sábado, 20 de septiembre de 2025

Algo bonito de Taiwan

  

Por un momento, acostado en la cama,  pienso en Taiwan. Pienso en el viaje suavecito con la Ninoshki y sus dientes como teclas de piano dormidos en el carro de alquiler. Un ferry, una isla, un hotel. Cientos de metros de cemento recalentado y una playa brillando abajo, en el muelle con olor a pescado. 

Pienso en sus gemidos despavoridos adentro del cuarto, sus berrinches, sus historias de su  padre pegando a su madre -(la verguiaba, me dijo, la engañaba, la escupía. Regresaba a casa oliendo a perfumes dulzones de mujer, baratos, pestilentes, fragancias de otras chinas que hacían caer en adulterio a su  propio padre, como un niño que no puede resistirse a comer caramelos). 

Los Kleenex regados en la sábana aquella noche en el hotel del mar mientras me contaba todo aquello llorando y pensaba que quizás yo era más cabrón que su padre. Yo, Tsao Lang, la habría de lastimar igual que él.  

¿Qué año fue todo aquello, Ninoshki? -le decía mientras me emocionaba con su cara china, la historia de su padre y el pequeño hotel frente al mar.  Le había visto el pelo negro enloquecido esa misma tarde, revolviéndose en el aire hirviendo de la playa solo unas horas antes, y ahora estaba allí, quejándose de su padre sentada en la cama conmigo, recién bañada y en calzones blancos. Era Green Island,  Ludao. Año 2023.  Las personas me duran cada vez menos.


-No lo sé, Dani -dijo- ya no quiero pensar en mi padre.









No hay comentarios:

Publicar un comentario