"Me gusta pensar que sos la recepcionista de mi hotel, y cómo te hablé en el lobby!, maldito lobo, y te pedí tu número y te dije no toques mi celular ni el tuyo para darme tu número. No quiero que tengas problemas con tu jefe, no quiero que te vean las cámaras tocando mis cosas. Anótalo en un papel y déjalo allí, en la orilla del escritorio. No te preocupes, lo recogeré luego, ya lo tomaré yo, solo dame un número real, ok? No quiero llamar y que me conteste un gordo desconocido en Bohol o Siargao. Dámelo ahora que no hay nadie mirando".
Parte 4. Cebú. Valentines day. Día del amor. Día de la amistad. El amor de mentiras puede ser verdad.
Hay pardas que son chinitas. Blancas y de pelos negros, lisos, oscuros. La recepcionista de mi hotel en Cebú, por ejemplo, es de esas, y después de hacer el check-in mirándola todo el rato en su escritorio mientras chupa un lapicero de plástico y la oigo teclear deliciosamente en su computadora desktop (haciéndome cosquillas el cerebro), y la veo levantarse para sacar una copia de mi pasaporte agachándose sobre el scanner, pienso que hasta puedo llegar a quererla. Se sienta de nuevo. Le veo los pies blancos jugando en la silla de oficina que tiene, los talones afuera de los zapatos negros entrando y saliendo del forro. Me rebalso de deseo.
-Tienes ascendencia de china, ¿no? -le digo entrecerrando los ojos para verla mejor en la luz brillante de la recepción.
-All the time Sirrrr. Todo el tiempo -me dice componiéndose el pelo, poniéndolo a volar un poco con la mano para que yo vea todo lo liso que es.
-Todo el tiempo me confunden -dice-. La gente cree que soy japonesa o coreana. Es porque tengo el pelo muy negro y la piel muy blanca.
-Are you single? -le digo, y es 13 de febrero la noche que se lo digo sonriendo como un lobo, interrumpiéndola, cuando le pregunto si es soltera en el lobby. Es el Cumpleaños de mi hermano pequeño. Más tarde le escribiré. Pero mañana es el día del cariño y quiero que esa china parda pase la noche conmigo. No puedo pensar en nadie más.
-¿Que si estoy soltera? - Dice la recepcionista tocándose el pelo, abriendo la boca, alcanzando el lapicero chupado en el escritorio, mirándome desde su silla giratoria de recepción, moviendo los hombros de lado a lado como una niña nerviosa que nunca enfrenta preguntas de esas.
-Sí -le digo sin miedo. -¿Are you single? -Porque la pregunta de si es soltera es mucho mejor que la de "¿tienes novio?" No vale nunca la pena sugerir lo que no se quiere escuchar.
La recepcionista no contesta de inmediato, ha mirado primero hacia la puerta para comprobar que el botones siga afuera atendiendo la entrada, hablando con un vecino que lava su carro en calzoncillos en la calle de enfrente. Luego se voltea para ver que estemos solos en el lobby.
-Yes, am single - dice volviendo a mirarme.
-Dame tu número. -le digo entonces, de nuevo, sin miedo. Estoy seguro que puede ver que no tengo miedo y eso le gusta: verme los dientes en la luz mientras le sonrío tranquilo. -Quiero invitarte a salir. Quiero que seas mi Valentines.
-Ok- dice después de una pausa, extiende su mano para que le dé mi celular.
-Anótalo en un papel -le digo entonces. No toques mi celular ni el tuyo. Anota tu número en un hoja y déjala allí, en la orilla del escritorio...
- - - - -
El día siguiente (14 de febrero) la recepcionista salió de turno a las 3 de la tarde y fuimos a comer a un restaurante japonés cerca del IT Park. Había basura de flores, papel de regalo, celofán y confeti regado por la calle. Los enamorados habían terminado ya de almorzar y todos los comercios parecían vacíos. Los empleados agotados del restaurante japonés tuvieron que joderse y atendernos de todas maneras.
