domingo, 16 de marzo de 2025

Filipinas. MI AMOR NO TIENE FIN (III) CEBU. Recuerdos de Mango St. Shiori, mi amor, japonesita. Valentines day. Día de la amistad. El amor de mentiras puede ser verdad.

 Los filipinos creen en Dios (pit señor) pero Jesús no está en Filipinas, ni vive en sus corazones: no mira más hacia Manila. Ha apartado su rostro de ellos para siempre y sus catedrales y súplicas al Santo Niño más bien parecen llamarlo de vuelta. Es como si en los rezos no pidieran un milagro, sino, solo, de nuevo, su presencia. Un auxilio, un destello de su gloria.





Parte III.  CEBU. Recuerdos de Mango Street. Shiori mi amor, japonesita. Valentines day. Día de la amistad. El amor de mentiras puede ser verdad.


No me gusta cómo me siento en Cebú, pienso. Me espanta las cosas que soy capaz de hacer allí, especialmente en el área de Mango, donde da un poco de asco la decadencia y me dan ganas de no voltear a ver hacia los viejos que hablan con las niñas afuera de los bares. Hijos de puta, pienso. Pero qué culpa tienen, quién sabe el monstruo en que habremos de convertirnos en la vejez. Nadie está exento de convertirse en un desconocido. El futuro puede sorprenderte trayéndote frente al espejo a un extraño de verdad y entonces sí, a joderse. O te abrazas o te matas tirándote de un puente. Más vale que te abraces. Aceptar desde ya el viejo en el que habrás de convertirte. Lo que sea que me depare el futuro, Pit Señor, lo acepto desde ya.

En Cebu la perversión / el deterioro moral es grave. La ropa es muy barata, las calles muy oscuras y las mujeres de vida nocturna se mueven en las madrugadas pegajosas de Cogon Ramos con el pelo tieso oliendo a humo  de motocicletas, haciendo ruido con sus boconas de monas pelirrojas al reírse, y los tacones arañan el cemento de las mismas avenidas que han caminado por siempre. Los zapatos se gastan en círculos.

Una pelona hace caca frente a mí en una banqueta del Queen´s Road. Parece un helado saliendo del dispensador. Sus nalgas se ven pálidas bajo el vestido averiado de fiesta. Al terminar se sube las bragas y se cala el bolso al hombro como si nada, ningún problema. Sigue andando hacia la puerta de un bar donde pronto entablará una conversación risueña con un foreigner que le ofrecerá un cigarro para empezar a charlar despacio. Alguien en la madrugada, un desafortunado, habrá de pisar su mierda esa mañana. Otro desafortunado le acabará haciendo el amor.




- - - - - 

En la terminal única del aeropuerto de Puerto Princesa abordo mi vuelo en mitad de la misma lluvia torrencial que tuve noches antes con Hannah. Sorprendentemente, ningún vuelo ha sido cancelado en lo que va del día y tengo suerte de abordar el avión sin retraso. Mi ticket es para Davao (destino final) con llegada a las  9 de la noche, pero en la breve escala de Cebú, después de una breve conversación en el avión, decido impulsivamente no tomar el vuelo de conexión y quedarme allí, en Mactan, con el billete de Davao arrugado en el bolsillo.





De pronto estoy en la bahía del aeropuerto esperando un Shuttle para el North Bus Terminal de Cebú City. Algo que ya hice una vez, en enero del 2023. Sm City, Mabolo,  Juan Luna Ave. Todo vuelve a mi memoria sin esfuerzo. ¡Cuánto he amado mi vida! ¡Cuánto he amado las Filipinas!


Da igual no haber tomado el vuelo de conexión, me digo mientras espero el bus y platico conmigo mismo en la parada. Una señora que tenía sentada al lado en el avión me dijo que Davao es el sitio más civilizado, ordenado y limpio de las Filipinas. "No parece Filipinas" me explicó orgullosa de su ciudad, "La gente allí vive vidas más tranquilas y rectas. Menos vicios y tonterías. Más trabajo y honestidad, menos holgazanería y depravación; no tanto borracho, sabe?". Y quise besarle las manos para agradecerle esa información tan valiosa, pues esa no es la Filipinas que quiero encontrar! Quiero el caos, el riesgo, el desvelo. La Filipinas que puede matarte en 6 meses.


 Me encontré a la señora luego en el pasillo de conexiones del aeropuerto en Cebú y me llamó con la mano para indicarme que la puerta de embarque para los transfers domésticos estaba del otro lado, "aquí es la conexión de Davao" -me dijo sonriendo,  "sígueme, embarcaremos en la puerta 10", creyendo que yo me había perdido cuando enfilé hacia el pasillo de salida del aeropuerto. Me quedé parado mirándola, sonriéndole de vuelta. Adiós, le dije también con la mano, que tengas un buen viaje hacia Davao, y la sonrisa desapareció de su rostro cuando entendió que había escogido permanecer en Cebú.







