chinas que no voy a decirle.
-¿Qué cojones piensas? -dice aún en medio del parque de los filipinos de Combat Zone.
-Nada. Estoy bolo y tengo sueño -le digo.
Hay una canción sonando en la cookie. Es Zebra, de Beach House, cuya letra enternecida le expliqué la primera vez que la vi en CKS y en Ruff. Estoy seguro que ya no la recuerda.
-Bolo -dice Beth sonriendo, enseñándome de nuevo sus dientes largos y sus ojos henchidos de vino -¿Qué cojones es bolo?
-Borracho -le digo. -Quiere decir borracho.
La canción suena unos segundos en la madrugada sin que ninguno de los dos hable, sin que haga frío, sin que la ensucie el ruido de los buses. Pienso si estará pensando lo mismo que yo. Si esa parte de "Oasis child, born and so wild DON'T I KNOW YOU BETTER THAN THE REST?" la hace pensar las mismas cosas que a mí.
-¿Crees que la gente puede ver que estamos "bolos"? -dice Beth, pero yo ya no puedo escucharla, la canción me atraviesa el cerebro.
-¿Queres quedarte conmigo? -le digo con los ojos perdidos en la cookie, el cerebro vagando aún dentro de la canción.
Beth se ríe por la nariz. El vino ya no está en su boca, sino regado en todos sus pulmones. Me mira un rato inclinando la cabeza. Luego la mueve de arriba abajo. Es la primera noche que duerme conmigo.
Mi nombre en Taiwán es Tsao Lang (曹狼), está en mi carnet de residencia, y he estado en las salas de karaoke de Linsen St. y en el alley 32 con olor a pipí en los sillones y en las alfombras podridas del pasillo bajo los pies. He bebido sobre mesas de vidrio templado llenas de guaro, rodeado de chinas mainlanders que aplauden cuando un grupo de strippers entra por la puerta de la sala privada como perras amaestradas por el pimp. Cuando una civil (vocablo de elaboración propia para referir una mujer "no prostituta") nos ruega a los hombres que por favor (please please please) paguemos una stripper taiwanesa para poderla sentar en las piernas y azotarla sobre la mesa de vidrio. Le decimos que no, que mire la hora que es. Estamos demasiado borrachos y desesperados para reírnos des esas cosas.
Las chinitas sacan el labio inferior y se cruzan de brazos para actuar un berrinche, de verdad quieren que paguemos una puta para jugar. Pienso que alrededor de la mesa de civiles y entre la fila de strippers que entraron a ofrecer sus servicios puede haber perfectamente todos los tipos de chinas que existe (unos 10 o 15 tipos).
He bebido de vasos llenos de Maotai y Kaoliang, aguantando las ganas de vomitar toda la madrugada frente a las chinas preciosas y los chinos endebles que ahora roncan envenenados en los sillones del karaoke, pero aguantando especialmente frente a Ting, que es la china de mainland que tengo agarrada de la mano y la responsable de estar metidos en ese tugurio a esas horas de la mañana, pues quería que sus amigas nos vieran juntos.
El envase desagradable de Kaoliang que vierto en mi vaso por última vez pone en la etiqueta que la concentración de alcohol es del 58%. De pronto me siento más borracho. Tengo que sacar a mi china de allí antes de que pierda el habla, me digo moviendo los labios, antes de que me caiga de las escaleras intentando salir.
Van a ser las 4 de la mañana en punto y estoy demasiado ciego para pedir un uber en mi celular. Al otro segundo, sin recordar cómo nos despedimos de los invitados dentro del karaoke, estamos afuera, parados en la banqueta. Todavía tengo a Ting bien agarrada del brazo y allí está frente a mí con la cara estúpida de boca abierta, su vestido corto, el labial corrido y el bolso descomponiéndole el elástico del sostén. ¿Cómo jodidos hicimos para bajar la escalera sin despeñarnos?
Miro alrededor para reconocer el rótulo de algún hotel donde podamos pasar la noche. Entiendo que es imposible que consigamos llegar en ese estado hasta mi apartamento de Sanchong.
-Why your Chinese name is wolf? you agressive? - me dice Ting, tirándome el aliento en la cara. Todavía no se le olvida mi nombre chino, aún cuando se lo dije solo una vez, la primera, cuando la vi bailando de espaldas en Frank.
