Hay una diferencia, ella se acuerda de mis manos en su
espalda.
Hoy que se haga de noche, que caiga negra encima de su
edificio, de su apartamento en el 4to o 5to piso y no haya salido porque probablemente
haya pasado el fin de semana en Bilbao (tan frío, tan opaco, tan borroso) y la
ciudad se le haya antojado corriente, se va a acordar de la piscina, del sol
incesante, de mi cuerpo sin camiseta, de mis manos blancas de crema. De pronto
se planteó salir con alguna amiga al verse tendida en el sofá, sus padres
viendo televisión, ella quizás viendo sus caras salpicadas por la tele, sus
ojos vidriosos viendo lo mismo, y desistió por precisar de una ducha, de
secarse el pelo, de vestirse bien y maquillarse. Sin tener todavía sueño se
despidió tirando un “buenas noches” general a los viejos que sólo entonces despegaron la cara de la T.V. Tal vez el padre insistiera en que se quedara un
rato más, cambiando de programa precipitadamente, creyendo que la razón de irse
a la habitación tan pronto era la falta de un buen programa que ver. Pero el programa
anterior le gustaba, probablemente siempre le gustó y solo no pudo concentrarse
esa noche porque a Salamanca la sentía tan lejos el fin de semana. Se encerró
en su habitación sin lavarse los dientes, tirándose en la cama sin desatar siquiera los
converse o aflojar el pantalón. Pensó, casi podría asegurarlo, en mis manos
resbalando por su espalda baja, separada nuestra piel apenas por una capa mínima de crema solar. Contra la almohada se sintió vulnerable y es muy
probable que tratara de recrearlo todo. Tal vez buscando, alterando todo,
alguna imagen suya acariciándome, tocándome por el cuello. Le costó la noche
entera entender el poder de mis manos en su espalda, la incapacidad de
olvidar los toques, unos más bruscos que otros. Tardó el fin de semana para darse cuenta
que yo tenía ventaja por haberla tocado. Ignoraba, sin embargo, que yo
también la pensaba imaginando sus manos.
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