Nunca he reservado un hotel anticipadamente en toda mi vida. Siempre reservo hasta que llego a los lugares y los huelo bien, los camino un poco, me pido una cerveza para medir el ambiente. Pero esta vez ya conozco Cebu así que me adelanto.


Saco mi celular mientras voy en el shuttle del aeropuerto hacia la estación más crercana del centro. Booking.com.  21 dólares y ya tengo un apartamento en Mango Street con piscina y gimnasio en el piso 28, algo que decido apenas mirando las fotos y los detalles del alojamiento, comprobando solo la dirección en el mapa: "Fuente Osmeña/ Mango Street". En menos de un minuto estoy en el teléfono con la propietaria del alojamiento  para que me indique cómo jodidos entrar  a esa hora de la noche.


-¿Daniel? ¿Daniel Castillo? -dice en la llamada de Whatsapp. -Tengo tu número guardado. Te has hospedado antes en una de mis unidades, ¿no es cierto?


-Pues tiene que ser eso -le digo. -¿El apartamento que acabo de reservar está en el Horizons 101? -


-Ese mismo -dice, y sé que sonríe en el teléfono cuando lo dice. Es la voz de una gorda que sonríe en el teléfono.


-Entonces sí -le digo, sorprendido de recordar ese nombre de la nada: "horizons 101, el edificio más alto de Mango". -Mucho gusto de nuevo... (veo su nombre en la reservación) Patricia. Encantado de saludarla, Patricia. Estuve aquí en enero de 2023, ¿sabe? para Sinulog, y tuve que haber rentado una de sus preciosas unidades. Muy cómodas sus unidades. -


-¡Hey muchas gracias!- dice la gorda.


Pienso en el Horizons 101 y me sudan un poco las manos  de nostalgia. Mierda, Dani, cuando aquel enero te ocurrió el festival de Sinulog con Shioiri, la japonesa, y dormiste primero en su hotel (el Crowne Garden la noche que la conociste intoxicado) y luego en aquel edificio de Mango St con ella. Horizons 101- mierrrrrrda. ¿Debería solo colgar y cancelar la reserva, rentar una moto y alejarme tres horas de Cebu City para no pensar en eso? Caer a Carcar o Daanbantanyan antes del amanecer??


-Llego en 15 minutos, Patricia -le digo. -Estaré en el lobby en exactamente 20 minutos, ok?. -La voz no me tiembla pero las manos siguen sudando.










 EL RECUERDO TRISTE DE SHIORI

Me quedo en el mismo edificio en el que Shiori durmió conmigo y eso me pone triste. ¿Será la misma unidad? -me digo después de recibir las llaves en el lobby y esperar el ascensor que sube desde el sótano.  Estoy casi seguro que no, tendría que ser mucha casualidad. Ya ni siquiera recuerdo en qué piso estaba el que ocupamos juntos aquel enero.


Abro la puerta y enciendo la luz del apartamento esperando encontrarme de frente con un trozo terrible del pasado, y el de Shiori, algo nuestro, pero para mi suerte la unidad que tengo esa noche es distinta a la que tuve en el 2023. Esta tiene la cama pegada a lo largo de la ventana y con Shiori recuerdo que veíamos la ventana justo sobre nuestros pies descalzos al final del colchón. Japonesa linda, te extraño tanto.


Cebú me pone triste, pienso de nuevo mientras me rasuro en el baño, que es idéntico al de la unidad que renté en 2023, con la ducha de azulejos blancos y un cubo de plástico para recoger el agua con el que Shiori hizo algunas bromas de gente pobre, duchándose como china sencilla, a guacalazos. 


Salgo del hotel para bajar al lobby y prender un cigarro y hasta el maldito ascensor del edificio Horizons 101  me pone triste. Miro la piscina donde Shiori intentó nadar y se cagó del frío, donde le puse una toalla alrededor de la espalda y se metió entre mi pecho ("hug me tight danito, am shivering"), con la vista perdida abajo, en la iglesia católica  cruzando la calle y los clubes nocturnos del paseo comercial, saboreando el clima del trópico en el que hicimos el amor varias veces.


Esa noche, después de cenar medio kilo de lechón, intento dormir en el apartamento de Horizons 101 con el aire acondicionado a tope y no puedo conciliar el sueño, tengo los ojos abiertos mirando el techo. Me visto, me pongo los zapatos y pido un uber al IT park, al Pipelne del centro empresarial, que es el sitio donde conocí a Shiori hace más de dos años. 

En el Uber me imagino que voy a encontrármela de nuevo y lo primero que hago al llegar es buscar la mesa en donde nos conocimos. Soy tan tonto que hasta voy un poco nervioso, como si hubiera una posibilidad de encontrarla en el mismo lugar de nuevo, sentada en la barra, esperando mil veces a conocernos. 

