domingo, 30 de julio de 2017

Dani

Esa noche bauticé como Dani a un perro que dormía siempre afuera, en la puerta de una casa desocupada del barrio La Cumbre de Quetzaltenango, donde hay una fuente que pone municipalidad 1917 en una especie de triste plazoleta construida como para un león cholco retirado de algún circo mediocre; para que se eche en las gradas y parezca imponente al pasar la gente que sube asqueada por 9 avenida en la oscuridad de un pésimo lunes cualquiera.
Al perro le di orillas de la misma pizza que había cenado esa noche. Pisábamos la misma hora y pensé que dormíamos a la misma altura de Quetzaltenango y que estábamos tan solos los dos, con tanto tiempo libre y cosas que pensábamos/queríamos hacer en el mundo. Así que el chucho (dani) se acercó a olisquear las orillas que había dejado a propósito para él esa noche, para poderle dar mi nombre en una ceremonia estúpida al filo de las dos de la mañana.

-Dani,- le dije - Vos te llamás Dani.-

Y se cuadró al escuchar el nombre, ahora se llamaba Dani sentándose erguido y sarnoso sobre sus dos patas traseras, enfrentando las orillas de pizza que le di, pero sin comerlas. 
Así que estuvimos viéndonos los dos un buen rato a un lado de la calle vacía y los carros apuñuscados en fila sobre las banquetas heladas de Quetzaltenango. Y pensaba que Guatemala era una mierda de país, el peor de todos y que nos había fallado tanto a los dos. Y recordaba mucho a Luisa en el apartamento amarillo ese en que vivía en La Cumbre y me preguntaba si el perro también pensaba en alguien. En alguna persona que lo hiciera reflexionar mientras descansaba su cabeza pulgosa en una de las gradas de esa plaza como de circo. Alguien de otro tiempo, alguien contundente, alguien que le atravesara el estómago de rabia y nostalgia. De mucha inquina y aflicción.

En un momento sentí ganas de sentarme con Dani y acariciarlo hasta dormirlo sobre mis jeans. Hablarle quedo, cagándome del frío, pero hablando de cosas que recordaba de pronto, que venían como relámpagos en un proceso inconsciente y sencillo de no pensar en nada. Y hablé de esta vez que estacioné el carro frente a la 13-35 de Oakland y tomé una lata de cerveza entera viendo la puerta color blanco de una casa a la que me habían invitado hace, (MIERDA), muchísimos años para bailar y fumar en la veranda con una niña que quería ser psicóloga y poder decirnos cosas de esa edad estúpida en medio de la música tan alta. Noches que recordaba  atroces volviendo sobre calle Vaguada en España, mujeres que vi flexando los muslos para poder orinar como vacas en la calle y mirar el pipí atacar el asfalto, mojando el polvo y los chicles apachurrados y las colillas naranjas de Malrboro flotando en el líquido caliente que brillaba un poco bajo las farolas.
"Calles de adoquín chorreadas de luz amarilla y perros de cola levantada, un poco como vos, Dani, que atravesaron lado a lado olfateando con violencia vasos rotos de granizadas, bolsas de supermercado llenas de basura y condones como globos pinchados que volaron de la ventana polarizada de algún carro. Dos prostitutas embarazadas que vi tomando una tibia cerveza Gallo  en Jutiapa, sobre las mesas de un prostíbulo derretido por el calor y la histeria. Panzas color chocolate salpicadas por la luz que arrojaba un televisor culón  en Cocales: panzas redondas y  lampiñas alumbradas solo por un episodio de Sábado Gigante. Semen que se enfriaba en unos boxers de cuadritos marca A Selection, en los muslos blancos de una mujer adolescente.

