Era 13 de junio la noche que nos sentamos en el
suelo mojado de un Temazcal. Tenías olor a leche materna y un lunar en el
cuello que no podía dejar de mirar. Me hablaste del papá de tu hijo,
y yo te conté que lo había conocido en una fiesta de la zona 3 de
Huehuetenango, una noche arenosa que regresé conduciendo borracho por caminos de terracería y luego destapamos unas cervezas en los terrenos planos y abandonados del Cambote, cuando ya toda la ciudad estaba dormida.
Eras
muy joven para estar conmigo, para ser tan adulta y tener que enfrentar
problemas legales tan pronto. Él no había querido hacerse cargo del niño, me contaste, y te hizo mucho daño cuando dijo que el bebé podía ser de cualquiera de los que
te habías tirado en la universidad. Te dio nombres propios de sus amigos y
sentiste cómo el estómago y el corazón se encogían con cada apellido que decía.
El día de la audiencia lo viste cuando le sonreía con cinismo al niño que llevabas en brazos y temblaste del miedo porque los dos se parecían muchísimo. Lo odiabas apretando los dientes y los puños bajo la mesa de la sala de audiencias pero se parecían tanto!, y el niño lo miraba con mucha curiosidad con su manita metida en la boca, como si le tuviese miedo y admiración al mismo tiempo. Tú lo viste todo: Él mismo lo estaba reconociendo en ese lugar. Era la primera vez que estaban así de cerca -pensaste-, en una misma habitación, y tú sabías que sus ojos eran los de un padre —esa conexión es imposible de simular— tenía su reflejo, las cosas que el niño un día tendría de él, de su padre, que lo había abandonado.
El juez te dio la palabra y le explicaste que él
estaba casado con otra mujer cuando te embarazó, y la voz se te quebró cuando
trataste de explicarle que ese mismo hombre te había gustado a los diez años,
cuando bajaba del condomino de arriba en una bicicleta roja para verte a ti y
convencerte de que salieran juntos a dar una vuelta. Entonces te encantaba que él pudiera
decir algunas cosas sin ponerse nervioso, aunque fueran realmente jodidas de
decir a la edad que tenían. Tú, por ejemplo, te cagabas del miedo al decir algunas cosas y aunque
querías decirle que te gustaba mucho su nariz y sus manos y las formas raras
que tenía de sonreírte, no podías hacerlo.
Te diste cuenta desde muy joven que
las personas que realmente sienten algo por alguien son las que no logran decirlo, al menos, sin miedo, al menos: diciendo la verdad. Él nunca tuvo temor de decirte las cosas que dijo y eso, con el tiempo,
te dolía. Que no hubiese sentido nada como tú lo habías sentido.
Entonces iban —hace muchos años ya, si me dejas contarlo ahora— a la pequeña laguna de la zona 4 para que él pudiera decirte algo parecidísimo a lo que yo quiero decirte hoy en un temazcal de la Joya, 14 años después de todo aquello. Aunque repetir, te digo, ya no me importa nada, ser apenas parte de la gente que vive diciendo las mismas cosas; una vida diciendo las mismas palabras, y escuchándolas también, sonriendo de lo repetitivo que es todo. Supongo que eso es lo que somos: repetidores de cosas que producen efectos parecidos; reacciones en muestras de personas también parecidas. Una y otra vez, una y otra vez. Decidimos creer en las mentiras de los demás como ellos creen en las nuestras. Es ese el trato: el equilibrio mismo de las relaciones sociales.
Pero era su cara la que viste ese día en los juzgados, la del hombre que te había gustado infinitamente, la suya y la de su abogado, que lo despreciaban todo con solo mirarlo, empezando por las cosas imborrables que hicieron de más jóvenes, tú y ese rubio de 24 años, que era como si en ese mismo momento hubiesen dejado de existir para ti. Sin él, o al menos sin esas cosas que te dijo en el lago de la zona 4 y la forma artificial que había empleado para quererte, había un vacío enorme en tu vida. Sentías el vértigo de estar parada al borde de un pasado precioso, a punto de desmoronarse por completo. Porque te estaba robando las cosas que recordabas con más ahínco, al menos cómo las recordabas cuando lo escuchaste negar ante el juez todo lo que habían vivido juntos aquellos años. Cuando dijo que te conocía de "amigos en común".