Ya no somos nosotros ocupando esa mesa, pero es la única que sigue desocupada  cuando entro en el Pipeline y me siento allí con una cerveza a recordar cómo fue todo. Hay una barra en el medio donde recuerdo que la vi ordenando de espaldas por primera vez, sentada en un taburete con los hombros descubiertos en un vestido, mirando el menú de bebidas, antes de invitarla a ocupar la mesa donde ahora la pienso.

Después de 7 cervezas le escribo. Le tomo una foto a la barra del Pipeline donde nos conocimos y se la mando.


-Aquí te conocí – escribo por Whatsapp.


Lee mi mensaje en menos de diez segundos, después de dos años de no vernos.

-¿Por qué nunca estás aquí cuando quiero verte? deberías quedarte para siempre en las jodidas filipinas -le escribo sintiendo la cerveza en los ojos. -Me deberías dejar encontrarte siempre aquí, en enero. Vendría todos los años a conocerte.

-¿Qué es lo que tanto te gusta del Asia pobre, Danito, mi amor – contesta. ¿Qué es lo que te vuelve loco de las Filipinas? ¿No es un poco triste? Te extraño más que a menudo -dice-, me dio un vuelco el corazón ver tu mensaje -

Recuerdo que yo mismo le enseñé a decirme Danito, en el 2023,  y sonaba perfectamente japonés cuando lo decía ella: Danito...  Todo junto: midanito... MIDANITO.

-No vivo aquí porque filipinas me acabaría matando en 6 meses, mi amor -le digo.- Lo sabes bien, Shioricita, no puedo controlarme. Es tan parecido a mí que acabaría conmigo. Pero sí intento venir cada dos meses.

-Hope I could just fly to the Philippines now... -dice, y a mí ya no se me ocurre nada más que decirle. Entiendo que tal vez solo quería herirla con un recuerdo nuestro cuando le escribí, como yo me me herí solito volviendo a Cebu. Ahora no me interesa seguir hablándole, ya cuando los dos hemos vuelto a sentir algo en el estómago.

-Danito  I am so lost now,  in Tunisia -escribe, I have been traveling for a while now. I don’t know where to go and what to do even tomorrow. I miss you a lot.  Let’s quit job both of us and meet somewhere. I am lost in life.

Su mensaje me ha hecho sonreír y levanto la vista al sentir la mirada de alguien que me mira desde la barra del Pipeline. Es una parda que sonríe de verme sonreír y aparta la vista hacia la terraza de afuera, donde está la pequeña área de fumadores. Dame un momento parda querida, pienso, ya mismo me siento al lado tuyo en la barra y me cuentas tu vida un poco. Nos tomamos una cerveza y vemos lo que pasa, sí? lo hacemos al estilo filipino.

-He rentado un apartamento en el mismo edificio de Mango donde estuvimos juntos -es lo último que le escribo a Shiori aquella noche en mi celular, la japonesita de Tokio por la que recuerdo haber enloquecido de verdad -. Es parecido a mi Airbnb de Mango St -le digo-  te acuerdas del sitio? y no he podido dormir esta noche pensando en ti. Por eso he venido a extrañarte todo lo que puedo al Pipeline y a tomar mucha cerveza. Mañana busco otro sitio que no me haga daño, uno más bajito de recuerdos. Te lo prometo. Un hotel que no tenga nada de ti, un lugar que no me haga pensarte. 

Por un instante quiero contarle que estuve en Oslob para mirar las ballenas de las que ella me habló hace más de dos años con los ojos llenos de excitación, pero me da vergüenza que sepa el asunto de las ballenas, de mi viaje solitario hacia un sitio que fue importante para ella.

-¿Danito te veré de nuevo? -es lo último que escribe esa noche por Whatsapp.

-Yo te miro en todos lados, mi amor -.




miércoles, 5 de marzo de 2025

Filipinas. MI AMOR NO TIENE FIN (II). Puerto Princesa


El pelo se me oscurece a medida que se oscurece mi corazón -le dije a  una filipina con tatuajes de culebra que conocí en un salón de billar en Puerto Princesa. Rachel, se llamaba la parda.

-Cuando era niño tenía el pelo rubio. -Mirá -le dije- y le enseñé una foto de cuando era pequeño. 

-¡Wow! -dijo- your hair used to be sooo blonde. Solías tener el pelo muy rubio, Dani. Y me tocó el pelo para verlo bajo la luz amarilla del billar. 

-What happened? you still have that naughty face, though.

Le sonreí y me pregunté si todavía le estaba sonriendo como en esa foto de cuando era pequeño. 

-¿Qué quieres decir con eso de que se ensucia tu corazón, Dani?  -Cómo puede oscurecerse un corazón?