Recuerdo ahora mismo (AHORA MISMO) a un pastor evangélico, Dani, meando contra el aro de un Nissan verde que ahorilló después de Barberena mientras su familia esperaba con las caras morenas y el pelo regado de caspa a través del windshield quebrado del carro. Balnearios deprimentes, toboganes de plástico cocinados por el sol de Guastatoya. Familias que apestaban a crema solar al pasar al lado, y repelente para moscos, a petate, a telas con olor a hojarasca o a monte seco con tierra; camisas agujereadas en las axilas o debajo del ombligo que ponen en letras grandes Daytona 500: Jeff Gordon, 2002. Un resto de lentejas guardadas en un bote de medio galón de helado de Sarita en la refrigeradora. El olor como a sala estadounidense de la Megapaca, indígenas comprando ropa de norteamericanos ya fallecidos, camisas que les vienen enormes y zapatos con la suela gastada solo de un lado, el dorsal de Jordan a la espalda de una playera sin mangas de los Chicago Bulls; pienso en una empleada que vi a través de una vitrina cambiándole la ropa a un maniquí: tan triste Dani, tan triste ver esa mierda. )

Y le dije a Dani que no hay nada más deprimente que unos zapatos para jugar boliche o un borracho alumbrado por las luces altas de un carro, el cantante de los hostales del IRTRA o un travesti con la barba saliendo/naciendo del maquillaje. La mujer de brazos gordos que se besaba con el espejo sacando mucho la lengua en Coco Loco y restregaba sus caderas pequeñas dando breves gemidos en medio de una canción de Don Omar. El abdomen sin blusa de una niña fea respirando una resaca de muerte, atascada en una madrugada densa y desafortunada. La China Godoy, actriz nacional, puerca de mucho cuidado con publicaciones de Hare Krishna, shares de sexo experimental, irresponsable, fotos de veranos cayéndole en la nuca, en el sol tintado de su espalda, en sus nalgas respingadas al pararse sobre las puntas de sus pies diminutos y hacerse una foto en el océano Pacífico de El Salvador; bolsas plásicas y latas de cerveza flotando en la orilla del mar atrás. Calor de todos los diablos.

Divorciadas, Dani, que abren la puerta de sus casas con ojeras de 3 días y aliento a cerveza tibia y se acercan para decir que pasés hasta la sala. 

¿Has visto el payaso gordo de acá de  Xela que se ve a veces regresar por la 12 calle con su mujer y su hijo, siempre con un cartón de telefonía que pone en el anverso con marcador negro: “necesitamos dinero”? ¿Lo has visto vendiendo inflables en el parque? 

Pienso en niñas que se avergüenzan de sus padres y se retuercen del asco y la cólera cuando solo hay zapatos de segunda mano para comprar, cuando han humillado tantas veces a sus papás, gordos  miopes endeudados en camisas de marcas genéricas y crocs rotos, sin el strap de la parte de atrás, frente a ellas y han sentido ganas inmensas de irse a la mierda mil veces, de verlos morir en un accidente de carro o tener hijos que no pasen nunca (ni de cerca) la misma vergüenza de pedir descuentos en todas partes y ser asediados como puercos por acreedores desquiciados, a veces amigos de la familia que los presionan para que paguen lo endeudado y se ríen de ellos a la espalda como demonios alebrestados por la desgracia.

Pienso en las huellas de una gallina en la tierra, el ladrido de los perros en medio del frío, las nubes negras como el diesel de los escapes arriba, y la lluvia inminente que va a regar las cabezas de todas las quetzaltecas de pelo tintado a esa hora en que escriba mirando por la ventana.

Y quise decirle más, como que había tenido muchas mascotas antes pero que él no era de nadie, tal vez nunca lo había sido y eso era quizás lo que más me conmovía, imaginarlo de cachorro moviéndole la cola a los autos estacionados o a las putas de Calle de las Sirenas o a los borrachos que se vomitan sopas instantáneas encima cerca de la Muni. Quise decirle algo así como: la próxima vez que te pase algo bueno abrazálo, Dani. Quedáte con eso y no lo soltés.  Pero Dani ya estaba dormido y yo había perdido tantas cosas importantes en mi vida como para poder aconsejarle algo.
 Así que pasé mi mano estallada cerca de su oreja apestosa mil veces. Le había dado mi nombre, habíamos compartido una madrugada entera y mañana me iba  a recordar. De eso estaba seguro.





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