Ocupamos una mesa larga de bambú y me senté al lado suyo para verla por primera vez desde tan cerca, comprobando lo bonita que era aún sin el uniforme del hotel, con un peinado diferente al que tenía la tarde anterior. Tenía puesto un vestido corto de verano que me dejaba ver sus muslos y que juntaba sus pechos en el escote.
Pensé en los piecitos descalzos de la filipina en la recepción jugando con la silla y eché un vistazo para verlos. Allí estaban, metidos en unos tacones pequeños color blanco y sin querer, entre sus piernas pálidas, vi un centímetro de sus calzones rosados bajo el vestido.
Ordenamos . Hiyashi Chuka para mí, TanTanMen Ramen para ella.
-¿Hace cuánto que trabajas en el hotel? - le dije mientras metía su cuchara en la sopa aceitosa de la entrada.
-1 año - dijo, pero he trabajado con ellos antes. En ventas, "sales". He vendido varias de sus unidades.
-¿Qué quieres decir con unidades? ¿Venden habitaciones de hotel? ¿A perpetuidad?
-Sí -se secó la boca con una servilleta de tela que dejó manchada de labial. - Hay suecos, noruegos, americanos y británicos que compran habitaciones para vivir en el hotel, ¿no los has visto subiendo y bajando del ascensor? Hay unidades equipadas con cocina, lavandería y estudio. Son hermosas.
Sí los había visto antes, pero no le dije nada. Solo le sonreí. Había hablado con uno de esos viejos esa mañana, un canadiense que entró al hotel con una filipina de piel oscura y dientes largos sujetada de la mano, tal vez de 25 o 30 años, del tipo aborigen. El canadiense, de unos 70, estaba nervioso y emocionado de tener una mujer joven para agarrar de la mano y subir a su habitación, podía mirarle en los ojos a ese cabrón que se estaba sintiendo un muchacho de 20, un adolescente emocionado por mirar entre las piernas a una mujer. Se dejaba arrollar de nuevo por el amor de alguien joven, volviendo a tener un Valentines acompañado, aunque ese amor fuera solo de mentiras.
Vi a la recepcionista a los ojos, que intentaban mirar en los míos lo que estaba pensando y casi le digo lo que tenía guardado en el coco: "No quiero ser uno de esos viejos, mi amorrrrrrr - con esas palabras y todo. -Malditos asquerosos, te lo juro!, a veces me veo en sus ojos y me compadezco . Envidian mis 30 y yo le tengo pavor a sus 70. Espero estar muerto para entonces, ¿sabes? cuando ya no quede nada en mí que una mujer pueda amar sin engaño. Cuando nadie pueda amarme de verdad (cuando ya no puedas mirarme con esos ojos con los que me estás viendo ahorita). Cuando ya no puedas desearme quiero estar enterrado.
-Así que estuve antes en ventas -dijo la recepcionista para sacarme de mis cavilaciones internas-, pero las comisiones no son demasiado buenas. Los propietarios del hotel son chinos, ¿sabes? de Sichuan y son unos miserables cuando quieren. Por eso prefiero estar en recepción, me entretengo y luego solo cobro un salario fijo sin más.
No hablamos nada importante durante el almuerzo y al terminar, saliendo de allí, la llevé bajo el atardecer rosado que nos hizo al Pipeline, atravesando todo el It park a pie, andando sobre la hierba seca.
Dejamos que nos atardeciera con una cerveza fría en la mano y ya no me sentía triste de estar en el Pipeline de nuevo, ya no pensaba más en Shiori, sino solo en aquel Valentines precioso con la recepcionista del hotel mirándome a los ojos de cerca, espulgando lo distintos que éramos.
-¿De qué color son tus ojos, Dani? -dijo.
-No importa -le dije. Nunca me fijé en los ojos de los demás. Nunca los encuentro hermosos. Ni siquiera los míos.
Me di cuenta entonces de que no me sabía su nombre. La había guardado en mi celular solo como "Stay City Hotel Cebu".
-Oye -le dije nada más, sin nombre, cuando ya se había hecho noche dentro del Pipeline, en el área exterior para fumadores, y nuestra mesa estaba tapizada de envases vacíos de cerveza.