-I don't know, Rachel --le dije- I guess people just change. Thats all-

Jugamos un par de rondas de bola 8 apostando tragos. Empecé a ganarle fácil después de la segunda partida, metiéndome con ella cada vez que fallaba, desordenando su juego, viendo cómo se iba poniendo borracha después de solo tres copas.

Me contó que era "entrepreneur", porque esa fue la palabra ambiciosa  que usó aquella tarde en el billar: "emprendedora". Dijo que era su propia jefa y me daba risa pensar en conceptos como esos en ese pueblo achicharrado de Puerto Princesa  (entrepreneurship , independencia financiera, autoempleo, ingresos pasivos, emancipación económica). 

-Tengo una tienda de vestidos de novia -me dijo, y sacó su celular para enseñarme fotos del frente de la boutique, su emprendimiento. Allí estaba la vitrina con 3 o 4 maniquíes flacos de plástico, y los vestidos de telas espesas color pastel que me hacían querer vomitar de solo mirarlos. Qué puto calor ponerse un atuendo de esos en Filipinas, pensé. 

-Son hermosos -le dije. -Me encantan-.

La traté de besar junto a la mesa de billar mientras me enseñaba las fotos y me dijo que allí no. Que rentáramos una sala del karaoke, de las que estaban detrás del billar.

-At least get me drunk, Daniel -dijo-  Al menos ponme borracha allí dentro, quieres? en una de esas salas de karaoke.. Creo que vale 300 pesos la hora. Podemos escoger la que queramos-.

Tenía los tobillos tatuados de rosas y una culebra verde en la clavícula. Era muy blanca y me volvieron loco sus piernas cuando se movió alrededor de la mesa de billar aquella tarde, cuando se inclinó 50 veces sobre el tapete para golpear una pelota y su falda ajustada de jeans le abrazaba las caderas.

- - -

-Hey Rachel: - le digo cuando llega mi turno,  antes de embocar la bola 8 en la tronera del fondo  y ganar la última partida. 

-What?

-I fucking like you.






Parte II. Puerto Princesa




Vagando en Puerto Princesa dejo que el sol caliente mis brazos. Hago nada. Deambular por las calles de tierra, las calles adoquinadas y el main Strip.  Recorro de noche el paseo marítimo y conozco gente en los billares de Malvar Road y New Buncag. El Kudos y Hideout, por ejemplo, los dos con techo de lámina. Hablo de cualquier cosa con desconocidos y miro el vecindario con una cerveza en la mano. 


 Llueve afuera, cada noche desde el jueves que llegué a Palawan y la gente morena se refugia en las tiendas, cafeterías y bares con ventiladores de techo. Si me pongo borracho pasan cosas preciosas, pienso subiendo las escaleras de hierro de un bar.  Ni siquiera importa la lluvia, pasan cosas hermosas si comienzo a beber algo sentado en cualquier parte. Pasan cosas hermosas si voy algo borracho.

 Paso bajo el sol durante el día, cuando no llueve. Downton Puerto, Rizal Street,  abrazado de pardas luego por la noche que conozco en bares pretensiosos pero baratos del main strip, donde parece mentira lo fácil que es pescar a una mujer con la mano, llevártela al hotel frente a sus amigos, que no van a detenerla, sino, más bien, van a decirte “take good care of her, ok Daniel? -después de solo 10 minutos de haberlos conocido y de haberles dicho tu nombre borracho. - "She´s our cute little princess, Daniel. Treat her right, ok?”. Y la despiden sabiendo que solo voy a tenerla una noche para hacerle el amor. Luego voy a dejarla tirada en un taxi.


Me gusta la luz amarilla en las ventanas y en los balcones pequeños de la gente pobre, el rostro envenenado de las pardas que pasan caminando cerca y la figura delgada de una mujer que espera el taxi bajo una sombrilla.


Se parece a Patulul, pienso pidiendo una cerveza fría en una tiendita de barrio, a través de los barrotes de hierro. Una ciudad enana y espontánea derretida por el sol del Pacífiico y policías morenos de chaleco que sostienen escopetas recortadas en las puertas de sucursales de banco y almacenes de electrodomésticos. Las mujeres son bonitas y limpias, pienso, y esa es, quizás, la mayor diferencia que hay.


Bebo Red Horse en cantidades estúpidas,  que ha pasado a ser mi cerveza favorita en el mundo, y pienso que nunca he estado realmente sobrio en las filipinas. Siempre voy algo zumbado y creo que es la manera correcta de estar en las Filipinas: zumbado.


Podría parecerse a Mazatenango, pienso mirando las banquetas polvorientas,  pero con un Jolibee en el main street y tiendas de cosméticos y bares en segundos niveles donde la cerveza solo cuesta 85 pesos filipinos (unos 1.50 dólares americanos), y en los que se puede encontrar gente decente para hablar a cualquier hora del día.

