Por un momento pienso en Taiwan. Pienso en el viaje suavecito con la Ninoshki y sus dientes chinos como teclas de piano dormidos en el carro de alquiler. Un ferry, una isla, un hotel. Cientos de metros de cemento recalentado y una playa brillando abajo, en el muelle con olor a pescado.
Pienso en sus gemidos despavoridos adentro del cuarto, sus berrinches, sus historias de su padre pegando a su madre -(la verguiaba, me dijo, la engañaba, la escupía. Regresaba a casa oliendo a perfumes dulzones de mujer, baratos, pestilentes, fragancias de otras chinas que hacían caer en adulterio a su propio padre, como un niño que no puede resistirse a comer caramelos).
Los Kleenex regados en la sábana aquella noche del hotel del mar mientras me contaba todo aquello llorando y pensaba que quizás yo era más cabrón que su padre. Yo, Tsao Lang, la iba a lastimar casi tanto como él.
¿Qué año fue todo aquello, Ninoshki? -le decía mientras me emocionaba con su cara china, la historia triste de su padre chino y el pequeño hotel frente al mar. Le había visto el pelo negro enloquecido esa misma tarde, revolviéndose en el aire hirviendo de la playa solo unas horas antes, cuando sonreía bajo el sol, y luego estaba allí, quejándose de su padre sentada en la cama conmigo, recién bañada y en calzones blancos, llorando. Era Green Island, Ludao. Era 2023. Las personas me duran cada vez menos.
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