-Quiero beber hasta estar ciego y quiero que pases la noche conmigo. -la tomé de la mano por primera vez y la sentí ligeramente sudada y temblorosa. - Eso me haría la persona más feliz de Filipinas. El hombre más feliz del mundo.
La recepcionista asintió con la cabeza, me agarró la otra mano y la sentí también fría y sudada. Su manita mojada, su sonrisa apretada. Su corazón se aceleraba.
-Cualquier cosa, Dani. -dijo- Eres mi Valentine, ¿no? -
-Sí mi amor "yes mi amor" -le dije, y le besé la cabeza de pelos negros y le expliqué lo que quería decir mi amor en español. Se puso roja. "mi amorrr" -repitió.
Me he vuelto jodidamente bueno con los mujeres -pensé entonces, levantando la mano para pedir una última ronda de Red Horse para mí y San Miguel Light para ella.
Estar bolo hablando con una parda -me dije mientras miraba el anochecer borroso detrás del techo abierto y el mesero traía las cervezas heladas y las ponía sobre la mesa y yo ponía mi mano en la rodilla desnuda de la recepcionista. ¿Hay algo mejor que eso en el mundo? Estar atontado bebiendo con una mujer hermosa. Estoy convencido que no hay nada mejor que eso.
-Hey ya te has dado cuenta!? No podemos entrar al hotel -dijo la recepcionista poniéndose de pronto nerviosa, como si no hubiera pensado en eso en toda la tarde. -Van a reconocerme mis colegas, conozco muy bien a la gente que turna en recepción a esta hora. Debe ser Sophie quien está de turno, me reconocería de inmediato ¿Qué hacemos?!
-Pues te pongo un casco de moto - le dije sonriendo. -Compramos una mascarilla y unas gafas de sol en un 7 Eleven y se acabó el problema, subimos a mi cuarto sin que tus colegas puedan reconocerte. Sin que sepan que me estoy llevando a la recepcionista del hotel a mi cuarto. ¿Crees que pedirán alguna identificación al entrar?
-Sí -dijo apretándome la mano nerviosa, sus pupilas chinas con un puntito de luz encima -lo hacemos con toda la gente que no está registrada. Les pedimos una identificación.
-Oh, vamos! por supuesto que estoy bromeando, mi amor! -le dije cuando la recepcionista se estaba imaginando la escena del hotel y la humillación de ser descubierta por sus propios colegas acostándose con un huésped.
-Pienso rentar un cuarto en el hotel más cercano que tengamos de aquí, el que sea -le dije-. Veremos lo que nos muestra Booking.com a un paso de aquí. -La recepcionista me besó deslizando toda su lengua en mi boca.
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Esa noche del 14 de febrero todos los hoteles estaban llenos excepto uno a dos cuadras del hotel donde nos conocimos. Nos registramos y subimos a una habitación con vistas a la ciudad en el 7o nivel. No había decoración del día del cariño, pero había una botella de vino tinto y una mesa para dos con mantel rojo.
Puse un concierto de Coldplay en la tele y bebimos del minibar.
-Nunca he sido más feliz en toda mi vida, mi amor -me dijo con las luces de la ciudad entrando por la ventana, salpicándole los ojos chinos dentro del cuarto oscurecido.
-Sí? -le dije besándole el pelo, hablándole a través de su melena coreana. -Te había deseado desde el momento en que entré al hotel, cuando le sacaste una copia a mi pasaporte echándote encima del escáner, y te deseo esta noche mucho más de lo que crees.
-Yo también me fijé en ti -dijo. -Me aprendí de memoria el nombre de tu pasaporte, sabes? y tu cumpleaños. Sé que eres apenas dos años mayor que yo. Estaba deseando que me hablaras y me morí del susto cuando me invitaste a salir en el lobby.
Jodido Valentines Day -pensé al filo de la madrugada con el concierto de Coldplay todavía reventando bajito en la tele, los calzones rosados de la recepcionista descansando en sus tobillos y yo de rodillas frente a sus muslos abiertos- EL AMOR DE MENTIRAS PUEDE SER VERDAD.



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