La semana no tiene sentido en Puerto Princesa. Es igual un lunes que un viernes y las pardas huelen a perfumes dulces de rosas y cerveza tibia de lata en días laborales. Huevonean en la costa y se arreglan para encontrar esposo en las mismas calles donde crecieron y nunca encontraron nada.



- - - -


A las 10:00 pm salgo del hotel después de haber estado con Hanna, una china tatuada que conocí unas horas antes en el "J1: Restobar". La metí en un taxi y la vi perderse en dirección al aeropuerto, donde quedaba su trabajo en la redacción de un periódico.  Me tiraba un beso en la ventana del taxi al despedirla frente al hotel y yo le decía "bye bye beautiful Hanna, bye bye, mi amorrrr".


Entro en un bar de la esquina que descubrí durante el día, al lado de un cajero automático del Philipine National Bank.  Miro el interior, que ya está a un 40% de ocupación y me gusta lo que veo.


Las pardas de Puerto Princesa se miran mainlanders chinas, pienso asimilando el interior oscuro del bar, salpicado de luces moradas, verdes y rojas, aunque pensé lo mismo antes con Hannah, que bien pasaría por taiwanesa, hongkonesa o coreana. Nunca me lo hubiera imaginado. Chinas de provincia, chinas de monte, chinas preciosas. Dios bendiga las Filipinas.


A los 10 minutos de entrar pesco una parda con la mano, cuando apenas acabo de ordenar mi primera cerveza en el bar. Es una flaca de vestido corto que bebe sentada en la barra. Me siento al lado de ella y sin siquiera preguntarle su nombre le digo:


-La música está muy alta ¿No? ¿No te da un poco de asco la música tan alta? -


Y la parda me dice que sí moviendo la cabeza.  Está de acuerdo, la música tan alta le da un poco de asco.  Hace esa mueca con la boca, enseñándome los dientes para expresar asco, aunque solo un minuto antes la vi mover la cabeza con la música del antro, pasándola en grandeMe mira a los ojos cuando es la primera vez en toda su vida que mira mi rostro, que una desconocida me registra en el mundo. Es el segundo exacto en que entro en la vida de alguien.


-Too noisy, yes. Tienes razón. -dice sonriendo. -Whats your name?


No le contesto. Estoy ardiendo después de haber estado con Hannah y nada puede importarme menos que mi nombre y una conversación estúpida en la barra.


-Want to grab a drink at my hotel instead ?- le digo con toda tranquilidad. -Queres tomar un trago afuera en lugar de estar metidos en esta locura? Ni siquiera te escucho.


Sonríe y por un momento parece que la mueca va a rompérsele de vergüenza. Se pone roja. Se contiene.


-Sure, why not -dice intentando hablar tranquila,  tomando su bolsa sobre la barra para irnos y sus manos tiemblan un poco.


-¿Es tu primera vez en puerto? - me dice mientras cruzamos la calle ancha que conduce al Norte, la misma por la que desaparecí a Hanna hace menos de una hora, en un taxi.  La tengo agarrada de la mano con su vestido corto y el bolso pequeño le cuelga del hombro. 

-Sí-  le digo. -Es mi primera vez en "Puerto"-. También quiero decirle que quiero hacer el amor con ella para que su ciudad chiquita sea importante para mí. Para querer escribir esto en el blog. La primera noche en Puerto Princesa durmiendo con mi segunda parda.






- - - 


Hanna me llama por teléfono justo cuando llevo diez minutos hablando con la parda del bar en mi habitación, sirviéndole un whisky en un vasito de plástico,  y pienso "esa puta de Hanna qué se cree". Llamándome por teléfono como si fuésemos algo después de haber estado juntos un par de horas. ¿Me habrá visto  cruzando la calle con la parda del bar? ¿me querrá arruinar la noche?

-Yeh? -Le digo con la ceja empinada del disgusto.


-Oye Dani, se ha montado una fiesta en casa de mi jefe! Te lo juro: me han rogado que vaya.-


Me quedo en silencio mientras la parda del bar da un sorbito a su trago en el vaso de plástico y me mira queriendo adivinar de qué va la cosa.


-Daniel, baby, what are you up to? -dice Hamnnah- come tonight to the party, ok? - . -Promise me. I miss you. -Mi jefe quiere conocerte, mis colegas de la redacción quieren beber contigo. Les he dicho en el chat de la oficina que bebes como un animal.


De nuevo me quedo en silencio, intentando recordar qué tanto había bebido con Hannah 6 horas antes,  cuando nos cayó la noche en la terraza del J1 Restobar. Cuántas horas habíamos pasado juntos.


-Where are you, baby? -dice mientras you aún no digo nada.