El sauna me abrazaba el cuerpo sin camiseta y la cara mientras te escuchaba y pensaba que eras mucho más que los problemas que tenías. Aunque odiaras tener que haber abandonado la universidad, el 3er año de medicina, y algunas borracheras en el parque, mucho más por vergüenza que por oportunidad, pues tus amigas celebraron al mismo tiempo tu desgracia, que empezaba por haber sido más bonita que ellas desde el principio. Ellas se alegraron del encierro que tuviste que afrontar en la casa de tus papás y la vergüenza de tu vientre moreno estirado a reventar cuando andabas por la calle. Esa vez te dije que tener un hijo no era nada malo. Que tenías suerte de tenerlo a tu lado, y tú me dijiste que yo no sabía absolutamente nada de lo que estaba hablando, que no podía imaginar siquiera lo que había sido tener que olvidar cada noche que estaba embarazada. Despertar por la mañana y sentir de nuevo el vientre con la mano bajo la sábana y recordar el lío en que se había metido.
Entonces iban —hace muchos años ya, si me dejas contarlo ahora— a la pequeña laguna de la zona 4 para que él pudiera decirte algo parecidísimo a lo que yo quiero decirte hoy en un temazcal de la Joya, 14 años después de todo aquello. Aunque repetir, te digo, ya no me importa nada, ser apenas parte de la gente que vive diciendo las mismas cosas; una vida diciendo las mismas palabras, y escuchándolas también, sonriendo de lo repetitivo que es todo. Supongo que eso es lo que somos: repetidores de cosas que producen efectos parecidos; reacciones en muestras de personas también parecidas. Una y otra vez, una y otra vez. Decidimos creer en las mentiras de los demás como ellos creen en las nuestras. Es ese el trato: el equilibrio mismo de las relaciones sociales.
Pero era su cara la que viste ese día en los juzgados, la del hombre que te había gustado infinitamente, la suya y la de su abogado, que lo despreciaban todo con solo mirarlo, empezando por las cosas imborrables que hicieron de más jóvenes, tú y ese rubio de 24 años, que era como si en ese mismo momento hubiesen dejado de existir para ti. Sin él, o al menos sin esas cosas que te dijo en el lago de la zona 4 y la forma artificial que había empleado para quererte, había un vacío enorme en tu vida. Sentías el vértigo de estar parada al borde de un pasado precioso, a punto de desmoronarse por completo. Porque te estaba robando las cosas que recordabas con más ahínco, al menos cómo las recordabas cuando lo escuchaste negar ante el juez todo lo que habían vivido juntos aquellos años. Cuando dijo que te conocía de "amigos en común".
El sauna me abrazaba el cuerpo sin camiseta y la cara mientras te escuchaba y pensaba que eras mucho más que los problemas que tenías. Aunque odiaras tener que haber abandonado la universidad, el 3er año de medicina, y algunas borracheras en el parque, mucho más por vergüenza que por oportunidad, pues tus amigas celebraron al mismo tiempo tu desgracia, que empezaba por haber sido más bonita que ellas desde el principio. Ellas se alegraron del encierro que tuviste que afrontar en la casa de tus papás y la vergüenza de tu vientre moreno estirado a reventar cuando andabas por la calle. Esa vez te dije que tener un hijo no era nada malo. Que tenías suerte de tenerlo a tu lado, y tú me dijiste que yo no sabía absolutamente nada de lo que estaba hablando, que no podía imaginar siquiera lo que había sido tener que olvidar cada noche que estaba embarazada. Despertar por la mañana y sentir de nuevo el vientre con la mano bajo la sábana y recordar el lío en que se había metido.
El sueño te hace olvidar todos los
días, me dijo, pero no había forma de terminar con aquello, aniquilar las
mañanas durmiendo. Siempre me tocaba despertar y volverme a enterar de que iba
a tener un hijo, saber todos los días que estaba embarazada.
