Alguna vez me llamaste, ¿te acordás? Dijiste, creo, que te gustaba mi voz,
que estabas borracha y que tu móvil estaba a punto de morir. Salí a la terraza
muerto de frío para hablar sin despertar a nadie. Mi hermano dormía en la cama
de al lado, después de la mesa de noche. Te dije hablando muy bajo que no había
salido porque no me habían invitado. Me acuerdo del esfuerzo que hice para
estirar la conversación, para que no te despidieras antes de tiempo, para que aguantáramos
hasta que muriera la batería. Se escuchaba un ruido intermitente al fondo,
apenas débil, como si te hubieses metido en un cuarto para hablar por teléfono,
para resguardarte de la música electrónica. Te pensé en la casa de Eme, tal vez
en el cuarto de su hermano pequeño sentada sobre la cama, bajo la iluminación infantil que cuelga del techo. Me acuerdo que
hablamos de cualquier cosa, del colegio, de los profesores; y no pude después
(de esto me acuerdo especialmente) dejar de insistir en cómo habías obtenido mi número o si sabías realmente a
quién estabas llamando. No sé, a veces se puede ser cruel sin intentarlo, Ximena. La
indiferencia es tan directa. Y, ¿sabés?, en ese momento exacto lo pensaba. No
recordaba una sola vez en que hubieses volteado a verme al cruzarnos en el
pasillo o estando en clase, aún después de sentir sobre ti la cobardía de mi mirada. No estoy seguro de haberte dicho eso por teléfono, tal vez habláramos
de otra cosa hasta el momento en que la música se hizo más recia. Alguien había
abierto la puerta de la habitación. Despegué por un rato el auricular de la
oreja y me quedé con el sonido metálico de la madrugada incipiente, de los
camiones que apenas se oían atravesando Vista Hermosa a esa hora de la mañana,
del ruido que emanaba del altavoz minúsculo del Siemens hasta tocar mi cara, o
los ojos que leían en la pantalla "llamada en curso. 8:04, 8:05,
8:06, 8:07". Volví a ponerlo contra mi oreja y entonces escuché a Eme
diciéndote algo que no entendí porque la puerta seguía estando abierta y la
música entraba a chorros en la habitación. Tú, tal vez con el teléfono aún
contra la cara, decías recio que no hablabas con nadie por teléfono, que no tenía
importancia, que se trataba de alguna amiga. La puerta se cerró y esta vez sí pude
oír el portazo. La música volvió a un segundo plano cuando Eme subió la voz y pude
oírlo gritar ronco"¡dame el télefono!, dame esa MIERDA". La llamada
todavía en curso, tu voz de pronto más lejana, como si tuvieras el móvil sobre los
muslos o lo hubieses guardado de vuelta en el bolso. Lo siguiente fue confuso
porque en un momento, desde el balcón, desde el Siemens C55, oí como si restregaras/rasparas
el móvil contra algo, una tela velur, un suelo medianamente poroso. Entonces las
voces de ambos, la tuya y la de Eme, se mezclaron en algo incomprensible hasta el tono minúsculo, brevísimo de la llamada interrumpida. Un dedo sobre “colgar”o
una pérdida total de batería, de tu voz entorpecida por el vino.
Entré otra vez a mi cuarto. Hacía frío. Nunca volviste a llamar.
Entré otra vez a mi cuarto. Hacía frío. Nunca volviste a llamar.
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