*Parda: mujer de filipinas. Del “filiparda”, parda. Elaboración propia para poder referirlas en público.
E: Ahí viene una parda bajando las gradas.

Parte I. El viejo de la muerte civil
-No podes acabar tu vida sin haber visto Manila, Las Filipinas-, le dije a un viajero pelón en Bangkok. En su cara arrugada y en sus ojos azules se podía mirar el tiempo. Lo conocí en un evento de viajeros en una plácida azotea con mesas de picnic, bombillas colgando de un cable y bar americano, a unos 5 minutos de la estación de Phrom Phong.
-Tesoro del imperio español una vez - le dije saborenado las palabras. -Ahora tesoro de quienes tienen la suerte de llegar. La maldita Atlántida, hermano: las putas Filipinas. El premio de americanos, europeos y canadienses que ya han experimentado la muerte civil en sus países.
Al viejo le gustó lo que dije, eso de “la muerte civil”, lo saboreo en el cerebro sin decir nada.
-¿Ese es tu país, no? Estados Unidos -le dije.
-Am American, yeah, -dijo.- New Yorker -y el pelón sonreía poniendo la boquilla de su cerveza contra los labios sonrientes, como una trompeta.
Habrá tenido buen estilo para beber cuando estaba en la universidad, pensé. Pero también, todo termina.
-¿Cuántos años tienes? -le dije despreciándolo un poco mientras le ofrecía un cigarro de los míos para matarlo antes de tiempo. Podes ser de Nueva York y lo que quieras pero eso importa un pito cuando ya eres viejo.
El cabrón miró el paquete de cigarros un buen rato, tentado. Dijo que no poniendo cara de agobio. Sé lo que pensaba: Después de conocer el cielo del Asia pobre se quiere vivir más tiempo. Dejar de fumar a cambio de vivir un par de días extra en el paraíso húmedo de Tailandia, Vietnam o Filipinas parece más que razonable. El viejo había vuelto a amar el mundo, había nacido de nuevo e intentaba arañar un poco más de tiempo sobre la tierra. Unas cuantas noches más sobre el asfalto sucio de Bangkok.
-¿Que cuántos años tengo? -dijo despegando los ojos con dificultad del paquete de cigarros abierto, volviendo a mirarme con sus ojos azules cansados.
Subió los hombros.
-Qué más da, hombre -dijo-. Digamos que algunos de mis amigos ya han muerto, otros han enfermado, se han vuelto locos de remate, ¿sabes? del tipo que se cagan encima en un pañal, y yo me he salvado por los pelos de que me reviente una arteria. Ya sabes, cosas de la mala vida, la pésima dieta, los vicios, el estrés, mi segundo matrimonio, los abogados… Mierda. Los putos abogados...-
Se aclaró la garganta con un trago de cerveza y pude ver las burbujas a través del envase oscuro de Tiger.
-A los 50 has muerto ya para la sociedad norteamericana -dijo- En eso tienes razón. Estados Unidos es una mujer. Una perrita de lo más puta que hay. Te ama hasta antes de los 50. Después te desprecia.
El viejo sonrió y se quedó pensando en lo que dijo, miró arriba los focos de luz que colgaban de su propio cable. Dio otro trago mientras asentía y pensaba a la vez.
-Has muerto pero sigues vivo, ¿sabes? Algo de locos. Las mujeres y los jóvenes americanos ya ni siquiera escuchan cuando hablas, ni cuando pasas cerca de ellos en los pasillos. Estornudas y nadie dice “salud”, “bless you”. Eres un espíritu con pantalones anchos de Old Navy y zapatos cómodos del Skechers. Sigues queriendo tener las cosas que te dio América una vez. Ya sabes, la libertad, la locura, la puta belleza, los brazos musculosos y buenos pectorales para quitarte la camiseta en el verano. Quieres el bronceado y la saliva de una rubia, pero el país te cierra las puertas en las narices cuando ya no le atraes, cuando ya no se empalma contigo.
De nuevo empinó la botella dejando un círculo perfecto de cerveza en sus labios.
-Un día ya no te mira nadie en la calle y tu propio país solo espera el día que mueras porque ya ni siquiera generas renta. ¿Una mujer mirándote la boca?, santo cielo!, eso ya no va a ocurrirte en la vida!, y a veces intentas recordar quién fue la última mujer que te miró con deseo, su nombre completo y su rostro, y la bendices mil veces por dentro. Quieres llamarla para darle las gracias y decirle que la amas y esas cosas. Quieres recordar lo que se sentía ser amado por alguien, metérsela a alguien que ya se lo había imaginado antes.
Me fijé que tenía las manos rojas e inflamadas de beber tanto. Los pies, las rodillas y los tobillos hinchados. Sin duda, un alcohólico de verdad, de los de antes. De sus orejas grandes y del cuello de la camisa salían pelos blancos que contrastaban con la piel enrojecida. Vellos rebalsándose del pecho.
-Tailandia me ha dado una segunda oportunidad – dijo-. Un apartamento de 500 dólares al mes en Sukhumvit, bistecs de ternera 3 días por semana, masajes con final feliz de 15 dólares, cerveza de buena calidad y mujeres para llevar al cine los domingos que tienen la mitad de mi edad y que están encantadas de pasar la noche conmigo. Son pobres, conocen la vida de mierda, la han visto de cerca, la han aceptado, la han manoseado y olisqueado, y ahora son lo mar de agradecidas. Con muy poco las haces felices, ¿sabes? Mis ronquidos apenas las perturban cuando se estiran como gatas en mi pieza y tiemblan con el aire acondicionado del cuarto. Ni siquiera les importa usar el baño cuando acabo de entrar a cagar, como si ya no sintieran el olor de la mierda.
-¿Me das un cigarro? – dijo el viejo al fin, estirando dos dedos arrugados y gordos hacia el paquete abierto sobre la mesa. Temblaron hasta que tomé la cajetilla y se la acerqué.
-Adelante, todos tuyos – le dije.
El viejo encendió el cigarro en un segundo y aspiró la colilla como si su vida dependiera en ello, se rascó la cabeza con el pulgar y sopló el humo por la nariz, hacia abajo, entre los pelos del pecho.
-Ya sé lo que dirás -dijo sacando otra columna de humo.
-Que esas mujeres me aman solo por mi pasaporte yankee y por el dinero que cobro de mi jubilación. -El humo se le salía por los dientes al hablar-. Pues claro, hombre, no te jode, no soy tonto. También soy un cabroncete, eh? no te creas. Y te digo algo que tal vez ya sabes: Yo solo las amo a ellas por su juventud y sus nalgas y piernas morenas y las mamadas que me hacen. Los dos somos superficiales, ¿entiendes? pero ellas actúan el amor y yo me lo creo todas las veces.
Le sonreí. Me preguntaba si yo mismo habría de seguir su camino. Acabar a los 60 o 70 como él, bebiendo cerveza con alguien de 30 en el Asia pobre, durmiendo en un apartamento de 500 dólares en Sukhumvit con una tailandesa desnuda de pelos anaranjados para abrazar en la noche.
-Espera que vayas a Filipinas - le dije entonces, antes de despedirme de él para siempre. -Te matará antes que Tailandia, pero te irás sin darte cuenta, suavemente, de la mano de una parda. En tus labios tendrás esa sonrisa.
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