Sé que en el circo de la vecindad están en medio de la
última función de las 8 porque escucho al presentador (la voz deprimente del gordo que usa un mismo saco blanco todas las veces, amarillento por
debajo de las axilas), que yo mismo vi de cerca la semana pasada en el horario
de ahora, diciendo con una voz muy grave y estomacal, de locutor estentóreo,
diciendo: ¡Con ustedeeeeeeees... Chico Barrios! ¡El hombre del brazo de oro! O ¡Martinnaaaa... aerealisssssssssta!
Llama a cuatro o cinco acróbatas más en el micrófono y finalmente, terminado el intermedio de las 8:40, lo que me cagaba del miedo aun después de varios días de haberlo visto: escuchar al presentador gordo anunciar "El Péndulo de la Muerte".
Llama a cuatro o cinco acróbatas más en el micrófono y finalmente, terminado el intermedio de las 8:40, lo que me cagaba del miedo aun después de varios días de haberlo visto: escuchar al presentador gordo anunciar "El Péndulo de la Muerte".
Suena esa canción de "Sweet Child O' Mine"
de Guns and Roses hasta mi habitación y dejo inmediatamente la lectura, ya no
puedo concentrarme en nada más que no sea el circo y las manos me empiezan a
sudar. Sé que una persona se está jugando la vida porque el domingo que fui a
ver el espectáculo un tipo casi muere al caer de 14 metros de altura sin ningún
tipo de colchoneta, red o protección. Un infeliz que en el último momento logró
sujetarse a la estructura metálica con una sola mano y el público, igual que
el presentador gordo, gritaban despavoridos.
La familia que tenía
sentada al lado, dos niñas pequeñas con sus hot dogs atiborrados de mayonesa a
punto de caerse en el graderío, y sus padres, jóvenes cobardes de no más de treinta años, agacharon
juntos la cabeza para no mirar. Para no mirar en familia.
Morir frente a un público de Huehuetenango en
medio de la tristeza, del ambiente deprimente de un circo con olor a poporopos ensalivados, pasto seco y madera de pino, eso es, creo, el pensamiento que le
salvó la vida a ese pobre hombre y le permitió sujetarse a la estructura con
fuerza. Cualquiera prefiere morirse en un baño o en un parque solitario, tirado
en un arbusto o viendo la televisión en el salón de su casa. Morir en el campo
de tierra alquilado de la calle del estadio en la zona 8 de Huehuetenango debe
ser la peor muerte de todas. Y es que si resulta, como en este caso, que igual no mueres (estando cerca de irte del mundo en la ejecución de una estúpida
acrobacia), nadie va a recordar la fecha ni el riesgo de lo que hiciste. La
forma de darle una toreadita a la muerte, como esa noche que vi el espectáculo.
Sweet Child of Mine suena tres veces al día en
esta ciudad. Son 3 funciones del circo, 3 veces que un hombre se juega la vida por poco dinero y el
aplauso de la gente pobre. Solo espero que el circo se vaya muy pronto de este
lugar.

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