Pienso que esa pregunta me la han hecho miles de veces desde que vine a Taiwan, por qué es que me llamo Lobo, lobo del clan Tsao.
-Why wolf, Daniel? you a wolf? a rabbit hunter? -dice Ting jalándome el brazo.
El niño Tsao Lang siempre se ríe de esas cosas y les dice a las chinas que sí olfateándoles el cuello. Sí, soy un lobo, un maldito Tsao Lang, y qué? les digo. "You see? I sniff you like a dog. I am a fucking wolf. An asshole. You better be careful cutieeee". Pero no esta noche. Esta noche nada me hace gracia, solo necesito pasar la noche con Ting.
Del otro lado de la calle rueda un envase de vidrio, se oye una risotada y un grupo de chinas con vestidos tan cortos como el de Ting pasan caminando con las piernas desnudas sobre la banqueta. Una estampida de chinas hermosas, pienso. Son 10 o 12 y nos miran con ojitos borrachos, examinando a Ting de arriba abajo como una mascota que reconoce a otra mascota en un parque. Van de vuelta a sus casas después de haberse dado buena fiesta.Tener a Ting es como tener a cualquiera de ellas, pienso, da igual el lado de la banqueta, da igual la escogencia. Estar con una china linda es como haber estado con todas.
¿En qué jodido edificio se meterán todas esas chinas al terminar sus cosas?, pienso viendo al grupo de chinitas borrachas que taladran la banqueta con sus tacones de aguja. Esas diez chinas que ahora enfilan por el exit 4 de Xingtian Temple con las caras chiquitas picadas de Asian blush, pateando tapitas y latas en el camino. En cuál de todos los edificios se meten las chinas, dónde se acomodan para dormir y ducharse, dónde se lavan los dientes, dónde tienen sus periodos. Los edificios taiwaneses como colmenas de mujeres chinas equipados con televisores planos, lazyboys y canastas de ropa sucia. Chinas como enjambres de abejas que nunca terminan.
En la distancia puedo ver una docena de rótulos luminosos con la palabra más universal del mundo escrito en ellos: HOTEL. Termino entrando en varios con Ting jalada del brazo, peleándome con los recepcionistas, diciéndoles malditos mentirosos, chinos embaucadores, chinos timadores, malditos acomplejados, cuando me dicen en un inglés empobrecido que no tienen habitación disponible "sorry Sir. Fully booked". -Chinos tramposos -suelto entre los dientes- seguro tienen una habitación para nosotros pero no quieren dármela porque apesto a Kaoliang, porque voy acompañado de una de sus mujeres chinas -. -You are a fucking liar - señalándolos con mi mano estallada. Ting me jala hacia atrás, cree que voy a soltarles un puñetazo..
Quince minutos más tarde, en un alojamiento de luces sencillas y buenos acabados, me ofrecen una habitación doble con bañera de hidromasaje y TV. Sí, chinito, sí sí sí, -le digo- lo que digas, no me tenes que explicar la habitación, son las 4:30 de la mañana, ¿te das cuenta? Me la quedo, cargámela a la tarjeta y dame ya mismo las llaves. ¿Hay toallas dentro?
——-
Cuando Ting se queda dormida en la almohada son las 6 y la luz plomiza que entra por el balcón me deja verla sin obstáculos. Le peino el pelo negro como a una muñeca y le huelo la respiración hirviendo. Le beso los ojos cerrados y me pregunto si algún día van a dejar de gustarme las chinas. ¿En qué momento se retira un hombre (un verdadero conocedor), de las chinas?, pienso, ¿A las 101, como los dálmatas?
"No da tiempo para verlas todas", me digo entonces mirando la cara dormida de Ting, menos para salir con todas, siguen naciendo mientras escribo, llorando en camas de hospital mientras dan su primera bocanada de aire. Siguen saliendo de los edificios y de las bocas del metro y de las pastelerías y de las tiendas de sastre. Siguen secándose el pelo con secadoras de pelo, cantando borrachas en karaokes de Linsen y despertando en hoteles con gente que va a lastimarlas después de hacer el amor. Hoy, a 4 de diciembre de 2024, Yo, Tsao Lang, abogado y notario, conocedor, DOY FE: las chinas nunca se acaban.
*Nota aclaratoria: todo esto lo escribo bajo los efectos (todos) de la yellow fever auténtica.









No hay comentarios:
Publicar un comentario