Le dije que el niño se
iba a convertir en un hombre algún día, uno que no iba a olvidar las cosas que hizo
por él. Alguien que la iba a pensar para siempre. Entonces ella se quedaba
callada viéndose las manos y los pies arrugados por el agua caliente del suelo; estaba
claro que yo no tenía razón, que no podía acercarme siquiera un poco a lo que
estaba viviendo, justamente porque la historia no era mía. Ella sabía que pronto el niño iba a odiar muchas cosas,
empezando por su padre.
Ahora te veo entre la película de vapor que nos separa como la primera vez que te vi caminando en el condominio. O cuando sacaste todo lo que habías aprendido en dos años de medicina conmigo para explicarme por qué había amanecido con un ojo cerrado la mañana de mi mudanza. Para asegurarme que era una conjuntivitis de manual y preocuparte genuinamente mientras nos atrevimos a vernos de cerca, al menos yo con un ojo, y me decías que tenía que tomar antibiótico y colocarme bolsitas de té congeladas en el párpado y esas cosas de los remedios caseros que nunca se me quedan.
Ahora te veo entre la película de vapor que nos separa como la primera vez que te vi caminando en el condominio. O cuando sacaste todo lo que habías aprendido en dos años de medicina conmigo para explicarme por qué había amanecido con un ojo cerrado la mañana de mi mudanza. Para asegurarme que era una conjuntivitis de manual y preocuparte genuinamente mientras nos atrevimos a vernos de cerca, al menos yo con un ojo, y me decías que tenía que tomar antibiótico y colocarme bolsitas de té congeladas en el párpado y esas cosas de los remedios caseros que nunca se me quedan.
Te digo algo hoy sobre todo aquello?
Tenes los ojos gigantes e impresionables de una niña pequeña, Rinka —por si acaso no lo sabías—, y el pelo negro, largo, sedoso de la protagonista del primer libro que leí con el corazón encogido. El mismo que me hizo querer la literatura, que —lo sabes bien—es todo para mí. ,
Se llamaba Carazamba, ese libro, e iba sobre una mujer que había matado a un hombre malo, Rinka como el padre de tu hijo, y te juro que podía ver a esa mujer parecida a ti en esas páginas de Rodríguez Macal, huyendo en lancha hacia el fondo del Petén, remontando el río Pasión, cuando yo solo tenía 11 años. Lo releí mucho después, en el 2013 y la protagonista ya no estaba allí, al menos no la podía ver en esas descripciones nubosas que había leído antes con tanta claridad, y supe que somos como los libros: siempre dejamos de estar para otras personas en el tiempo. O acaso dejamos de ser, que es todavía peor, al menos un millón de veces en nuestras vidas.
Un día pude ver a esa mujer en el libro, que no te dije todavía, la protagonista, que se llamaba María, y también un día creí que no sería nunca capaz de volver a verla. Pero este año, esta noche, ¡en un sauna del norte de Huehuetenango! la puedo tocar si me acerco lo suficiente como para poner mis manos sobre sus muslos sentados en mariposa. Porque te veo a través del vapor, tus rodillas, tus dientes y tus cejas y veo también la camita infantil donde leí esa novela, donde vi tu cara 14 años antes de conocerte en Huehuetenango. Sos lo que pude ver de ella, Rinka, y quiero llorar frente a tus ojos gigantes y tu pelo caliente, y me tapo la boca para no ceder al impulso de gritar: ¡Yo soy dani, María, el pequeño lector de tu trágica historia! ¡Mírame! ¡Te conozco desde pequeño! ¡te quise mucho antes de conocerte!
Vas a decirme que llego tarde cuando ponga mi mano sobre la tuya en el carro, en el camino de vuelta hasta tu casa. Tus ojos querrán llorar con el reflejo de las cosas recientemente perdidas que se arrojan con violencia sobre tus días. Cuando pienses que no tienes ningún derecho a besarme, ni siquiera a querer a otra persona, porque ya has arruinado tu vida.