 

Miro el reloj. Son las 11 de la noche en punto. Si quiero ir a la fiesta tengo algo más de una hora para desnudarme con la parda flaca del bar, pienso; metérsela un rato de perrito, despedirla, ducharme y pedir un taxi a la fiesta de Hannah, donde me llama la atención ver qué ocurre con la gente del periódico en donde trabaja. 


- - - - -

A las 12:30 me visto y saco de mi hotel a la chica del bar y ya tengo 2 llamadas perdidas de Hannah en mi celular. Estoy bolo y le marco de vuelta.

-Voy para allá - le digo nomás contesta el teléfono-, ¿quieres que lleve una botella de whisky?

-Ni siquiera sabes donde es la fiesta... -dice decepcionada. Puedo escuchar la risa de sus amigos y una música filipina en el fondo. Pardas y pardos bebiendo en algún sitio residencial de Puerto Princesa.

-Vamos Hannah, ya me diràs la dirección en un rato. Alégrate un poco, ¿sí? es que acaso no vamos a vernos?


Le saco una risa en el teléfono. Se ríe por la nariz y puedo imaginarme sus brackets cuando se ríe.

-Tienes razón -dice-. Trae una botella de Alfonso, ¿quieres?  hielo y un doble litro de soda.

 

-Perfecto linda. Te veo dentro de nada. Pasaré comprando algo en el camino.


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Su jefe vive en un condominio como los que hay en Escuintla, los buenos. Garita de cemento, túmulos amarillos y buenas casas con jardín asoleado y piscina. Pero no dejan de ser residenciales tristes, húmedos y chabacanos, con maleza creciendo entre la grama y olor a frutos podridos en el aire. Sitios horrendos para hacer vida.

 

Nos sentamos en el porche a beber sobre una mesa plegable de plástico. El jefe es un gordo gay  de manos enanas que me pone mucha atención cuando hablo. -Tranquilo-, me dice Hannah, no le gustan los hombres masculinos, le gustan las mariquitas. Aparte sabe que eres mío. Me aprieta la mano bajo la mesa. Te quiero, baby.

-Un pardo desconocido me sirve un trago de Alfonso y Hanna me ruega que por favor cuente la historia de la vez que casi me ahogo con mi hermano en una playa de Guatemala, que fue lo último que hablamos antes de hacer el amor, apenas unas horas antes.

 

Todos beben mientras esperan que empiece a contar la historia de la vez que casi me ahogo con Diego, mi hermano mayor. Sirven tragos en los vasos, beben,  y callan. Me pongo a pensar mientras pego un buen trago al Alfonsito: "¿Hay algo más lindo en el mundo que el sonido del hielo golpeando un vaso de vidrio?" Cuando hay una mujer hermosa al lado tuyo que se lleva un trago a los labios con su manita pequeña y empieza a envenenarse contigo, a sentirse estúpida, achispada, escuchándote hablar con ojos brillantes, tarados. No hay nada como beber con una mujer, me digo mirando a Hannah y a las pardas alrededor de la mesa que esperan que empiece a contar la historia. Me encanta que me miren, pienso. Me encanta que me pongan atención. Me encanta que en un rato vayan a escucharme bien contar una historia de Guatemala.






-- --  - -


A las 5 de la mañana me despierta la tormenta eléctrica que ha tomado por sorpresa la ciudad. Nos llueve  recio en la ventana abierta del hotel y eso es lo que me trae de vuelta a la habitación, la ventana chorreándose bajo el techo, somatándose en el marco de madera. Entiendo que estoy de vuelta en el hotel con Hannah, que también despierta y aunque no puedo verla en la penumbra huelo su aliento cuando me dice -¿Tampoco puedes dormir?-


-Qué cogorza, -le digo-. Maldito ron filipino. Puto Alfonsito. Estaba contando la historia de mi hermano en el mar y de pronto estoy aquí. Es todo lo que recuerdo.


-¿A qué hora volvimos al hotel?! -le digo- ¿Cómo leches es que hemos vuelto? a qué hora-


-Qué más da, baby -dice. Has bebido demasiado esta noche. Intenta dormir algo más, ¿sí?. -Y sus manos me acarician el pelo.


Le digo baby y me dice baby, como si fuésemos novios de meses pero nos conocemos de hace solo unas horas.


-Me da miedo, ¿sabes? -dice cuando intento quedarme dormido.


Permanezco un rato en silencio oyendo la lluvia, pensando si contestarle o hacerme el dormido. Qué pereza hablarle, pienso. Mejor me hago el dormido.


-¿Baby? -dice entonces sacudiéndome por el pecho -¿Sigues despierto?-


Mierrrrrrda, pienso saboreando la palabra mierrrrda en la boca.


-No te preocupes Hannah -le digo como una molestia, exagerando una voz pastosa, dormilona. 