Yo te diré que nada está perdido en un país donde tampoco somos nadie, donde todo estaba roto desde el principio. Un lugar desafortunado donde nunca ha sucedido nada para nadie. Donde nunca ocurre nada. Donde siempre se puede empezar algo.
En una nota, si es que todavía me atrevo, el día que deje Huehuetenango, te dejaré escrito esto:
Dame besos con los mismos labios que besas a tu hijo, Rinka, y déjame probar tus tetas dulces. Si hay algo que todavía angustia tus noches podes llamarme, yo nunca duermo para las personas que pienso. Puedo decirte mil veces en el auricular de un teléfono que nunca va pasarnos nada, porque pronto, eso te lo juro por Dios, seremos nada, Rinka, los protagonistas de libros que no deben volver a leerse. Desapareceremos del mundo, Rinka ¡Es la única vocación que tenemos!
Tenes los ojos gigantes e impresionables de una niña pequeña, Rinka —por si acaso no lo sabías—, y el pelo negro, largo, sedoso de la protagonista del primer libro que leí con el corazón encogido. El mismo que me hizo querer la literatura, que —lo sabes bien—es todo para mí. ,
Se llamaba Carazamba, ese libro, e iba sobre una mujer que había matado a un hombre malo, Rinka como el padre de tu hijo, y te juro que podía ver a esa mujer parecida a ti en esas páginas de Rodríguez Macal, huyendo en lancha hacia el fondo del Petén, remontando el río Pasión, cuando yo solo tenía 11 años. Lo releí mucho después, en el 2013 y la protagonista ya no estaba allí, al menos no la podía ver en esas descripciones nubosas que había leído antes con tanta claridad, y supe que somos como los libros: siempre dejamos de estar para otras personas en el tiempo. O acaso dejamos de ser, que es todavía peor, al menos un millón de veces en nuestras vidas.
Un día pude ver a esa mujer en el libro, que no te dije todavía, la protagonista, que se llamaba María, y también un día creí que no sería nunca capaz de volver a verla. Pero este año, esta noche, ¡en un sauna del norte de Huehuetenango! la puedo tocar si me acerco lo suficiente como para poner mis manos sobre sus muslos sentados en mariposa. Porque te veo a través del vapor, tus rodillas, tus dientes y tus cejas y veo también la camita infantil donde leí esa novela, donde vi tu cara 14 años antes de conocerte en Huehuetenango. Sos lo que pude ver de ella, Rinka, y quiero llorar frente a tus ojos gigantes y tu pelo caliente, y me tapo la boca para no ceder al impulso de gritar: ¡Yo soy dani, María, el pequeño lector de tu trágica historia! ¡Mírame! ¡Te conozco desde pequeño! ¡te quise mucho antes de conocerte!
Vas a decirme que llego tarde cuando ponga mi mano sobre la tuya en el carro, en el camino de vuelta hasta tu casa. Tus ojos querrán llorar con el reflejo de las cosas recientemente perdidas que se arrojan con violencia sobre tus días. Cuando pienses que no tienes ningún derecho a besarme, ni siquiera a querer a otra persona, porque ya has arruinado tu vida.
Yo te diré que nada está perdido en un país donde tampoco somos nadie, donde todo estaba roto desde el principio. Un lugar desafortunado donde nunca ha sucedido nada para nadie. Donde nunca ocurre nada. Donde siempre se puede empezar algo.
En una nota, si es que todavía me atrevo, el día que deje Huehuetenango, te dejaré escrito esto:
Dame besos con los mismos labios que besas a tu hijo, Rinka, y déjame probar tus tetas dulces. Si hay algo que todavía angustia tus noches podes llamarme, yo nunca duermo para las personas que pienso. Puedo decirte mil veces en el auricular de un teléfono que nunca va pasarnos nada, porque pronto, eso te lo juro por Dios, seremos nada, Rinka, los protagonistas de libros que no deben volver a leerse. Desapareceremos del mundo, Rinka ¡Es la única vocación que tenemos!

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