-La tormenta pasará pronto, sí? - digo bostezando-. -Son solo relámpagos cayendo en el campo y agua derramándose del techo. Eso es todo. Vuelve a dormir.-


-No baby -dice bajando sus manos a mis caderas.


-Me da miedo todo lo que voy a extrañarte. No quiero dormir sin tenerte adentro de mí una última vez. Ponla dentro de mí, ¿quieres? - y se pone una de mis manos entre sus piernas calientes.

  

A las 7 dormimos de nuevo y descubro que ya no pienso en nada cuando duermo con una parda. Es tan familiar: el olor intenso del shampoo en el pelo caliente.  Escucharla respirar sus sueños de irse lejos de aquí; de encontrar su camino en cualquier otro lugar(Estados Unidos, Japón, Australia, Europa. Un sitio que huela a fortuna). 


Su vagina aprieta con la misma fuerza con la que quiere largarse de Filipinas -pensé mientras estaba adentro de ella por última vez. Quiere mi apellido, quiere subirse a mi destino.


-¿Me llevarás algún día a tu país? -dice, y yo ya ni siquiera recuerdo el país del que le dije que era. Si Guatemala o (por evitar que algún día me encuentre), España.


Yo solo vengo a visitar estos lugares por chingar, pienso decirle en un arrebato de sinceridad mientras los dos oímos la lluvia picar el cristal de la ventana. Es lo que hago, sabes baby?, viajo a lugares malditos para pasarla bien, luego me largo. Soy Visitante baby, viajero baby, solo turista baby, después me voy, baby. Siempre tengo adonde ir, ¿sabes, baby? Donde esconderme. ¡Siempre me largo, babyyyyy!


-Of course I would -le digo.  -Por supuesto que te llevaría conmigo a cualquier parte, mi amor. Me encantaría llevarte a mi país-. Y le beso la boca en la penumbra. 











domingo, 2 de marzo de 2025

Filipinas. MI AMOR NO TIENE FIN (I)

 

*Parda: mujer de filipinas. Del “filiparda”, parda. Elaboración propia para poder referirlas en público. 


E: Ahí viene una parda bajando las gradas.




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Parte I. El viejo de la muerte civil



-No podes acabar tu vida sin haber visto Manila, Las Filipinas!-, le dije a un viajero pelón en Bangkok. En su cara arrugada y en sus ojos azules se podía mirar el tiempo. Lo conocí en un evento de viajeros en una plácida azotea con mesas de picnic, bombillas colgando de un cable y bar americano, a unos 5 minutos de la estación de Phrom Phong. 

 

-Tesoro del imperio español una vez - le dije saborenado las palabras. -Ahora tesoro de quienes tienen la suerte de llegar. La maldita Atlántida, hermano: las putas Filipinas. El premio de americanos, europeos y canadienses que ya han experimentado la muerte civil en sus países. 


Al viejo le gustó eso de “la muerte civil” que le dije, lo saboreo en el cerebro sin decir una palabra.

 

-¿Ese es tu país, no? Estados Unidos -le dije.

 

-Am American, yeah, -dijo.- New Yorker -y el pelón sonreía poniendo la boquilla de su cerveza contra los labios sonrientes, como una trompeta.

 

Habrá tenido buen estilo para beber cuando estaba en la universidad, pensé. Pero también eso termina. 

 

-¿Cuántos años tienes? -le dije despreciándolo un poco mientras le ofrecía un cigarro de los míos para matarlo antes de tiempo. Podes ser de Nueva York y lo que quieras pero eso importa un pito cuando ya estás viejo y a pocos años de despedirte del mundo, de no volver nunca a tomar una cerveza.


El cabrón miró el paquete de cigarros un buen rato, tentado. Dijo que no poniendo cara de agobio. Sé lo que pensaba: Después de conocer el cielo del Asia pobre se quiere vivir más tiempo. Dejar de fumar a cambio de vivir un par de días más en el paraíso húmedo de Tailandia, Vietnam o Filipinas. El viejo había vuelto a amar el mundo en esos lugares ruidosos, había nacido de nuevo e intentaba arañar un poco más de tiempo sobre la tierra. Unas cuantas noches más sobre el asfalto sucio de Bangkok.


-¿Que cuántos años tengo? -dijo despegando los ojos con dificultad del paquete de cigarros abierto, volviendo a mirarme con sus ojos azules, cansados.

 

Subió los hombros.

 

-Qué más da, hombre -dijo-. Digamos que algunos de mis amigos ya han muerto y otros han enfermado, se han vuelto locos de remate, ¿sabes? del tipo que se cagan encima en un pañal, y yo me he salvado por los pelos de que me reviente una arteria. Ya sabes, cosas de la mala vida, la pésima dieta, los vicios, el estrés, mi segundo matrimonio, los abogados… Mierda. Los putos abogados...-

 

Se aclaró la garganta con un trago de cerveza y pude ver las burbujas a través del envase oscuro de Tiger.

 

-A los 50 has muerto ya para la sociedad norteamericana -dijo- En eso tienes razón. Estados Unidos es una mujer. Una perrita de lo más puta que hay. Te ama hasta antes de los 50. Después te desprecia. 


El viejo sonrió y se quedó pensando en lo que dijo, miró arriba los focos de luz que colgaban de su propio cable. Dio otro trago mientras asentía y pensaba a la vez. 

 

-Has muerto pero sigues vivo, ¿sabes? Algo de locos. Las mujeres y los jóvenes americanos ya ni siquiera escuchan cuando hablas, ni cuando pasas cerca de ellos en los pasillos. Estornudas y nadie dice nada, ni siquiera un “bless you” de cortesía. Un día eres un espíritu con pantalones anchos de Old Navy y zapatos cómodos del Skechers andando por centros comerciales. Sigues queriendo tener las cosas que te dio América una vez. Ya sabes, la libertad, la locura, la puta belleza, los brazos musculosos y buenos pectorales para quitarte la camisa en el verano. Quieres el bronceado y la saliva de una rubia, pero el país te cierra las puertas en las narices cuando ya no le atraes, cuando ya no se empalma contigo. 

 

De nuevo empinó la botella dejando un círculo perfecto de cerveza en sus labios.

 

-Un día ya no te mira nadie en la calle y tu propio país solo espera el día que  te mueras porque ya ni siquiera generas renta. ¿Una mujer mirándote la boca?, santo cielo!, eso ya no va a ocurrirte en la vida!, y a veces intentas recordar quién fue la última mujer que te miró con deseo, que te dejó mojar el pito entre sus piernas. Recuerdas su nombre completo y su rostro, y la bendices mil veces por dentro. Quieres llamarla para darle las gracias y decirle que la amas y esas cosas. Quieres recordar lo que se sentía ser amado por alguien, metérsela a alguien que  ya se lo había imaginado antes.


Me fijé que tenía las manos rojas e inflamadas de beber tanto. Los pies, las rodillas y los tobillos hinchados. Sin duda, un alcohólico de verdad, de los de antes. De sus orejas grandes  y del cuello de la camisa  salían pelos blancos que contrastaban con la piel enrojecida. Vellos rebalsándose del pecho.

 

-Tailandia me ha dado una segunda oportunidad – dijo-. Un apartamento de 500 dólares al mes en Sukhumvit, bistecs de ternera 3 días por semana, masajes con final feliz de 15 dólares, cerveza de buena calidad y mujeres para llevar al cine los domingos que tienen la mitad de mi edad y que están encantadas de la vida de pasar la noche conmigo. Son pobres, conocen la vida de mierda, la han visto de cerca, la han aceptado, la han manoseado y olisqueado, y ahora son lo mar de agradecidas. Con muy poco las haces muy felices, ¿sabes? Mis ronquidos apenas las perturban cuando se estiran como gatas en mi pieza y tiemblan con el aire acondicionado del cuarto. Ni siquiera les importa usar el baño cuando acabo de entrar a cagar, como si ya no sintieran el olor de la mierda.

 

-¿Me das un cigarro? – preguntó el viejo al fin, estirando dos dedos arrugados y gordos hacia el paquete abierto sobre la mesa. Temblaron hasta que tomé la cajetilla y se la acerqué.

 

-Adelante, todos tuyos – le dije.

 

El viejo encendió el cigarro en un segundo y aspiró la colilla como si su vida dependiera en ello, se rascó la cabeza con el pulgar y sopló el humo por la nariz, hacia abajo, entre los pelos del pecho.


-Ya sé lo que dirás -dijo sacando otra columna de humo.


-Que esas mujeres me aman solo por mi pasaporte yankee y por el dinero que cobro de mi jubilación. -


El humo se le salía por los dientes al hablar-. 


-Pues claro, hombre, no te jode, no soy tonto. También soy un cabroncete, eh?  no te creas. Y te digo algo que tal vez ya sabes:  Yo solo las amo a ellas por su juventud y sus nalgas y piernas morenas y las mamadas que me hacen. Los dos somos superficiales, ¿entiendes? pero ellas actúan el amor y yo me lo creo todas las veces. 

 

Le sonreí. Me preguntaba si yo mismo habría de seguir su camino. Acabar a los 60 o 70 como él, bebiendo cerveza con alguien de 30 en el Asia pobre, durmiendo en un apartamento de 500 dólares en Sukhumvit con una tailandesa desnuda de pelos anaranjados para abrazar en la noche.


-Espera que vayas a Filipinas - le dije entonces, antes de despedirme de él para siempre. -Te matará antes que Tailandia, pero te irás sin darte cuenta, suavemente, de la mano de una parda. En tus labios tendrás esa sonrisa.